Traición a España

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de diciembre de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.

El secretario socialista José Luis Rodríguez Zapatero ha viajado a Marruecos. Aunque la política exterior de España es competencia exclusiva del Gobierno de la nación, muchos parecen convencidos últimamamente de lo contrario, desde el PSOE hasta el PNV, pasando por los más variopintos grupos de presión. Y la cosa no es baladí, porque en este juego el país arriesga su prestigio internacional y muchos intereses inmediatos.

El Gobierno no ha dado demasiada importancia ofical al periplo magrebí del inestable líder de la oposición. El ministro Piqué dice que Zapatero ya ha explicado su viaje a la prensa y que no es necesario un encuentro con Aznar. Zapatero, por su parte, muy fuera de la exigible responsabilidad, ha expresado ante la Prensa sus impresiones sobre la visita, sin dar ninguna explicación al Gobierno.

La diplomacia marroquí es vieja y sabia. Es una diplomacia oriental, tortuosa, de objetivos a largo plazo y absolutamente sin escrúpulos. La única actitud posible para no dejarse enredar en los manejos alauitas es la firmeza y la claridad; y aunque no siempre ha sido así, últimamente el Gobierno estaba actuando de un modo digno y eficaz.

Marruecos no es cualquier país. Para un europeo progresista, Marruecos es un país medieval, islámico, subdesarollado, militarista y expansionista, que no respeta ni los derechos humanos ni las libertades individuales. Una monarquía absoluta que vive en el siglo XXI como podría vivir en el XI, que está expandiéndose demográficamente en Europa gracias a la emigración y que condiciona la política europea en sectores estratégicos como la agricultura, la pesca y los hidrocarburos. Un vecino, por lo menos, incómodo.

Para una español, además, Marruecos es una amenaza. Objetivamente, España ha perdido en las últimas décadas dos provincias en beneficio de Marruecos, violando las resoluciones de la ONU y los derechos de cientos de miles de personas. Aquel país, además, reclama como propias dos ciudades españolas y condiciona la españolidad incluso de Canarias. En Marruecos tiene España su único escenario posible de guerra internacional convencional. Y esto, en el contexto de finales de 2001, no es broma.

Es tentador dejarse llevar por las seducciones de la Corte de Mohamed VI. Negocios para los amigos, complicidad para los aliados, mieles y lujos de todo tipo, como los que sigue disfrutando Felipe González, y muchos empresarios de su entorno. José Luis Rodríguez Zapatero, el socialista integérrimo, ha ido a Marruecos, ha esperado cuatro horas una audiencia califal, ha ignorado la existencia del Sahara Occidental, y no ha dicho ni media palabra sobre los derechos humanos.

José Mará Aznar peca de optimismo si realmente piensa que “algunas iniciativas que rompen el consenso en política exterior son producto de un error de apreciación”. No es exactamente así. Zapatero sabe qué hace Sabe que el rey Mohamed sólo busca dividir a los españoles y desviar hacia España la atención de sus inquietos y oprimidos súbditos. Él, y muchos otros, renunciarían a todo lo enunciable por avanzar un paso hacia la Moncloa. Lo han hecho, lo están haciendo. Cuando un partido olvida su obligación democrática de servir al pueblo, merece un castigo por parte de ese pueblo. Hoy le toca al PSOE; debe recordar el PP que tampoco él estaría autorizado a nada parecido. Sobre todo porque, en algún momento, uno de los dos partidos, o los dos, ocupando el Gobierno, se verán en la obligación de mandar a los jóvenes españoles a luchar frente a la dorada guardia palatina que tan marcialmente se cuadró al paso titubeante de nuestro pobre diputado leonés.

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de diciembre de 2001.
Publicado en El Semanal Digital.