La cultura del pacto

Por Pascual Tamburri Bariain, 1 de junio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.

El Gobierno y su leal oposición socialista parecen decididos a resolver juntos los grandes problemas del país. Aznar y Zapatero, con sus secuelas y adláteres, parecen felices y satisfechos del pacto por la justicia, y acercan sus posiciones en campos tan dispares como la educación, el aborto, la inmigración y los impuestos. España va bien: los socialistas son bien tratados por los medios de comunicación, los populares van viento en popa en las encuestas, y nadie se queja.

La tentación de evitar enfrentamientos políticos mediante concesiones al rival es vieja como el mundo. Los ejemplos de sociedades crispadas y divididas son demasiado dramáticos como para olvidarlos, y nadie dirá que un pacto de Estado, o una política consensuada, sean por sí mismos malos.

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Pero los españoles estamos olvidando uno de los principios básicos de la democracia, lo que realmente hace grande la verdadera democracia: el pueblo elige a sus representantes, en función de sus propuestas electorales. Después, unos vencen, y por lo tanto gobiernan, aplicando en lo posible su programa electoral y dirigiendo el país conforme a sus principios políticos; y otros pierden, y constituyen la minoría, que es respetada, y que tiene voz para vigilar al Gobierno, pero que, por haber sido vencida en las urnas no está llamada a dirigir el país.

Hay países democráticos que han olvidado estos sanos principios. Austria, Italia, en cierta medida Alemania, durante medio siglo han sido gobernadas por “grandes coaliciones”, de hecho o de derecho, en las que no había diferencias reales entre derechas e izquierdas: votase lo que votase el pueblo, las decisiones eran tomadas por los políticos, unidos y aislados, que se repartían además el aprecio de las televisiones y los puestos rentables y prestigiosos. No es casualidad que en estos países el descontento del pueblo haya dado lugar a movimientos tumultuosos de protesta.

En España la política del consenso no es nueva. Adolfo Suárez gobernó consensuando decisiones grandes y pequeñas, dentro y fuera de su propio y demencial partido. Bien, es evidente que en ciertos temas era entonces necesario pactar, porque había que definir un marco común de convivencia. Pero no es menos cierto que la política de pactos hizo posible la conquista del poder por los socialistas, y alejó durante más de una década al centroderecha del poder, sin que por ello los españoles viviesen mejor o más felices.

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A comienzos del siglo XXI vuelve la tentación del consenso. En ciertos temas de Estado, como puede ser la reforma del Senado, y por supuesto el pacto antiseparatista por las libertades, es evidente que el apoyo del PSOE al Gobierno popular es deseable y encomiable. Pero no todo puede pactarse, ni consensuarse. José María Aznar tiene un programa electoral explícito, y unos principios políticos implícitos, que no puede abandonar sin que sus electores se sientan traicionados. El Partido Popular no tiene razones para sentir una “mala conciencia” derechista, ni para acceder a las peticiones presuntamente progresistas del socialismo, minoritario y derrotado. El pueblo español quiere que Aznar gobierne, y cumpla sus compromisos, y que Zapatero, o su futuro sustituto, siga muchos años en la oposición.

Por Pascual Tamburri Bariain, 1 de junio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.