El Imperio ha muerto

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de junio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.

Se cumplen en 2001 cien años de la muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña e Irlanda, Emperatriz de la India, Defensora de la Fe, señora de un tercio del mundo. Su tataranieta Isabel II reina, sin gobernar, sobre una mínima parte de aquel espléndido conjunto de tierras y de hombres; la India y las grandes colonias son plenamente independientes, y la Commonwealth es poco más que un club social; en la fe anglicana ya no confían ni los pintorescos miembros de la familia real; y, por supuesto, Irlanda está dividida, y el Gobierno de Su Majestad ha mostrado en los últimos tiempos cierta tendencia a deshacerse del peso simbólico del Ulster, y hasta de Escocia y Gales.

Como en su momento anunció Dean Acheson, el Reino Unido ha sabido renunciar al Imperio pero no ha encontrado su lugar en el mundo. Lo que es más, los rescoldos de la mentalidad imperial no se han apagado, y contrastan con la debilidad política, social y económica del país. En la pasada campaña electoral éste ha sido un tema tabú, porque pocos británicos, y menos la clase dirigente, están dispuestos a aceptar que los dominios de la Reina son sólo unas islas húmedas y frías en el extremo occidental de Europa, un continente que ofrece grandes perspectivas de futuro pero que exige, en el mejor de los casos, que se haga menos estrecha la relación privilegiada con los Estados Unidos.

Y no ha sido una campaña electoral fácil. Durante la misma ha proseguido el exterminio ganadero, más de tres millones de reses sacrificadas hasta hoy, y el mundo rural británico vive su mayor crisis desde la invasión romana. Los laboristas han evitado el tema, y los conservadores, algo más comprensivos, lo han afrontado sólo con paternalismo. Por supuesto, agricultores y ganaderos son sólo un 2% de los votantes, y en los 59 distritos electorales considerados rurales la abstención ha sido alta pero nadie piensa en invalidar las elecciones por esto. La sociedad británica es urbana, y el Gobierno parece desear que l campo se convierta en un inmenso parque temático y de ocio, en homenaje al productivismo industrializado de decenios pasados y a la globalización económica o plena integración europea que se avecinan en los decenio por venir. La vieja Inglaterra ha muerto.

La nueva Inglaterra no presenta mejor aspecto: tras los disturbios raciales de Oldham, renovados en Leeds y potencialmente explosivos en otros cientos de pueblos y ciudades, Gran Bretaña ha descubierto que ya es multirracial. Multirracial porque en torno a un 10% de su población no es británica ni europea, sino africana y asiática; multirracial porque en los tiempos finales del Imperio determinados intereses empresariales crearon un atroz dumping social importando mano de obra semiesclava, y hacinándola en guetos. Multirracial y violentamente dividida, pero no multicultural como pretendió Blair, ya que el sistema educativo público británico tiene la ventaja de no permitir la adecuada transmisión de ninguna cultura. Para eso ya están la televisión y las tabernas, en el país más alcohólico y más telemaníaco de nuestro entorno.

Y sin embargo, hay una Inglaterra feliz y próspera. La Inglaterra meridional, patria de la economía bursátil y especulativa, hogar del liberalismo radical, acoge aún una clase media aparentemente sana, que debe la vida al conservadurismo thatcheriano pero que hizo posible la primera victoria electoral de Blair. Con la mirada puesta en el modelo americano, mirando para otra parte cuando las clases populares sufren el paro y conviven malamente con inmigrantes de todos los colores y de todos los países, hay una Inglaterra rica que sólo conoce el campo por los medios de comunicación y que sólo se preocupa de su propio bienestar material. Serán europeos si conviene a sus bolsillos, pero asisten impertérritos al final de los modos de vida que hicieron posible el mayor imperio de todos los tiempos.

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de junio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.