La drogadicción, problema de Estado

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de noviembre de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.

El relevo al frente del Plan Nacional contra las drogas debe servir para desmontar mitos progresistas, para reprimir el delito y para ofrecer alternativas a este cáncer moral.

Los jóvenes españoles están entre los europeos más adictos a las drogas. Un reciente informe del Observatorio Europeo de las Drogas demuestra un repunte en el consumo de cocaína y el aumento del consumo drogas. Esto sin considerar la precocidad y el exceso en el consumo de alcohol y tabaco. Es patente que las políticas preventivas no tienen ningún resultado positivo.

Entre los 15 y los 34 años, un 17% de los españoles reconoce haber fumado cannabis a lo largo del último año, y alrededor el 50% de los jóvenes lo ha probado en algún momento y de alguna manera. El cannabis (marihuana y hachís) es la droga de mayor consumo en España en particular y en Europa en general, con una característica que lo hace especialmente peligroso: es la puerta casi necesaria de entrada a todas las demás drogas, aparte de sus gravísimas consecuencias directas.

El consumo de drogas causa la muerte de entre 7.000 y 9.000 personas cada año. En este sentido, la tendencia sigue al alza y afecta, en particular, a los más jóvenes. Sin embargo, no se trata sólo de muertes biológicas: el patrón de policonsumo regular conduce a auténticas muertes civiles, con masas de población juvenil que viven casi exclusivamente en torno a la droga. Para obtenerla y hacer de ella el centro del ocio, o de la ociosidad, se trabaja y se vive.

Un mito progresista muy bien arraigado hace creer a muchos que el alcohol, o incluso el café o el té, son también drogas, como si de cocaína o heroína se tratase. La progresía, ya desde los años 60 del siglo XX, ha sido partidaria de las drogas; unos por cálculo -una clientela juvenil asegurada como son hoy los ocupas, más una juventud en general dócil-, y otros por convicción -un absoluto indiferentismo moral basado en la ignorancia, peligrosas amistades marroquíes aparte-. Sin embargo, la verdad va en otra dirección: porque aunque el alcohólico es, en efecto, un drogadicto, cabe del vino, la cereza y los licores un uso cultural y gastronómico enteramente positivo que jamás podrá predicarse con veracidad del cannabis ni de ninguna otra droga de las mal llamadas «blandas» .

El mito progresista de la relativa bondad de las drogas encontró su mejor plasmación en las reformas socialistas del Derecho Penal. Así, el tráfico, tenencia y consumo de drogas peligrosísimas ha pasado a ser prácticamente impune, y al cabo de losaños se constata un aumento del consumo, su generalización, su asociación a otros consumos y, en fin, un deterioro general de la condición juvenil en España. El reciente relevo al frente del Plan Nacional contra las drogas debe servir para desmontar las falacias progresistas, para devolver el Derecho a su cauce, para reprimir el delito en todas sus formas y, a medio plazo, para ofrecer alterativas atractivas a este cáncer moral.

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de noviembre de 2003.
Publicado en El Semanal Digital.