Los dos rostros del populismo

Por Pascual Tamburri Bariain, 3 de diciembre de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.

Dicen los expertos que el populismo no es una ideología, sino un estilo de hacer política y de gobernar. En determinados círculos conservadores europeos, el populismo se asocia, negativamente, con la América hispana y con figuras tan dispares, y a la vez tan pintorescas, como Fidel Castro, el comandante Chávez o el subcomandante Marcos, por sólo citar algunos.

En realidad, descalificar en bloque todo lo que la palabra «populismo» contiene e realidad no deja de ser un capricho ideológico y periodístico, y, en cierto modo, un gesto de impotencia. Equiparar, y descalificar por igual, modelos políticos tan dispares como el de Juan Domingo Perón o el de Jörg Haider es una señal clara de pereza mental, de incapacidad de análisis y de recurso a los lugares comunes.

Para empezar, es obvio, y no merece más comentario, que el fascismo del siglo XX nada tiene que ver con los populismos reales y posibles del siglo XXI. Y tampoco el comunismo es populista, estrictamente hablando, aunque para una derecha y una izquierda igualmente perezosas sea cómodo deshacerse de Castro como populista cuando en realidad es un sangriento dictador marxista.

El populismo es una realidad política viva. Tan viva y tan antigua como el mundo. Existen muchos tipos de régimen político, desde la monarquía absoluta de derecho divino hasta las modernas democracias parlamentarias. En todas ellas, el poder puede ejercerse de acuerdo con la voluntad y el sentir de la gente o contra ese mismo sentir. Pues bien, el populismo, en puridad, es la política hecha de acuerdo, día a día, con las necesidades y los sentimientos de la gente de a pie. La política hecha pensando en la gente de la calle es política populista; las políticas hecha por y para las minorías de poderosos, aunque tengan un periódico refrendo electoral, no son populistas. Ni suelen ser populares. Por eso en Venezuela no hay populismo, salvo como insulto y reproche de los huelguistas contra el singular presidente-comandante. Chávez no es populista, sino una consecuencia izquierdista, enloquecida y filocubana de la ruina venezolana.

Es absurdo plantearse, como algunos hacen hoy en España, que la crisis económica de nuestra América tenga su causa en el populismo, o más bien en los conatos de populismo y en otras cosas que populismo no son. El populismo no ha arruinado a Argentina, sino precisamente el alejamiento de su propio pueblo experimentado sucesivamente por los gobiernos de Raúl Alfonsín y de Carlos Menem. Y así sucesivamente. Es curioso ver cómo las políticas liberales y elitistas han arruinado a un continente, para después verse propuestas de nuevo como soluciones para esa crisis, frente a una hipotética «amenaza populista».

La lección de los «populismos» iberoamericanos es muy válida en España. Se puede gobernar desde la derecha o desde la izquierda, desde una ideología o desde otra, y todo eso es posible en democracia. Pero lo deseable, aunque no queramos utilizar la desgastada palabra que a tantos asusta, es buscar hombres y mujeres dispuestos a gobernar desde el pueblo y para el pueblo. Busquen sobre todo PP y PSOE a esos hombres y mujeres. Porque sólo así encuentra la democracia pleno sentido y plena garantías.

Por Pascual Tamburri Bariain, 3 de diciembre de 2002.
Publicado en El Semanal Digital.