España y su futuro en Europa

Por Pascual Tamburri Bariain, 9 de septiembre de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.

España, en todos los sentidos, es Europa

España debe tener una política exterior. Inevitablemente, una parte de la misma se va a decidir en la Unión Europea. José María Aznar está en condiciones de dejar el país con medios propios y eficaces de defender sus intereses; y además de legar a sus herederos una red europea de amistades y alianzas.

España y su futuro en Europa

España no es uno de los grandes países de la Unión Europea. Tampoco es uno de los pequeños, y realmente la ampliación al Este no ha hecho más que manifestar la incómoda posición de la diplomacia española en muchos asuntos. Aznar gobierna un país meridional y occidental en una Unión crecientemente septentrional y oriental. Y durante años ha dirigido un gobierno conservador en una Europa masivamente socialdemócrata.

Los gobiernos socialistas tuvieron muchas menos complicaciones en política exterior. Felipe González se limitó a subordinar el interés nacional a los intereses de su partido y de la Internacional Socialista. En la Europa de Mitterrand y de Craxi, España careció de peso específico, aunque nuestros gobernantes recibieron grandes y singulares halagos.

Todo aquello terminó. A comienzos del siglo XXI España tiene que defender, por un lado, sus inexcusables intereses geopolíticos – especialmente en una frontera meridional que política, económica y demográficamente marcará la vida de la siguiente generación de españoles – y por otro su propia dignidad en el concierto europeo e internacional.

Aznar, y quien le suceda, tiene que disponer por una parte de mecanismos propios de acción exterior (diplomática, comercial y militar) y por otra debe conseguir una armonía general entre los intereses de la Unión europea y los del país. Muy especialmente en contextos como la ONU, la OTAN y la Organización Mundial de Comercio donde la voz de España, solo, pesa muy poco.

Pero España no puede comulgar con ruedas de molino. No es posible seguir sin más la errática política estadounidense en Oriente Medio. No es sensato abrir nuestras fronteras a todas las migraciones y a todos los exportadores. Y la defensa del interés nacional exige conquistar alianzas intraeuropeas. La amistad de Blair, sobre bases falsas, nada ha reportado. Más satisfactoria y agradecida es la alianza italiana. Y mientras Francia no defina su propio futuro, la gran apuesta puede ser participar con Alemania en el esperanzador horizonte europeo oriental. José María Aznar debe aclarar el futuro antes de 2004.

El amigo Blair

Anthony Blair, líder socialista, y José María Aznar, presidente de un gobierno popular, no estaban destinados a gustarse. Al menos así habría sido según los viejos cánones de la política del siglo XX. Sin embargo, y por diferentes razones, los dos jóvenes líderes han entablado una relación de amistad no exenta de paralelismos y coincidencias ideológicas.

Mucho se ha escrito de la amistad con Blair. Gibraltar volvió a ser “fruta madura” y en ciertos ambientes se trató de subrayar el parecido entre los dos gobiernos “progresistas y pragmáticos” de las dos “viejas” monarquías. Mucha literatura para pocos resultados reales, al fin y a la postre, Blair, como ha demostrado la crisis iraquí, es más atlantista que europeo, y defiende tenazmente la “relación privilegiada” con Estados Unidos a costa de su vinculación con Europa. Como en su momento escribió Dean Acheson, Gran Bretaña ha perdido un imperio pero aún no ha encontrado su lugar en el mundo. Y lo cierto es que no es posible estar a un tiempo en una UE reforzada y en permanente subordinación a la casa Blanca.

Blair vende su posición a sus socios europeos como una celosa defensa del interés nacional británico y de su independencia en política exterior. Algo hay de enfermizo en esta relación, desde el momento en que los distanciamientos y rebeldías respecto a Europa sólo consisten en una aceptación acrítica de las directrices americanas. Incluso cuando son contrarias a los intereses británicos.

Seguramente la relación Blair – Aznar es buena en lo personal. Y seguramente a ambos ha convenido, por distintas razones, potenciar esa imagen de cercanía. Pero la pregonada amistad coincide con un alejamiento político que se manifiesta a menudo en Bruselas y casi siempre en la ONU. Mientras Gran Bretaña no decida ser Europa, Aznar necesitará socios más fiables. Aunque se conviden a bodas.

La alianza italiana

Silvio Berlusconi ha sido invitado a la boda de Ana Aznar. Un gesto de cortesía, ciertamente, pero a diferencia de Blair el primer ministro italiano sigue siendo un apestado para toda la progresía europea. No es así en Moncloa: Berlusconi se ha ganado a los Aznar personalmente, aparte de la natural proximidad entre los dos Gobiernos.

Italia disfruta de una calma política casi sin precedentes. La coalición de centro y derecha ostenta sólidamente la mayoría absoluta. La amplitud del acuerdo es sorprendente: desde la Liga de Umberto Bossi hasta los grupitos democristianos representados por el presidente del parlamento Pierferdinando Casini, pasando por la Forza Italia del premier, la Alleanza Nazionale del vicepresidente Gianfranco Fini y apoyo del grupo neofascista de Pino Rauti.

Pese a la aparente variedad, el Gobierno italiano ha diseñado un programa y lo está aplicando. En cuanto a Europa, con la posible excepción de los democristianos, todos coinciden en no querer un super Estado europeo. Fini representa a Italia en la Convención de la UE, y ha defendido “una Unión que respete los Estados nacionales partiendo de la subsidiariedad y de la proporcionalidad”. Justamente como Aznar.

Para la Italia de Berlusconi, en palabras nuevamente de Fini, hay que “hacer una Europa protagonista de la política mundial y no sólo de una economía mundializada”. Cuando termine el ciclo político de Silvio Berlusconi, los herederos de Aznar tendrán como interlocutores a los jóvenes de Alleanza Nazionale, Fini y sus delfines, hoy ministros, Maurizio Gasparri y Gianni Alemanno. La buena relación política actual, por otro lado, puede recordar que también el Partido Popular español se sostiene en una coalición implícita y muy similar de fuerzas profundas.

Por Pascual Tamburri Bariain, 9 de septiembre de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.