La casa en orden y el país unido

Por Pascual Tamburri Bariain, 13 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

Hacía falta que José María Aznar rompiese con la inercia casi suicida de los últimos meses, y que empezase por viajar a Galicia. Hacía falta, por supuesto, por razones de gobierno y porque el desastre Prestige hace necesaria una mayor atención por aquellas tierras. Pero también, y antes que nada, su presencia era precisa por razones del partido. El PP tiene problemas.

La saga de los Cuiña, los Baltar y los Cacharro, como antes la de los Hormaechea y los Canellas en otras latitudes, recuerda demasiado a la peor España decimonónica. El caciquismo que sirvió de cimiento al régimen liberal de Canovas del Castillo consistió precisamente en esto: una privatización del poder público, una parcelación del Estado y un falseamiento de la voluntad popular al servicio de intereses personales, económicos y políticos. El caciquismo y sus miserias están en la raíz del retraso de la nación, de su división, de los nacionalismos y de la guerra civil. El caciquismo fue, sin duda, un lastre para las anteriores generaciones de españoles.

Los partidos existen al servicio del pueblo, de la Nación y del Estado. Los políticos, dentro o fuera de esos partidos, desempeñan funciones públicas con la misma idea de servicio. Gobernar y administrar es servir, y no servirse de las instituciones. Éstas no son patrimonio de nadie, excepto del pueblo. Y jugar equívocamente con estas ideas lleva a grandes errores.

El PP no es, afortunadamente y en modo alguno, un partido caciquil. Pero tiene, aunque en menor medida que el PSOE, incrustaciones indeseables de políticos que lo son al servicio de sí mismos o de ciertos intereses y no al servicio de la gente. Las miserias humanas de unos pocos, la ambición desproporcionada de otros y las carencias del sistema representativo siempre alimentan este problema. No basta hacer limpieza, sino que hay que impedir nuevas «mareas negras políticas».

El asunto del regionalismo en los partidos no es baladí: véase el caso del PSOE, enredado en su propia madeja de caciquismos coaligados, en vías de perder su propia cultura de gobierno y su sentido del Estado. En el PSOE la resistencia a las mezquindades regionales ha sido muy débil, y los Maragall, los Elorza y tantos otros han encontrado el terreno abonado en la débil lealtad nacional de la izquierda española.

La derecha no puede seguir ese rumbo. La salida de Cuiña, la tormenta gallega y los rumores al respecto deben servir de advertencia. España necesita al menos un partido sólidamente unido en torno a los valores nacionales. Sería bueno que fuesen dos, o todos, pero al menos el PP no puede dejarse arrastrar otras posiciones, por tentadoras que sean en un momento electoral dado.

Por Pascual Tamburri Bariain, 13 de febrero de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.