La “tradicional amistad hispano-árabe” y otras ficciones políticas

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de abril de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

Existe una retórica servil respecto a nuestros vecinos, extendida desigualmente por todas las fuerzas políticas, que condiciona nuestras relaciones exteriores y nuestra política interna.

30 de abril. España tuvo durante cuatro décadas, desde la Guerra Civil hasta la instauración democrática de 1977 – 1978, un régimen autoritario. No fue un Estado totalitario, ni impuso de modo absoluto su visión del mundo y sus mitos; pero trató de hacerlo en más de un punto, y en uno concreto parece haberlo logrado.

Por diferentes razones coyunturales, el discurso oficial predominante durante el franquismo exaltó hasta el aburrimiento la idea de que España y los países árabes y musulmanes habían mantenido una relación secularmente amistosa, y que el entonces Jefe del Estado era el continuador natural de esa tradición. Era una tradición inventada, porque un número apreciable de combatientes bereberes marroquíes había combatido en la Guerra Civil, porque Franco mismo y buena parte del grupo dirigente del país se había formado en las guerras africanas, y porque durante los largos años de aislamiento España necesitaba la amistad de los países árabes. Pero era, para el franquismo, una ficción necesaria.

No por eso dejaba de ser una ficción, como cualquier historiador y cualquier geógrafo podían confirmar entonces y pueden confirmar ahora. España es un país colocado en la frontera de Europa, una frontera más a menudo en conflicto que en paz a lo largo de los milenios; y es un país forjado y rehecho precisamente en lucha contra la invasión musulmana, un país que no se puede explicar en su ser sin la Reconquista y la lucha contra el enemigo del Sur. Esto no puede llamarse una amistad tradicional salvo por necesidades propagandísticas de un momento dado, o por conveniencias de las oligarquías gobernantes a ambos lados del Estrecho.

El franquismo ha muerto y ha desaparecido, pero ha dejado tras de sí este indeseable legado: una retórica servil respecto a nuestros vecinos, extendida desigualmente por todas las fuerzas políticas, que condiciona nuestras relaciones exteriores y nuestra política interna.

La prueba de que la izquierda comparte la verborrea franquista sobre la “tradicional amistad” hispano -árabe o hispano – marroquí está en la visita a Marruecos del presidente del Gobierno. Zapatero ha intentado llevar su talante dialogante a la diplomacia, y en Rabat ha sido acogido con sonrisas. Sonrisas, aplausos y satisfacción aparente de todas las partes, pero sin avances objetivos para España. Amigos, pero con un cambio de sentido en la política española respecto al Sahara. Amigos, pero sin renuncia al expansionismo marroquí. Amigos, pero sin aclarar la responsabilidad marroquí en los atentados del 11M, que, aunque sea casualmente, benefician a Marruecos.

Que el franquismo mitificase una amistad históricamente inexistente no quiere decir que las relaciones con los países árabes y musulmanes no puedan ser buenas o excelentes, ni que en el seno de esos mismos países -empezando por Marruecos- no haya grandes grupos de habitantes susceptibles de colaborar con España. El fin del mito, y la consolidación de una España que defienda firmemente sus derechos y su postura, es la mejor garantía de relaciones cordiales y de sanas influencias que ahora sólo existen en la imaginación de algunos.

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de abril de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.