Una amistad que conviene a España

Por Pascual Tamburri Bariain, 17 de enero de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

La izquierda pancartera ha empleado toda la gama habitual de descalificaciones con ocasión del reciente viaje de José María Aznar a Estados Unidos. Molesta, especialmente en los medios de Prisa, la buena relación personal que parece haberse establecido entre el presidente español y George Bush que -si hubiésemos de creer a los comentaristas políticamente correctos- sería sólo una manera de disimular el sometimiento español a Norteamérica.

Cuando uno lee y escucha opiniones de este tipo no puede evitar recordar a George Orwell; y en la izquierda española abundan, cada vez más, los nostálgicos bolcheviques del Ministerio de la Verdad. Porque ciertamente la cosa va por ahí: pretender que la España sumisa de Felipe González era una España más libre que la España de 2004, que la España que malvendió sus intereses nacionales en Europa para complacer las aficiones ideológicas de una clase política ruin y cleptómana, es pretender que los españoles comulguen con ruedas de molino.

Aznar es una persona realista, menos incapaz de lo que sus críticos desearían y sobre todo menos gris de lo que sus enemigos suponen. Y Aznar ha descubierto algo que cuatro legislaturas socialistas y dos precedentes malamente centristas habían ocultado: que Estados Unidos es la gran superpotencia que domina nuestro mundo, y que los intereses propios de España coinciden en cierta medida con los de esa superpotencia. Ideologías aparte, tal es la verdad cruda que emerge de los atentados del 11 de septiembre y de la posición española frente a Marruecos y frente al terrorismo.

Aznar ha dicho en Estados Unidos que España, como vieja potencia, comprende que el poder genera rencores y resentimiento; hay países europeos que aúnan su viejo resentimiento antiespañol con un cierto complejo de inferioridad frente a Washington. Y que llaman europeísmo a esa doble mezquindad moral. El europeísmo de España es mucho más real y profundo, y mucho menos egoísta, pero va exactamente en la dirección contraria: no se trata de envolver decadencias en oropeles retóricos de grandeur, sino por el contrario actuar desde la realidad actual, sin complejos, para obtener primero resultados concretos y para construir, después, escenarios futuros de verdadera libertad.

Puede gustar más o menos el estilo y el mensaje norteamericano, pero negar su fuerza es bastante poco realista. Aznar no puede ser acusado de falta de realismo, y este penúltimo viaje a la capital del imperio parece anunciar su futura dedicación a definir una nueva fuerza española en Europa. Desde la sólida realidad, no desde la etérea y vacua pancarta.

Por Antonio Martín Beaumont y Pascual Tamburri Bariain

Por Pascual Tamburri Bariain, 17 de enero de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.