En Leiza no hay libertad. Doce horas con Silvestre Zubitur

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de octubre de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.

David Fontaneda Calzada – Pascual Tamburri

El domingo volvimos a Leiza. Este pueblo de Navarra se ha hecho en poco tiempo famoso por muchas cosas, y pocas de ellas son buenas: los defensores de España mueren, los nacionalistas «demócratas» colaboran abiertamente con Eta – Batasuna, los votantes españolistas no pueden salir a la calle. Famoso también porque inmediatamente después de cada atentado un gran número de periodistas y de políticos profesionales aparecen por allí, se hacen una foto en pose heroica con los afiliados y concejales de Unión del Pueblo Navarro, y desaparecen.

Silvestre Zubitur es concejal de Unión del Pueblo Navarro en Leiza. El municipio, gobernado con mayoría absoluta por Eta, ha sido escenario de dos asesinatos recientes. Uno, hace dos semanas, un cabo de la Guardia Civil. Otro, en julio de 2001, José Javier Múgica, también concejal de UPN. Silvestre Zubitur ocupa su puesto. Su enorme humanidad, su talante alegre y acogedor y su profunda fe hacen imposible, desde la amistad, entrevistarlo y dar una forma periodística al resultado. Un periodista que no se juegue nada en la vida de Silvestre podría hacerlo. Baste aquí transmitir el espíritu, y el recuerdo, de doce horas de otoño pasadas bajo su hospitalidad.

Leiza es un pueblo hermoso. Seis mil hectáreas de monte y bosque, espléndidos hayedos, ricos pastos, feraces huertas. Sólidas casas, caseríos y bordas de buena piedra del lugar — Silvestre Zubitur explota familiarmente una cantera. Industria. Energía eólica. Buenas comunicaciones. Pocos problemas sociales y poco paro. Pero no hay paz, ni libertad.

Si Silvestre tiene miedo, lo disimula muy bien. Como su mujer y sus hijos. Como Antonio. Como Xabier. Como Peio, el versolari. Como la viuda y los hijos de José Javier. Como los jaunchos de Casa Baleztena. Como tantos otros. Resisten. O mejor dicho, sencillamente, viven. Porque, pasados los duelos, terminadas las visitas de compromiso, la verdad oculta es que en Leiza hay una comunidad de españoles comprometidos con su patria. Que viven unidos frente a un entorno hostil, sin apoyos. Que no piden nada y lo ofrecen todo.

Dos docenas de platos a la mesa. Una cocina. Una barra de bar. Mucho calor humano. Los «españoles» de Leiza tienen sus casas, y además un hogar común. Maltratados en los locales públicos, vedados los antros del nacionalismo, no renuncian a vivir. Conviven, comparten su fe, curan sus penas en compañía. Todo el año, no sólo cuando vienen de Pamplona.

Aunque no se hablase de política, comer a aquella mesa ayudaría a muchos a entender el drama vasco y navarro en su justa medida. Porque los «españoles» de Leiza hablan vascuence. El de su pueblo, diferente del de Goizueta o Lecumberri, e incomprensible en muchos casos para un vizcaíno. Como sus padres y todos sus antepasados. Están orgullosos de su cultura y de sus apellidos vascongados, de su origen campesino, de su vida rural. No son colonos franquistas ni aznarianos, sino una emanación del espíritu del país.

Son la prueba de la mentira del nacionalismo vasco, que es masivamente urbano y urbanita, que ha destruido el viejo vascuence para imponer el euskera batua, que permite que la juventud viva de espaldas a la naturaleza y a las tradiciones, y que se arropa de ideologías como el marxismo, incompatibles con el modo de ser de aquellas gentes.

Pero también son la prueba de la ceguera de muchos enemigos del nacionalismo vasco. Porque, visto desde los ojos de un Silvestre Zubitur, el combate por la libertad, contra los crímenes de Eta y contra las mentiras del nacionalismo, ha de hacerse cultivando y potenciando la reacción telúrica que unos y otras despiertan en el más profundo país vascongado. No es un problema que los grandes partidos hayan entendido siempre.

Pese a todo, hay en Leiza un núcleo organizado de resistencia moral. Más importante que la política, que la hueste de Zubitur resista y crezca tiene razones y dimensiones éticas. ¿Y si no fuese sólo en Leiza? Abandonados por España, hay votantes españolistas en la clandestinidad en todos los pueblos de las cuatro provincias. Los asesnatos han generado en parte esa clandestinidad, pero más aún se debió, en su tiempo, al abandono institucional. Al cierre de cuarteles. A la purga en todo el sistema educativo. A la presión social financiada con fondos públicos.

¿Y si las cosas cambiasen? Si en vez de un Leiza y su testimonial pero esperanzadora resistencia hubiese dos docenas de Leizas en cada provincia ¿qué haría Eta? Sobre todo ¿qué haría el PNV? Mientras Silvestre Zubitur tenga que llevar su escopeta para defenderse, no habrá ni paz, ni democracia, ni libertad. Una tierra y un pueblo tan visceralmente españoles merecen algo más que piadosas condenas y solidaridades mediáticas.

Y además, muy seriamente, las alubias que cocina la mujer de Silvestre justifican por sí solas que se tomen todas las medidas precisas para hacer fracasar a Eta, y a Ibarretxe. En Leiza no se ven las diferencias.

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de octubre de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.