Universidad y «construcción nacional»

Por Pascual Tamburri Bariain, 5 de noviembre de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.

Universidad y cultura se asocian desde el siglo XI, pues las Universidades nacen en Europa para transmitir el depósito de la alta cultura clásica enriquecido por su lectura cristiana medieval. En los siglos siguientes, la Universidad asumió funciones más amplias. Sin negar su primordial misión cultural, las Facultades sirvieron para la formación de los cuadros dirigentes del Estado moderno, la alta burocracia; y al mismo tiempo proporcionaron a los Estados un bagaje ideológico fundamental, ya que la misma idea de Estado como poder público detentador del monopolio de la violencia legítima en un territorio es estrictamente universitaria en su origen.

Estado nacional y Universidad han tenido por lo tanto una larga convivencia. Entre el siglo XV y el siglo XIX entre los universitarios se seleccionaban los gestores de las monarquías europeas, y aunque esos futuros servidores públicos no podían ignorar la existencia de las fronteras como órganos periféricos y límites del Estado y de la Nación, la cultura que cimentaba su formación seguía siendo estrictamente europea, sin concesiones a un inexistente nacionalismo. Así fue la Universidad española reformada por Cisneros y por Felipe II.

Después, con ocasión de las revoluciones liberales, la Universidad aceptó que se pusiesen barreras a la cultura, ya que los Estados exigían de la minoría dirigente una formación ligada al hecho nacional. Así dejó de ser el latín la lengua común de la enseñanza, y los clásicos dejaron de ser el eje de los estudios. Cada Estado desarrolló un sistema universitario nacional, sin espacio para la autonomía ni en principio para la libertad de cátedra.

Más aún, cada proyecto de futuro Estado nacional, cada nuevo nacionalismo, empezó por controlar la Universidad, o al menos por condicionarla. Los universitarios italianos y alemanes constituían ya una minoría intelectual unificada mucho antes de 1860 y de 1870. Del mismo modo, la represión contra los nacionalistas apuntó a las universidades, como fue el caso de Austria contra los polacos en Cracovia y contra los checos en Praga. El mismo modelo se ha repetido en nuestro siglo en las luchas contra el colonialismo, y las Universidades indias que sufrieron la represión británica se convirtieron en forjadoras de una nueva clase dirigente.

Hasta ahora, la situación española en este terreno es ambigua por varias razones. Gracias a la L.R.U. socialista, las Universidades se empezaron a considerar autónomas, es decir, capaces de definir sus propios objetivos y de seleccionar su personal. Sin embargo, siguieron dependiendo económicamente, en principio del Ministerio competente y después de las respectivas Comunidades Autónomas. Cuando los gobiernos regionales eran del PSOE, las Universidades nacieron o crecieron izquierdistas; en el caso del PP no sucedió otro tanto, dada la inveterada timidez del centroderecha español en temas de cultura. Pero esa es harina de otro costal; se trata al fin y al cabo de un vicio que compartimos con muchos otros países democráticos de nuestro entorno.

Lo peor del caso fue lo que sucedió en las Comunidades con gobierno autónomo nacionalista, o en las que había fuertes intereses nacionalistas. Aprovechando la falsa autonomía de la LRU, los separatistas han minado sectores enteros de la Universidad española, remedando patéticamente las luchas de los patriotas decimonónicos. Decaído el interés general por los estudios literarios y humanísticos, que «solo» sirven para formar profesores, los nacionalistas han copado muchas Escuelas de Magisterio y Facultades de Letras. Al tolerar la LRU la convocatoria de plazas docentes con conocimiento obligatorio de la lengua vernácula, henos ahora rodeados de catedráticos con más méritos lingüísticos que científicos. Al permitirse la docencia de todas las disciplinas en las mismas lenguas, tenemos ahora promociones enteras, no ya de filólogos, sino de economistas o juristas, que no han escuchado español en las aulas. El nacionalismo, y especialmente el nacionalismo vasco, se ha servido de la LRU para crear, al margen de la Universidad española, unos sistemas universitarios casi independientes, y por supuesto abiertamente independentistas.

El problema viene dado por la dimensión universitaria de la contradicción nacionalista y la actual «construcción nacional» periférica. En el actual ordenamiento constitucional es legítimo sostener posturas nacionalistas antiespañolas e incluso separatistas. Es legítimo también preparar las necesarias bases académicas para un futuro estado «nacional» independiente. Un nuevo Estado precisa siempre cuadros rectores militantes del respectivo nacionalismo, y líderes doctrinales que justifiquen la existencia de la Nación. Técnicamente esos dirigentes pueden formarse sólo en la Universidad. La sociedad española debe decidir con pleno conocimiento de los hechos históricos y de sus implicaciones si está dispuesta a pagar el precio correspondiente: coste humano, coste académico, coste económico.

Porque, aunque no se ha dicho en todos los foros, la vieja LRU, absurdamente, entregaba con tan loables fines al nacionalismo una parte de la Universidad estatal española, de modo que los impuestos de todos iban a financiar las construcciones ideológicas del PNV (y de HB), así como la agitación cultural nacionalista y hasta la formación de los futuros cuadros rectores del fantomático Estado Vasco. Era demasiado, y la nueva Ley remedia en algo la situación. No podemos engañarnos: la historia enseña que el camino del adoctrinamiento nacionalista en la Universidad es caro y pasa por la transmisión a los estudiantes de una versión «nacional» de las humanidades, y hasta de las ciencias experimentales. Implicar a la Universidad en un proyecto nacional antiespañol ha venido conllevando tensiones y hasta muertes.

Quien desea el nacimiento de un nuevo Estado sabe que antes de fundarlo ha de disponer de un peso universitario propio. Quienes nos oponemos a ese delito debemos alegrarnos de las nuevas dificultades que tienen ante sí las mafias académicas nacionalistas. Señora ministro, gracias.

Por Pascual Tamburri Bariain, 5 de noviembre de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.