¿Vencen los traidores?

Por Pascual Tamburri Bariain, 21 de enero de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.

José María Aznar y Nicolás Redondo se entrevistaron. ¿Y qué? El presidente del Gobierno tiene la obligación de escuchar la voz del pueblo. Redondo es un representante del pueblo, al que debe lealtad. No todos los políticos son capaces de traicionar. Aunque deban renunciar a sus puestos. El PSE, sin Redondo, puede perder su dignidad. Así, el PNV se dispone a preparar un nuevo pacto de Estella.

La deslealtad es un feo vicio de los hombres, y una penosa costumbre de muchos políticos. Aunque el concepto de fidelidad ha cambiado mucho en los últimos siglos, los europeos, y en especial los españoles, aún tendemos a pensar que lo correcto es cumplir lo prometido, desempeñar con rigor las misiones encomendadas, servir con dedicación en lo que cada uno deba hacer. Pues bien, es evidente que en la izquierda española esto no se termina de entender.

En democracia, los políticos están al servicio del pueblo, soberano y elector. La voluntad del pueblo hace la Ley, y los hombres públicos, por el hecho de serlo, han de trabajar por el presente y el futuro de esa comunidad popular. En el caso de la nación española, la propia letra de la Constitución recoge este deber general de los representantes del pueblo.

Por eso es lógico que Zapatero sea acusado de traición, de deslealtad. Está dispuesto a todo con tal de escalar peldaños hacia la Moncloa. Su partido, con él al frente, acepta replantear la organización territorial del Estado en un sentido confederalista, aceptando que algunas Comunidades Autónomas adquieran competencias de país soberano y que puedan ejercer un absurdo derecho a la autodeterminación. Aunque para esto tenga que sacrificar lo más limpio de la tradición socialista y los hombres más cabales del actual PSOE

Traición. Sí, lo que se ha hecho a Nicolás Redondo es traición. Traición también a la voluntad y a los intereses del pueblo. Poner los intereses políticos de un partido, de una clase, o de un grupo cualquiera, por encima de la vida y el porvenir de la nación no merece otro nombre que el de traición.

España no puede permitir que gentes como Maragall o Elorza sigan representando al partido mayoritario de la oposición, cuando es evidente su egoísmo partidista y su miopía política. Al final, en momentos críticos como los actuales, sólo cabe razonar, como hace el pueblo llano, en términos de lealtad o traición: y ni siquiera Rodríguez Ibarra, con su salida de tono contra Nicolás Redondo, está en lado de la luz y la lealtad. Como no lo está el otrora paladín centrista, Herrero de Miñón, y otros peneuvistas conversos como él. Como el mismo Felipe González, culpable una vez más de males sin número que su actitud provocará.

Nicolás Redondo ha sido apartado de la vida política, al menos de momento. ¿Por quien? Por los traidores. Redondo, hombre del pueblo, socialista cabal, ha elegido un camino difícil, que es el de la verdad y la lealtad, en un mundo político en el que prevalece la mentira, la doblez y el cálculo. No por ello ha dejado de ser socialista, o es peor socialista: al contrario, defiende lo mejor que el PSOE tiene con más dignidad y eficacia que los enanos que han procurado su caída. En momentos como los presentes, cuando medio País Vasco sufre en silencio un gobierno dictatorial, ilegítimo y cómplice de asesinatos, Redondo ha ocupado su lugar. Al lado de la verdad, y al lado del Gobierno de España.

Debe saberlo José María Aznar. En el País Vasco, frente a la coalición de todos los nacionalistas, hecha posible por la división del socialismo y por una previsible tregua etarra, el PP es ahora, con UA, la voz de España. Ante el riesgo de una segunda edición de Estella, ampliada a los nacionalistas del PSE y a los políticos profesionales y miopes de Ferraz, Redondo y sus gentes deben encontrar su lugar en la lucha por la nación española. El Gobierno tiene en sus manos, con la fidelidad de muchos socialistas a España, con la movilización popular contra el nacionalismo, un capital político inestimable. El pueblo español, unido, no sólo es capaz de acabar con el terrorismo, sino que, con la fuerza de la unidad, puede terminar para siempre con la entelequia nacionalista y con los interesados cómplices que el nacionalismo ha sabido procurarse en los puntos más dispares del espectro político y social. Si las actuales leyes no bastan para lograr este objetivo democrático, pueden cambiarse.

Por Pascual Tamburri Bariain, 21 de enero de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.