¿Una nueva España agrícola?

Por Pascual Tamburri Bariain, 8 de julio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.

El último año ha sido un continuo sobresalto para los agricultores españoles y sus familias. Epizootias, enfermedades varias, crisis histéricas ministeriales, creciente celo especulativo de las multinacionales del ramo y una opinión pública mal informada y peor formada han puesto en discusión la viabilidad económica del campo español. Y, lo que es lo mismo, se tambalea la razón de ser y de vivir de una gran parte de España.

Pero no todo va mal. El sector hortofrutícola, la producción de frutas y verduras con destino al consumo humano en fresco, ha sido respetado por las plagas. Dentro de nuestras exportaciones, las frutas y verduras suponen hoy un billón de pesetas, es decir casi un diez por ciento del volumen de ventas internacionales (fundamentalmente a la Europa comunitaria). Sólo el turismo, la industria automovilística y la química aportan más divisas a nuestra balanza de pagos, con la importante diferencias que la huerta española está aún en manos mayoritariamente españolas. En los últimos años se han hecho grandes inversiones, en especial en regadíos, y es la única parte del sector primario que sigue demandando más mano de obra, en especial inmigrantes.

Lógicamente, el Gobierno está contento de que las cosas vayan bien. Tan contento, que toda la estrategia agrícola española, tanto en las negociaciones europeas como en las inversiones de futuro, está centrada en el desarrollo de esta parte de la agricultura. Es decir, que los planificadores oficiales apuestan por la agricultura intensiva en capital, en agua, en mano de obra y en tecnología, orientada a satisfacer las demandas cada vez más elaboradas de las clases medias urbanas del continente europeo.

La decisión, que tiene sus razones, tiene también sus riesgos. Riesgos que en el caso español empiezan por el desequilibrio regional inducido, prosiguen con la creciente extranjerización e industrialización del sector, y culminan, ay, en el dramático y probable caso de que la ráfaga de enfermedades y escándalos llegue a las frutas y las verduras.

El primer riesgo es evidente: el 94% de la exportación hortofrutícola proviene de la franja mediterránea meridional, de Huelva y de Canarias. El Plan Hidrológico Nacional avanza en esa misma dirección, aportando recursos hídricos. Si el resto de las regiones agrícolas es abandonado políticamente a su suerte -asunto importante, ya que la negociación agrícola y ganadera en Bruselas consiste siempre en ceder por un lado para obtener por otro-, veremos un triste espectáculo en los próximos años. Estamos creando un monstruo ecológico y económico, basado en la explotación de la naturaleza y de los inmigrantes, a costa de la agricultura tradicional de secano y de la despoblación final de la España interior.

El segundo riesgo ha sido señalado ya por los analistas. Competir en el mercado europeo, y más cuando se han abierto vergonzosamente las puertas a los productos marroquíes, implica grandes inversiones y grandes riesgos. Sólo la banca y las multinacionales pueden sostener el necesario ritmo de inversión, y su peso en el sector llagará a ser dominante. En consecuencia, estamos cambiando el bienestar del pequeño y mediano agricultor por los beneficios de grandes empresas extranjeras, que no tienen por qué conocer las necesidades del campo español, ya que para ellas España es sólo una circunstancia prescindible.

El tercer riesgo es el más aterrador. Hoy se producen lechugas y melocotones como quien produce tornillos o bragas. Hay que producir minimizando costes y tiempos y maximizando beneficios. Se está jugando con la naturaleza y con sus ritmos, se están experimentando soluciones aparentemente inocuas (híbridos de todos los tipos, frutas sin semilla, y Dios sabe qué más), y se busca en la biotecnología un incremento exponencial de las producciones y de los réditos. Ahora bien, precisamente esta tendencia ha llevado a otros sectores agrícolas a la crisis: los piensos que hacían a las vacas carnívoras, el aceite de oliva sin oliva, el vino con alcohol de remolacha, … Si seguimos dejando las decisiones agrícolas en manos de los economistas, encontraremos tal vez respuestas brillantes económicamente pero insensatas en todos los demás sentidos.

Por Pascual Tamburri Bariain, 8 de julio de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.