El error Arafat

Por Pascual Tamburri Bariain, 2 de octubre de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

Los biznietos de Arafat y de Sharon jugarán juntos en las calles de Galilea. Mientras ellos no quieran aceptar este hecho, Europa tendrá buenos motivos para recordárselo y actuar en consecuencia.

Todos los estudiantes de la enseñanza obligatoria española nacieron después de la caída del muro de Berlín o, como mucho, eran lactantes cuando, el glorioso 9 de noviembre de 1989, la libertad de Europa triunfó sobre la cruel utopía soviética. Los muros, desde Yalta hasta aquellas fecha, y naturalmente después de ella, son para los europeos sinónimo de dolor, de muerte, de injusticia y de división entre hermanos. Tal vez por eso, en la vieja Europa -y sin excepciones ni fisuras- la política del Gobierno israelí no es ni entendida, ni apoyada.

Dividir el Israel de 1948 (fruto a su vez de una guerra, de mucho dolor y de grandes éxodos) de los territorios palestinos ocupados en 1967, Gaza y Cisjordania, es empresa complicada. Hacerlo mediante un muro en todo similar al de Berlín es un desafío a la historia. Pero, en cualquier caso, hacerlo trazando unilateralmente una nueva frontera que nadie en el mundo va a reconocer es provocar directamente las reacciones árabes. Si Ariel Sharon persevera en su política será a ella y no al nacionalismo árabe o a cualquier integrismo a quien habrá que atribuir en el futuro muchas muertes y mucho sufrimiento humano.

Ningún español de 2003, y mucho menos quienes han vivido la división de Europa, puede aprobar que se ahonde el foso entre israelíes y palestinos. Sean cuales sean los agravios históricos de unos y otros -y no están equilibradamente repartidos-, la geografía impone que los árabes de Palestina (que son musulmanes, pero también cristianos de diversos ritos) compartan el viejo mandato británico con los colonos judíos y sus descendientes. Y que lo hagan en paz, perdonando toda una historia que ya no puede deshacerse.

Yasser Arafat, como Ariel Sharon, es parte de esa historia. Ambos son, guste o no, representantes democráticos de sus pueblos. Si no están dispuestos a entenderse, y puesto que el exterminio de unos por los otros está fuera de discusión, alguien deberá forzarlos a entenderse. Deportar a Arafat de su patria sería retroceder radicalmente en el camino de la paz, y en realidad el más perjudicado sería el verdadero pueblo israelí. Negar a los palestinos su tierra, y su agua, puede ser posible durante un breve período -unos años, unas décadas, unas generaciones – pero, salvo una expulsión masiva en la que nadie piensa y que Occidente no podría tolerar, los biznietos de Arafat y de Sharon jugarán juntos en las calles de Galilea. Mientras ellos no quieran aceptar este hecho, Europa tendrá buenos motivos para recordárselo y actuar en consecuencia.

Por Pascual Tamburri Bariain, 2 de octubre de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.