La sangre llama más sangre

Por Pascual Tamburri Bariain, 8 de septiembre de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

En algún momento del futuro tendría que haber un Estado árabe (Palestina) y un Estado judío (Israel). Ambas partes han de renunciar a legitimar en su dolor pasado el dolor ajeno presente.

La espiral creciente de violencia, represión, odio y terrorismo amenaza con ahogar la vieja Palestina y con extenderse por el mundo. Los palestinos recurren a las piedras de sus adolescentes, a la guerrilla de sus combatientes y a los atentados suicidas de sus militantes islámicos. Los israelíes han expulsado a millones de personas, derriban barrios enteros y recurren a atentados igualmente terroristas. Muchos dirigentes palestinos fueron terroristas; el uso de la tortura fue oficialmente aprobado por el Tribunal Supremo israelí en noviembre de 1996. Es el equilibrio, o el desequilibrio, del terror.

Yasser Arafat es, aún hoy, considerado un traidor por muchos palestinos, ya que admitió la existencia de Israel como Estado. Históricamente, los palestinos alegan que durante la creación de Israel los colonos judíos procedieron con evidente brutalidad: poblaciones enteras fueron masacradas, sus aldeas destruidas, miles de civiles árabes fueron asesinados, y una gran cantidad de palestinos fueron expulsados de las tierras de sus padres; otros permanecieron, pero son en Israel ciudadanos de tercera clase, con una evidente discriminación étnica que nunca se denuncia. Y a pesar de toda esta historia de rencor Arafat tuvo el mérito, que Europa le reconoce, de admitir que Israel -el Estado de los refugiados, que en el mejor de los casos habían perdido dos mil años atrás su relación con aquel territorio- debía seguir existiendo.

La vida y obras de Arafat pueden no gustar, pero su realismo político es admirable. Israel es una realidad, y su destrucción sería una propuesta insensata además de, a estas alturas, radicalmente injusta. Arafat pidió, a cambio de su reconocimiento y legitimación de décadas de dolor, que Israel reconociese a su vez el derecho de los palestinos a tener su propio Estado soberano en Palestina. Fueron las bases de un proceso de paz que hoy parece agonizar.

La paz es necesaria, y ambas partes deben contribuir a ella. El círculo vicioso del terror sólo puede terminar -si excluimos la aniquilación o deportación de uno de los dos pueblos- en convivencia. En algún momento del futuro tendría que haber una Palestina geográfica que englobe un Estado árabe (Palestina) y un Estado judío (Israel), libres, independientes, abiertos a los intercambios y radicalmente tolerantes en materia religiosa. Israel justifica su terror en el terror de los radicales palestinos, y éstos se amparan en la sangrienta prepotencia hebrea. Por propia convicción habrán de romper esa dinámica; o un poder superior tendría que imponer esa solución. Hoy sólo Estados Unidos está en condiciones de hacerlo, aunque mañana también puede ser Europa. En cualquier caso, ambas partes han de renunciar a legitimar en su dolor pasado el dolor ajeno presente.

Por Pascual Tamburri Bariain, 8 de septiembre de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.