La verdadera revolución agrícola

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de junio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.

Los ministros de agricultura de la Unión Europea han prorrogado la prohibición de emplear harinas y piensos de origen animal en la alimentación del ganado. Como se sabe, ésta fue la principal vía de transmisión de la encefalopatía espongiforme bovina, y probablemente por el mismo camino otras enfermedades hayan llegado a nuestra cabaña ganadera.

No es una buena noticia. Los técnicos, y los pequeños y medianos ganaderos, pedían a los ministros una prohibición definitiva de esta práctica, dañina para la salud animal y humana, y en sí misma bastante absurda, ya que en definitiva se trata de convertir en peligrosos carnívoros y carroñeros a nuestras vacas y nuestros corderos. La Unión Europea deja así abierta la posibilidad de autorizar de nuevo, en el futuro, los piensos de origen animal.

¿A quién beneficia esto? Las grandes multinacionales, no sólo ni especialmente europeas, controlan el sector de la carne, con fuertes intereses en la producción, pero sobre todo con el monopolio virtual de los piensos, de la elaboración y de la distribución. El hallazgo de emplear los animales muertos como pienso (viejas vacas lecheras, por ejemplo), haciendo además que esas proteínas animales hagan engordar más y más rápido a otros animales, es una maravilla económica. Se trata de empresas que no producen alimentos, sino que tratan de producir beneficios crecientes, y la seguridad del consumidor no está en su lógica. Además, como se ha visto, estas empresas pueden influir en las decisiones políticas.

Se ha dicho, y es cierto, que la intensificación de la producción agrícola y ganadera ha hecho a Europa excedentaria en alimentos, cuando hace 50 años era deficitaria. Es la revolución agraria del siglo XX. Pero se dice menos, y no se repite nunca, que el cambio en nuestra cultura alimentaria, de por sí insano, enfermizo y bulímico, tiene un precio. Ese precio se puede pagar en dinero, si queremos alimentos sanos, tradicionales y seguros. Si no, lo podemos pagar con la salud del pueblo: un pollo engordado en 32 días, una ensalada de maíz transgénico, un cerdo que no ha visto jamás la luz del día, un ternero carnívoro, un tomate sin semillas, sin color y sin olor, son desde luego más baratos que sus equivalentes naturales. Aunque ya se ve que hay que dudar de su salubridad.

La agricultura y la ganadería han sufrido en silencio la revolución. Con criterio empresarial se han desechado los modos tradicionales, se han reducido costes, se ha eliminado mano de obra, se ha buscado el beneficio a corto plazo en detrimento de la calidad. La epidemia de peste porcina que ahora empieza es un buen ejemplo de esta lógica enloquecida: la expansión de la plaga es incontrolable porque el mercado es único y se mueve a ritmo frenético; el impacto de la infección es enorme, porque las explotaciones se han tenido que hacer enormes si querían sobrevivir; las repercusiones en la renta del ganadero son inmediatas, porque a la gente se le cuenta, sólo cuando llega el caso, lo mal que están las cosas.

La gente de la calle queda en realidad al margen de todo el proceso. La gente, es natural, se preocupa por lo que come, sobre todo cuando le explican cómo se produce. Ojalá el consumidor pudiese ver y comprender la diferencia en la producción entre los alimentos tradicionales y lo que se encuentra en el supermercado de la esquina. Ha de llegar una segunda revolución agraria, que una a productores y consumidores en lugar de enfrentarlos como hasta ahora. De su enfrentamiento sólo pueden sacar beneficio los culpables, remotos, de esta serie de catástrofes. De su entendimiento nos beneficiaremos todos, empezando por nuestra salud.

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de junio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.