España en Irak: razones de una presencia y circunstancias de una polémica

Por primera vez en décadas, o en siglos, España participa en una guerra exterior. La invasión anglosajona de Irak derivó en una guerra regular fulminante y en una guerra irregular aparentemente interminable. Frente a estas realidades, los gobiernos han tenido que adoptar posiciones políticas y militares, mientras que los ciudadanos expresaban opiniones morales de uno y otro tipo. El debate político y el moral se han entremezclado profundamente, y no siempre con ideas claras o con análisis racionales. Tras unos meses de intensa agitación, es la hora de hacer balance. Un balance necesario, porque la historia enseña que de las batallas surgen los grandes cambios de rumbo. Y tal vez estemos ante uno de ellos.

1. Términos de la cuestión.

La guerra es terrible, es un mal en sí misma. Y en esto no hay ni muchas dudas ni muchas discrepancias, a la luz de los últimos cien años. Sin embargo, existe. Es una realidad de ayer, de hoy y de siempre. Se puede regular, se puede tratar de evitar, se puede intentar humanizar, pero desde que el hombre es hombre y mientras lo siga siendo habrá violencia en las relaciones entre tribus, entre naciones, entre Estados.

En Irak ha habido una guerra, hecho que puede escandalizar a las conciencias formadas en el optimismo moderno, pero que no supone ninguna anomalía histórica. Dos bandos han dirimido por las armas una divergencia de intereses. Ambos bandos eran coaliciones de aliados unidos circunstancialmente, de los cuales sólo algunos combatían efectivamente con las armas en el campo de batalla. Las opiniones públicas han sido conmovidas, en un bando y en otro, por las hostilidades. Uno de los bandos ha sido derrotado, aunque la guerra prosigue por medios irregulares. La guerra prosigue, aunque ya es posible hacer un primer balance de lo sucedido.

El origen del conflicto.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha lanzado una ofensiva mundial, presentada como lucha contra el terrorismo, pero más genéricamente dirigida a debelar a algunos enemigos modernos y más recientes de su poderío imperial. Estas campañas imperial-antiterroristas han polarizado el mundo muy obviamente en leales y desleales frente a ese Poder, removiendo además las aguas del islamismo, coincidiendo en buena medida con los intereses de Israel, haciendo patentes las diferencias entre las viejas Potencias europeas y, en suma, abriendo nuevos escenarios en las políticas internas y en la geopolítica.

Pero no hay que olvidar lo esencial de la cuestión: Estados Unidos, con la ayuda directa de Gran Bretaña y de Polonia, agredió al Irak de Sadam Hussein, alegando su legítima defensa (preventiva) frente a amenazas de distinto tipo. Esta alegación en parte era mediática y poco creíble, pero tenía un núcleo de verdad: un Irak díscolo frente al Imperio, por su posición en el mundo y por sus recursos, era un obstáculo en la implantación del Nuevo Orden –moderno sustantivamente, democrático adjetivamente- que Estados Unidos ha identificado con su privilegiada posición de única potencia mundial. El origen del conflicto es, pues, la resistencia de un Estado (Irak) a aceptar la voluntad de otro (Estados Unidos). Un clásico.

Naturaleza de las partes.

Estados Unidos es formalmente un Estado como los demás. Su estructura formal es democrática, y es un ejemplo acabado de Estado moderno –moderno no cronológicamente sólo, sino sobre todo ideológicamente-. De hecho es más que eso: es el Imperio, dotado de intereses universales y de una ideología igualmente universal que los sustenta. Las cosas son así, y está terminando ya el tiempo de las ficciones jurídicas.

Junto a Estados Unidos, sus aliados, países jurídicamente con la misma dignidad pero obviamente partícipes de la ideología estadounidense y conscientemente subordinados al Imperio. Por una razón u otra, hacen coincidir sus intereses con los del Imperio, y lejos de resistirse a él tratan de satisfacerlos bajo el manto protector de aquél.

Frente a Estados Unidos, Irak. Es decir, un país árabe, con un Estado unitario y laico sometido a tradicionales tensiones regionales y religiosas. Y un aliado histórico –al menos desde 1943- de la modernidad, con leves oscilaciones entre el occidentalismo de la monarquía hachemita y el declarado socialismo baasista. Nunca un Estado confesional, nunca un régimen tradicional y muy raramente un distanciamiento de las grandes potencias. Con Sadam Hussein Irak fue instrumento de las dos grandes potencias de la época –modernas ambas- contra la revolución antimoderna iraní. Irak era una amenaza para la paz mundial, en la medida en que desde 1990 había perdido sus alianzas; pero no lo era del modo en que quiso presentarlo la propaganda de guerra anglosajona.

Con Irak, aliados de ocasión o de convicción, que en ningún momento comparecieron en el campo de batalla pero que tenían sus corazones, y más bien sus carteras, con el dictador.

Situación de España.

España no tiene intereses directos en la zona de guerra, aparte de los petrolíferos. España, sin embargo, es un país de frontera en dos sentidos: frontera hoy contra el terrorismo, en un Frente Norte que no siempre ha sido ajeno al escenario oriental; y frontera siempre frente al Islam, contra el Islam. España podrá dejar de ser cristiana, pero no puede cambiar su posición en el mundo, como baluarte de Europa hacia un Sur que está en disposición ideológica y demográfica de amenazarnos. España, que durante tres o cuatro décadas, y tal vez durante dos siglos, ha renunciado a tener una política exterior propia, se ha visto atrapada en la contradicción de ser Europa –en una Europa sin contenido diplomático y usada más bien para encubrir los intereses de otras naciones- y de ser aliada del Imperio. España, por primera vez en mucho tiempo, y especialmente a partir de la crisis de Perejil, ha asumido que esta Europa no defiende sus intereses, y que, a la espera de una unificación real del Continente (a largo plazo) o de una capacidad efectiva de autodefensa (a medio plazo), a corto plazo lo que conviene al pueblo español es un rol significativo, específico y libre en el orden imperial americano.

2. Concepto y práctica de la guerra en 2003.

El Derecho

La guerra contra Irak ¿es un abuso de los Estados Unidos y sus aliados o es una acción que legitima-legaliza el Derecho? Los juristas positivistas se remontan en este sentido a 1990, o incluso antes. En ese año, Irak invadió Kuwait. Tras desoír el llamamiento que hizo el Consejo de Seguridad para que se retirara del territorio (resolución 660), el Consejo dictó una nueva resolución, la 678, en la que autorizaba el uso de la fuerza para desalojar a Irak de Kuwait. Una vez expulsados los iraquíes de Kuwait, el Consejo de Seguridad dictó una nueva resolución en la que se aprobaba un “alto el fuego” a condición de que Irak declarara y eliminara sus armas de destrucción masiva pues sólo así se conseguiría “restaurar la paz y la seguridad” a la región (resolución 687, de 1991). Por consiguiente, no hubo paz, sino un cese el fuego, un armisticio sui generis entre la ONU (agredida en uno de sus socios) e Irak (agresor). La famosa resolución 1441 es la enésima resolución del Consejo de Seguridad instando a Irak a colaborar en la tarea en la que en estos 12 años no se ha aplicado precisamente: “declarar” y “eliminar” sus armas de destrucción masiva. Estados Unidos fundamentó jurídicamente sus actos de guerra en estos hechos. En definitiva, la guerra es legal según el Derecho Internacional. Aunque, y esa es otra cuestión, el derecho Internacional no es Derecho, sino política, como cualquier estudiante de primera año de esa Licenciatura sabe: no hay un legislador mundial, no hay un Estado soberano mundial.

Y en ese punto el debate sobre la legalidad entronca con el debate sobre la legitimidad. Porque admitiendo que haya una norma imperativa de Derecho que legalice-legitime la guerra, hay otros notorios incumplidores de resoluciones de la ONU, como Israel, Turquía y Marruecos (por sus respectivas invasiones y ocupaciones de Palestina, Chipre y del Sahara Occidental). El argumento es convincente; si la guerra de Irak es legal, no es la única guerra que puede y debe combatirse. Si la guerra en cuestión es, de entre las legales, la que interesa al Imperio, y si el Imperio vence, la guerra habrá sido no sólo legal, sino moral, moralísima.

La moral

Una guerra es siempre justa desde el punto de vista de cada bando. En una guerra, justicia e injusticia, moralidad e inmoralidad se convierten en armas que cada bando arroja contra el otro. Es insensato juzgar la justicia o injusticia objetiva de esta guerra. Para eso los católicos ya tenemos al Papa, que es la única instancia moral que a mí me merece cierto respeto –y sería bueno escuchar todo lo que el Papa dice hasta el día de hoy, no sólo lo extrapolado por ciertos medios de comunicación.

La interacción entre Teología (y tanto más la “teología” laica) y Guerra es causa de grandes males para Europa en particular, y para el mundo en general. Carl Schmitt, que de Derecho era entendido, solía repetir Silete theologi in munere alieno! Cuando ya no los teólogos de un único cristianismo entre sí, sino los teólogos católicos y los protestantes empezaron a intercambiarse anatemas y excomuniones, y a calificar como justa y moral la posición de su bando en las guerras de religión (e injusta e inmoral la del contrario), la supervivencia de Europa dependió de la secularización del Derecho de Gentes. Así nació el Estado moderno y con él, el orden internacional basado en los Estados soberanos como únicos protagonistas. Esa feliz separación del Ius ad bellum (reconocido a todos los Estados por ser soberanos, y sólo a ellos: el monopolio de la violencia legítima) y del Ius in bello (inviolable por todos, con unas normas humanitarias hoy muy deseables) duró hasta que Europa decidió suicidarse en la Primera Guerra Mundial dando entrada primero como árbitro y luego como amo a los Estados Unidos.

Ius ad bellum y ius in bello.

Los Estados Unidos nunca participaron completamente del Derecho de Gentes europeo, que tenía un carácter estrictamente territorial. La doctrina Monroe les permitió crearse un espacio autónomo en las Américas, que tenía como contrapartida la no intervención en los asuntos europeos. De hecho, los Estados Unidos nunca libraron una guerra en el sentido del Derecho de Gentes europeo: o hicieron guerras civiles, la de independencia y la de secesión, o guerras colonialistas, y por eso nunca llegaron a asumir el concepto no discriminatorio de enemigo del

Derecho de Gentes europeo, que distinguía perfectamente el concepto de enemigo del de criminal en un marco de plena igualdad jurídica entre Estados soberanos. La insistencia norteamericana en “combatir el mal” en todas sus guerras es una herencia protestante, y muy específicamente calvinista o baptista. Curiosamente, esa obstinación en buscar explicaciones morales a la batalla ha sido utilizada en este caso tanto por Estados Unidos como por todos sus detractores. Un debate estéril y sangriento, como se ha visto en Europa desde al menos 1618.

Una guerra, cualquier guerra, implica que al menos uno de los bandos no puede aceptar una convivencia pacífica con el otro. Sea cual sea el análisis que merezca en el futuro esta campaña mesopotámica, dos bandos han decidido resolver por las armas sus diferencias. La guerra tiene explicaciones políticas, económicas, ideológicas y hasta teológicas; tiene también objetivos en esos mismos campos. Pero su desarrollo, en cambio, debería –en la tradición católica- responder a los límites impuestos por el Derecho Internacional y por las costumbres de la guerra.

El asunto no es baladí. Tradicionalmente, al menos en Europa, no sólo se reconocía la existencia de una “guerra justa”, es decir, de un “derecho a la guerra”, sino que se aceptaba que debía haber un “Derecho en la guerra”. Por un lado, la declaración de guerra debía tener una cierta legitimidad, y este debate se ha renovado en las últimas semanas. Iniciada la batalla, era la hora de fijar los límites impuestos a los combatientes. No todo vale, la guerra se libra entre Ejércitos y con arreglo a unas normas jurídicas y morales. La cuestión es insoluble si se trata de moralizar el “derecho a la guerra”: ambos bandos se creerán metafísicamente en posesión d ela verdad, y verán en el Otro el Mal absoluto, y le negarán los derechos de beligerancia. Y así, en fin, una vez más la obstinación veterotestamentaria –asiria, hebrea, calvinista- en buscar el Bien en el propio bando termina eliminando las reglas “en” la guerra. De ahí vienen los Guantánamos, los atentados y los crímenes contra la población civil: de no asumir la realidad de la guerra con la tradicional prudencia europea. Habrá más guerras en el futuro, porque ya nadie cree en la utopía milenarista de un mundo eternamente en paz, ni en una eterna victoria del “Bien” sobre el “Mal”. Estados Unidos, en particular, puede marcar la pauta del siglo XXI aceptando normas y reglas que hagan más humana la guerra, guerra entre ejércitos pero no guerra para destruir pueblos enteros ni para causar sufrimientos innecesarios

¿Es compatible la guerra con la existencia de una sociedad política y económicamente libre, es decir, con una democracia liberal parlamentaria? Durante un año Estados Unidos ha defendido que sí, que en efecto la democracia puede hacer la guerra en defensa de sí misma. Durante un año algunos países europeos, aceptando esa premisa, han negado que el conflicto iraquí reuniese las características necesarias. Durante un año la izquierda extremista, bolchevique y pancartera ha dicho que no, que la guerra es siempre y en todo caso peor que cualquiera de sus alternativas.

El debate está viciado por los medios de comunicación, por las necesidades de la propaganda y por la ignorancia general de la historia más o menos reciente. La guerra existe y seguirá existiendo pese a cualquier utopismo, y no puede perderse de vista que en ella se decide el destino futuro de los pueblos. Es bueno recordarlo ahora, en España, cuando el riesgo de administrar una parte de Irak es evidente. Pero sin riesgo –y sin la necesaria preparación para el riesgo- no hay libertad.

3. Nueve hechos: España en Irak.

3.1. Los pacifistas profesionales pueden ser en algunos casos personalmente respetables, pero políticamente son ajenos a cualquier realidad humana presente, pasada y probablemente futura. Por causa de ellos, la palabra paz –un deseo universal, éste sí- se ha desgastado, y lo que es ciertamente un bien, y en todo caso una necesidad de España y de Europa en este momento de su historia, se ha convertido en pancarta. La vida de una nación no se construye con pancartas, sino con hechos basados en realidades.

3.2. La ambigüedad en las alianzas y el afán de nadar y guardar la ropa son juegos muy peligrosos a los que ni Europa en general ni España en particular pueden apostar. Puede discutirse, y tal vez debe discutirse, la naturaleza de los vínculos entre Europa y Estados Unidos, pero no cabe ignorar que esos vínculos existen, y que Estados Unidos es capital de un imperio mundial al que pertenece toda Europa. Si se desea que esta realidad cambie será preciso elaborar una alternativa imperial; pero tal cosa no existe hoy, y no puede construirse sobre la negación de la realidad.

3.3. Si ha de entrarse en consideraciones más morales que fácticas nadie está en condiciones de lanzar la primera piedra, al menos ninguna gran potencia; sin necesidad de acudir a lecciones más o menos discutibles del pasado, es evidente que Francia –banquera de Irak-, Alemania –laboratorio de Irak- y Rusia –arsenal de Irak- han utilizado ciertos argumentos éticos sólo por conveniencia, pero que en realidad defendían sus propios intereses particulares, y miopes.

3.4. Siempre en este mismo tono ético, hay que recordar que la guerra, en sí misma un mal, puede ser combatida lealmente por ambos bandos, que hay unas normas de Derecho Natural elevadas a canon por la Europa civilizada. No hay que olvidarlo, ni hay por qué caer en la barbarie oriental.

3.5. La mala gestión estadounidense de la guerra, de la posguerra y de la diplomacia no hace legítima la posición de Sadam Hussein: hace evidente la inadecuación entre el poderío imperial norteamericano y su vaciedad ideal genuinamente moderna. Estados Unidos tiene la fuerza de un Imperio, pero no reside –aún, tal vez- allí una idea imperial igualmente fuerte y aglutinante. El bienestar material no basta para ganar corazones y pueblos.

3.6. Debe considerarse el interés europeo Veamos qué interesa políticamente a Europa. Alemania y Francia han defendido sus propios intereses, como por otra parte ha querido hacer España. No está de más recordar aquí, aunque ahora nadie lo haga, que si no se puede hablar de una verdadera política exterior y de seguridad común no es por culpa de Aznar y de Blair, sino de Francia. Ha sido este país el que ha impedido esa política común, y ello en beneficio de sus propios intereses. Así ha quedado demostrado en dos ocasiones anteriores a la crisis de Irak y, en ambas ocasiones, contra los intereses de España (el Sáhara Occidental y la invasión de Perejil). Nadie es más europeo que España.

3.7. También ha de considerarse el interés nacional. Aunque parezca paradójico, si España quiere tener política exterior propia y contar en el mundo, tiene que ponerse del lado de Estados Unidos en esto y no de Francia y Alemania, y encima, es la mejor manera de proteger nuestros intereses en el Norte de África. Imaginémonos que el día de mañana Marruecos invade un territorio español (puede ser Ceuta o Melilla). ¿Nos apoyará Francia? Véase el caso Perejil. ¿Nos apoyarán los Estados Unidos? En julio de 2002 los Estados Unidos sí nos apoyaron. Desde el punto de vista de las relaciones internacionales y la geoestrategia, España no pinta nada al lado de Alemania y Francia, un eje de poder que nunca nos ha tenido en cuenta, más que como meras comparsas, y cuyo modelo egoísta, mercantil y burocrático-federalizante de Europa es profundamente rechazable. Es más, los intereses geoestratégicos franceses son totalmente opuestos a los españoles en el Norte de África, una zona fundamental para nuestro futuro como nación. En Europa, una vez más, nuestro puesto está codo con codo con Italia y con Gran Bretaña.

3.8. Recordemos que España tiene tropas en Irak. Y que esas tropas están allí, como imponen nuestras leyes hoy y el Derecho Natural siempre, para defender los intereses de España. Esto se acaba de explicar; pero el simple hecho de que estén allí merece un comentario. Son hoy fuerzas de ocupación, de combate o de paz, como se quiera. Pero son la avanzadilla de una realidad que antes o después se impondrá: España necesitará tener una Defensa mucha más fuerte y creíble a muy coro plazo. Y poco importa que recuperen su eficiencia y su dignidad en una guerra “imperial”. Simplemente, solidaridad a nuestros representantes, solidaridad a nuestros Ejércitos. Para que una actitud digna hoy nos permita ser mañana lo que hoy no somos: plenamente libres.

3.9. Terminemos con una reflexión de fondo. El caso es que se hace realidad lo que siempre se ha dicho: que la guerra muestra lo mejor y lo peor de cada uno. Es curioso que eso valga incluso para los que estamos en la lejana retaguardia. La guerra nos está probando a todos, es la hora de la verdad, la hora de la decisión, en la que hay que demostrar, más allá de las palabras y de los gestos, si se quiere estar con la minoría consciente de su papel en la historia. Esa historia demuestra una cosa: que en caso de guerra lo único casi siempre imposible y siempre negativo es la neutralidad. El neutral es siempre vencido y no participa en las decisiones finales, menos aún que el derrotado. El Evangelio nos recuerda precisamente que durante su proceso político, Jesús fue interrogado por Pilato: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Tras otras preguntas intermedias, el Galileo contestó: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). He ahí la clave moral de la cuestión. Un nuevo orden mundial que separe de nuevo el ius ad bellum del ius in bello, que nos devuelva las conquistas de moral pública de dos milenios de Cristiandad, debe recordar esto.

Pascual Tamburri, Vicepresidente de la Fundación Leyre
Revista Arbil, Nº 75, noviembre de 2003.
http://www.arbil.org/(75)irak.htm