Seguridad y extranjería, dos problemas inseparables

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de junio de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

El cambio de rumbo era una evidente reivindicación popular. Es lógico que este Gobierno la haya acogido sin las timideces de otros tiempos y sin concesiones a los Llamazares de turno

Los Quince -los Veinticinco de 2004- han aprobado en Salónica un nuevo paquete de medidas para proteger las fronteras exteriores de la Unión Europea frente a la inmigración ilegal. Incluso el eterno progresista, siempre derrotado ante sus propios electores, Romano Prodi, ha afirmado que “nuestras fronteras son muy, muy largas y difíciles de protegerse”. Por una vez, la opinión de la gente de la calle y las decisiones de los políticos en ejercicio viene a coincidir en este tema: hay en Europa un exceso de inmigración extraeuropea, y entre otros problemas, las condiciones de ilegalidad en que aquélla se genera dan lugar a una inseguridad creciente.

El comisario europeo de Justicia e Interior, el portugués Antonio Vitorino, explicó ante los líderes europeos las prioridades de la Comisión en cuanto a inmigración ilegal: la mejora del control de fronteras, incluyendo la creación de una guardia de fronteras comunitaria y la estandarización de los ordenamientos procedimientos nacionales. El Gobierno de España, con su reciente reforma de la Ley de Extranjería y con sus proyectos en la materia, ha asumido plenamente el nuevo espíritu de la Unión. Y es lógico que sea así, por dos buenas razones: España es frontera de Europa hacia África y hacia América -por lo que es la primera víctima de la ilegalidad-, y hasta hace bien poco nuestra legislación nacional ha pecado de un atractivo laxismo -lo que generado un evidente “efecto llamada”-.

La inmigración, en opinión de Luis María Anson, significa “la invasión de las potencias occidentales que o se dan cuenta de que tienen que mejorar la calidad de vida de los pueblos que emigran o se verán comprometidas, incluso dominadas desde dentro”. No es sólo una cuestión de números, sino también de formas y de prioridades. Y aunque las comparaciones pueden ser odiosas, parece que el legislador español -y el europeo- ha comparado y ha sacado conclusiones. Las decenas de miles de trabajadores polacos que recientemente han llegado a España no han generado problemas de convivencia, ni de marginalidad, ni de intolerancia. Europeos, venidos legalmente y con contratos de trabajo, son ya parte de la sociedad española, perfectamente integrados en ella, y son un modelo positivo de inmigración.

Hay en cambio otras decenas de miles de inmigrantes africanos, venidos ilegalmente, nunca integrados, difícilmente integrables aunque su permanencia en España sea ya de varios años. El cambio de rumbo, anticipado en España respecto a Salónica, era una evidente reivindicación popular. Es lógico que este Gobierno la haya acogido sin las innecesarias timideces de otros tiempos y sin concesiones a los Llamazares de turno.

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de junio de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.