Una paz española y europea para la guerra americana

Por Pascual Tamburri Bariain, 5 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

Guerra. En nombre de unos principios que se pretenden universales, contra unas amenazas que se presumen globales, guerra. Fundamentos muy discutibles e intereses demasiado evidentes como para ocultarlos. Pero es estéril la oposición emocional, intelectual o meramente voluntarista a la guerra. Bush tiene capacidad para tomar decisiones, y ni España ni Europa, hoy, pueden interponerse seriamente en su camino. Así pues, guerra.

Lo esencial de las declaraciones de José María Aznar ante el Parlamento puede resumirse en esto: desde 1991 hay cosas que han cambiado y otras que siguen como estaban. Sadam Hussein, para bien o para mal, sigue donde solía, sigue en condiciones de incumplir las resoluciones de la OMU y sigue poseyendo armas poderosas. España y Europa siguen sin tener una política común de defensa y de seguridad; no tienen los medios, tal vez no tienen la voluntad y ciertamente por desgracia no están dispuestas a asumir los gastos y los costes que supone tener unos Ejércitos y una Diplomacia eficaces.

Quien sí ha cambiado es la oposición española. El PSOE no tiene sentido del Estado, como la izquierda en general, porque resulta fácil oponerse a un aumento de los gastos militares y después pretender una postura propia ante una guerra. Es así mismo tentador cabalgar el descontento popular ante la guerra, pero esa tentación lleva implícito el riesgo de olvidar los deberes que España tiene para con sus aliados y para con su propia seguridad futura. Si el PSOE realmente quisiese una Europa libre, fuerte y defendida por sí misma; pero los socialdemócratas que han desarmado nuestros países no pueden pretender ahora que prescindamos de la realidad internacional.

Participando en el conflicto de Oriente Medio, Europa puede contribuir, a corto plazo, a soluciones más justas, y a largo plazo pede definirse a sí misma como potencia mundial. Sólo quien participa en un conflicto tiene derecho a sentarse en la conferencia de paz, y a procurar una paz justa y duradera.

Para empezar, Europa podría fijarse como meta humanizar la propia guerra. La tradición oriental y la praxis reciente estadounidense parece repulsiva a todo español culto: la guerra tiene sus leyes, sus reglas, sus límites, no es absoluta y de absoluta destrucción. Hay que acabar con esa idea, desgraciadamente imperante en el Pentágono, y hacer que a Irak no se vaya con la mentalidad que hizo escribir a un escéptico que “hoy la guerra más espantosa sólo puede hacerse en nombre de la paz, la opresión más terrible sólo en nombre de la libertad y la inhumanidad más abyecta sólo en nombre de la humanidad”.

Después, Europa tendrá la posibilidad de imponer que la guerra se liquide salvando los objetivos para los que teóricamente se propuso: libertad de los iraquíes, respeto de la integridad territorial de los Estados, respeto del patrimonio petrolífero y de los equilibrios de poder. También, y sobre todo, restauración de la legalidad internacional, impidiendo agresiones e invasiones y haciendo cumplir todas las resoluciones de la ONU, especialmente en cuanto a integrismo, terrorismo, armamentos, derechos humanos y libertad de los pueblos.

Esto, naturalmente, afecta a Irak. Pero también a Turquía, a Arabia Saudí y a Israel, por sólo citar casos cercanos. Imponiendo este criterio, España y Europa darán una muestra de realismo diplomático al tiempo que empiezan a crear su propia esfera de actuación. Carecer ahora de ella obliga a optar por males menores.

Por Pascual Tamburri Bariain, 5 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.