A veces es cuestión de cuna o de “cuneros”

Por Pascual Tamburri Bariain, 31 de enero de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

31 de enero. La confección de candidaturas electorales en un partido político moderno es siempre complicada. Nunca son perfectas, porque son obra de personas y –sobre todo– afectan a muchos. Siendo realistas, se trata de que sean convenientes para los intereses generales del partido en cuestión, de que sean atractivas para los electores, de que abran las menores heridas posibles entre quienes están y quienes no están. Y, por encima de todo, de que lleven los hombres y mujeres que mejor puedan servir a España, que es la meta de todo el sistema.

Sistemas para hacer candidaturas y para hacerlas vencer ha habido muchos, y en estas fechas siempre hay quien se acuerda, para bien y para mal, del encasillado canovista y de las particulares habilidades de Romero Roblebo. Nuestra democracia es, en esto, mucho más limpia que la primera Restauración, pero ha heredado una de sus tradiciones: la de los cuneros.

Cunero era el candidato que, con poca o ninguna vinculación real con el distrito electoral, se veía colocado en él por voluntad de quien en Madrid preparaba las candidaturas. En el sentido más despectivo, cunero era el diputado que visitaba su distrito sólo en campaña electoral, sin conocerlo, ni representarlo, ni defender sus intereses. Así como hubo grandes dinastías de políticos con sólida base caciquil, también hubo sagas ilustres de cuneros.

La figura no era ni es en sí misma mala, porque pueden perfectamente coincidir -en un gran partido- dos necesidades complementarias: la de una organización provincial sin candidatos propios adecuados, y la de determinados personajes sin distrito propio que, por otras razones de política nacional, deben tener un puesto de salida. Yo mismo he sido candidato y diputado por Palencia. Técnicamente, pues, “cunero”, aunque fue a petición expresa de aquel Comité Electoral Provincial, y no creo haberlo sido en la peor de las acepciones.

Los verdaderos problemas suelen ser otros. Si el cunero, por su personalidad y su talante, no aporta ni votos, ni ilusión, ni trabajo, es ya grave; pero si además su presencia no ha sido pedida por los comités provinciales o regionales, si es en definitiva una imposición desde arriba, los problemas pueden ser muchos. Y además hay provincias y regiones que parecen destinadas a recibir una y otra vez cuneros que no llegan a arraigar; Toledo, por ejemplo, ha llevado al Parlamento a Isabel Tocino, fue sede del experimento Suárez en las autonómicas –una síntesis de cómo no se hacen las cosas– y ahora se ha convertido en el destino de la ministra Ana Palacio.

Bien está lo que bien acaba, y las cosas podrán juzgarse mejor el 15 de marzo. Pero el PP manchego, además de soportar a José Bono, no está teniendo demasiada suerte. Claro que, cuneros y no cuneros, tanto en Ferraz como en Génova hay quien piensa que es mejor que a Bono le vaya comparativamente bien en su feudo, para que no salga de él y no altere las previsiones de nadie.

Por Antonio Martín Beaumont y Pascual Tamburri Bariain

Por Pascual Tamburri Bariain, 31 de enero de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.