Lecciones para no olvidar

Por Pascual Tamburri Bariain, 19 de junio de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

Si por «ir al centro» -que más bien se trata de acatar las consignas culturales de la izquierda rampante- se pierde un puñado de votos, el problema es grave. Es el puñado de votos que Aguirre no ha tenido el 25 de mayo.

Esperanza Aguirre ganó las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid. Pese a la descalificada opinión de Blanco, Caldera y Zapatero, esto es un hecho. Indiscutible. Aguirre venció con mayoría amplísima, con muchos más votos que los obtenidos por Rafael Simancas, y con muchos más votos y mucha mayor legitimidad que la que tuvo Joaquín Leguina al gobernar.

Ahora bien, esa mayoría en principio no resultó suficiente para conquistar el poder. Han venido después los Tamayos, los escándalos y los rumores interesados para ocultar la realidad, pero ésta es muy sencilla: el PP necesitaba una mayoría absoluta frente a la alianza de la izquierda con la extrema izquierda, y no la tuvo. Bien es verdad que, de repetirse las elecciones, no hay encuesta amañada que pueda disimular la repugnancia de los madrileños por un gobierno social-comunista, pero algún tipo de reflexión ha de hacerse sobre la fallida mayoría absoluta.

Fueron unos pocos miles de votos, apenas un puñado, una minucia, una insignificancia. Pero esa fruslería ha permitido que la vida pública madrileña vuelva a depender de los caprichos, de los vicios y de las prácticas más lamentables de un PSOE que ya desgobernó la Capital y la Comunidad demasiado tiempo. Y para entender las razones hay que mirar más a quien fue Presidente que a la muy meritoria y corajuda candidata Aguirre.

No faltó brillantez a Alberto Ruiz Gallardón en su gestión autonómica -que continúa, no lo olvidemos-. Brillantez, e indudable eficacia, porque muchos problemas estructurales quedaron resueltos, y otros enderezados, y la imagen de Madrid -sin olvidar los méritos de Álvarez del Manzano- sólidamente reforzada. Pero tal vez le sobraron complejos, y éstos han pasado factura a Esperanza Aguirre.

Un Partido como el PP es por definición interclasista, capta consensos en todos los estratos sociales por igual, y en este capítulo Gallardón aprueba con sobresaliente. Es también un partido ajeno a localismos. Y por supuesto un partido centrado, es decir, moderado en las formas, situado en el centro de la sociedad. Pero esto último no debe confundirse con la renuncia a sus valores esenciales, la defensa de la libertad y de la dignidad humana, un cierto sentido trascendente que está en la raíz misma del PP, y un patriotismo democrático que nadie puede descalificar.

Ahora bien, si por «centrarse» entendemos el fomento de la adopción de niños por parejas homosexuales, la liberalización de las drogas en «narcosalas» y la financiación de todas las iniciativas presuntamente culturales de la progresía cultural madrileña, crearemos un problema. Estas iniciativas no restan ni un solo voto a la izquierda o a la extrema izquierda -encabezada por esa misma progresía cultural en todas las manifestaciones- y puede lograr el desánimo en los votantes y sostenes naturales del PP .

Y si por «ir al centro» -que más bien se trata de acatar las consignas culturales de la izquierda rampante- se pierde un puñado de votos, el problema es grave. Porque es el puñado de votos que Aguirre no ha tenido el 25 de mayo. Una experiencia que deben tener presente todos los políticos en ejercicio que en cualquier rincón de España estén dispuestos a correr tales riesgos.

Por Pascual Tamburri Bariain, 19 de junio de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.