Pacifismo unilateral, guerra multilateral

Por Pascual Tamburri Bariain, 11 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

Así como no hay peor sordo que quien no quiere oír, no hay peor ignorancia que la de quien se considera en posesión de la verdad. El engreimiento de la izquierda española ante la situación política nacional e internacional es así: la guerra es mala, nunca hay guerra justa, es siempre rechazable e inmoral y no hay justificación para los planes de George Bush.

Sea. Pero los mismos que dicen esto titubean ante la guerra antiespañola del nacionalismo vasco. Un nacionalismo vasco que, dicho sea de paso, colabora en todas las plataformas pacifistas salvo en las que dedican su atención al País Vasco.

Buena parte del pacifismo en circulación por la España de 2003 es un pacifismo unilateral. El viejo pacifismo decimonónico europeo, esperantista y alucinado, se eclipsó en el verano patriótico de 1914. Mejor dicho, se derritió como un helado a aquel sol de julio que Ernst Nolte ha descrito con brillantez. Pese a sus defectos, tenia la enorme virtud de la honradez: era un pacifismo de convicción, un pacifismo multilateral, una convicción sincera de la maldad absoluta y de la evitabilidad general de la guerra.

Los pacifistas de otros tiempos y otros países fueron, sin duda, ilusos, porque la violencia y la guerra son partes de la vida del hombre sobre la Tierra desde siempre y para siempre. Pero fueron al menos honestos.

En buena medida el pacifismo español de 2003 no es honesto. Existe, por ejemplo, en el País Vasco y en Navarra una «Plataforma contra las Guerras» que agrupa, junto a tontos útiles de variada procedencia, un selecto núcleo nacionalista y marxista. Dicha «Plataforma» se manifiesta a menudo para mostrar su repulsa a un posible ataque a Irak. Sin embargo aún no se ha manifestado contra la guerra que el nacionalismo vasco a declarado a España y a la libertad.

Un Gobierno más débil que el actual se habría dejado llevar ya por la inercia demagógica en la que nada Zapatero, por las presiones alemanas y francesas o simplemente por el clima irrespirable creado por el progresismo pacifista. El pacifismo, ajeno casi siempre a la realidad profunda del pueblo y del Estado, es en este momento un contenedor enfermizo de nostalgias inconfesables. A ese pacifismo, mientras no demuestre su improbable buena fe, no hay que hacer la mínima concesión.

Por Pascual Tamburri Bariain, 11 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.