El Columbia no puede ser el fin

Por Pascual Tamburri Bariain, 2 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

El desastre del transbordador espacial estadounidense “Columbia”, desintegrado ante las cámaras de televisión el pasado sábado, ha conmovido dramáticamente a la opinión pública. Se alzan voces, además de para pedir explicaciones por lo sucedido, para reclamar el fin de la aventura espacial.

Ya en 1986, al tiempo del accidente de la lanzadera “Challenger”, se reclamó en foros muy autorizados el final de la carrera espacial, alegando razones económicas, políticas y hasta morales al hilo del desastre y de la muerte de la tripulación.

La epopeya espacial es el mejor legado del siglo XX para el siglo XXI. Haciendo balance de lo sucedido hasta 2000, el vuelo espacial y la conquista de la Luna es uno de los grandes hitos de la historia de nuestra cultura. Todos los hombres y mujeres de nuestro ámbito comparten los prodigiosos avances de las últimas cinco décadas, pues pese al relativo predominio estadounidense no puede ignorarse la contribución de Europa y de Rusia. Y el resultado, pese a este accidente, es para sentirse orgulloso y reconfortado, aunque como españoles nos quepa el dolor de una participación tardía y débil.

El espacio es en el siglo XXI lo que en el siglo XV fue el Océano: un nuevo mundo, al que nos atrae nuestra alma prometeica, y cuyos misterios nos sentimos impulsados a desvelar “sólo porque están ahí”. Pero tampoco hay que olvidar el balance económico de la empresa: ¿es un derroche por ejemplo a Estación espacial Internacional? ¿No estarían mejor esos recursos dedicados, por ejemplo, al Tercer Mundo, como se ha dicho?

Demagogia aparte, el espacio ya nos ha dado más que lo que nos ha costado. Ciertamente no nos ha llevado a nuevas tierras; pero sí ha generado un impulso tecnológico y económico sin precedentes, una revolución, un desarrollo económico incruento como antes sólo se había visto en tiempos de guerra. Aún hoy vivimos gracias a los legados de los proyectos “Apolo” y “Soyuz”: desde el teléfono móvil hasta el microondas, desde el ordenador personal hasta la vitrocerámica, el espacio ya ha cambiado nuestras vidas.

La pérdida del “Columbia” ha de ser motivo de reflexión, pero no de desesperanza. Como los cosmonautas muertos, muchos han sido los hombres y mujeres que nos han precedido y cuyas muertes nos han servido de estímulo, de guía y de modelo. El espacio, como los mares, como la naturaleza, son campos inmensos en los que aplicar nuestra inventiva, nuestros recursos y nuestra energía. Con enormes, incalculables perspectivas de orden moral, de orden político y de orden económico. España y Europa deben aprovechar sin desánimo esta nueva frontera que se abre.

Por Pascual Tamburri Bariain, 2 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.