Estados Unidos

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de noviembre de 2000.
Publicado en El Semanal Digital.

En Estados Unidos ha habido elecciones. En ellas ha vencido un candidato favorable a la pena de muerte, aunque cristiano de apariencia fervorosa; un hombre que ha llegado a la política por herencia familiar, que pertenece desde la cuna a la oligarquía administrativa y económica del país, pero que sin embargo ha querido crear una imagen populista de hombre cálido, cercano a la gente y a sus necesidades. El vencedor, para ser designado por su partido para competir en las elecciones, ha renunciado a defender una parte de su programa originario; sin embargo, es o parece ser un hombre honesto. Ha admitido ciertos excesos políticos y morales en su juventud, pero sus actos de contrición han sido respaldados por el voto popular. En realidad, dada la abstención, la mayor parte de sus conciudadanos con derecho a voto no ha votado por él, pero nadie duda de su legitimidad democrática. El nuevo Presidente es el hombre más poderoso del mundo, con derecho de vida y muerte más allá de lo soñado en cualquier fantasía feudal, pero en su propio país debe someterse a las grandes corporaciones transnacionales, a los medios de comunicación y a los lobbies que de hecho dominan las Cámaras recién elegidas.

Poco importa el nombre del vencedor, pues el retrato anterior sirve para cualquiera de los dos candidatos principales. Pese a todo su déficit de legitimidad democrática, con esta imagen que desde la tradición política europea nos parece endeble, y con las enormes carencias sociales y estructurales del modelo norteamericano, este hombre también gobierna España. Nuestro país renunció hace décadas a su plena soberanía diplomática y estratégica, porque era una exigencia de las organizaciones internacionales a las que pertenece (OTAN, UEO), y Estados Unidos, gobierne quien gobierne allí, garantiza y a la vez limita esa soberanía.

Tal vez esta subordinación fue necesaria cuando se trataba de salvar la libertad frente al comunismo: pero esa batalla ya se ganó, y ha terminado. Cuando España ingresó en la CEE, se nos dijo que era una nueva forma de garantizar nuestra independencia, porque una Europa unida podría contrarrestar el peso cultural, económico y político de los Estados Unidos, y ofrecer un nuevo modelo, más justo y más cercano a nuestras necesidades. Sin embargo, la Europa de Bruselas y Mastrique no sólo no defiende la identidad española y los intereses de los españoles, sino que se ha convertido en un gallinero incontrolable, por una parte, y en un mero gendarme al servicio de los Estados Unidos, por otra. El nuevo Presidente no debería ser nuestro Presidente, pues ni cuenta con nuestro voto ni debe responder ante nosotros. Pero está en manos del pueblo español hacer que el modelo americano – explotación, marginación, materialismo individualista – no sea el objetivo final de esta Unión Europea que tanto tendría que cambiar para satisfacer los íntimos deseos de nuestra gente.

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de noviembre de 2000.
Publicado en El Semanal Digital.