Un movimiento juvenil sin ideales es sólo un aparato de poder

Por Pascual Tamburri Bariain, 3 de mayo de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

3 de mayo. Los grandes partidos políticos democráticos disponen de organizaciones juveniles que dependen de ellos. Esas organizaciones, teóricamente no políticas, tienen diferentes funciones, derivadas las necesidades de la vida social moderna. De un grupo juvenil político se espera que sea correa de transmisión bidireccional, es decir, que haga llegar al partido las demandas y la sensibilidad de la juventud, y que lleve a este las ideas, los valores y las propuestas del partido.

Suelen ser también instrumentos de movilización social, ya que la juventud sigue siendo el grupo social más movilizable -aunque las circunstancias de esa disponibilidad vayan cambiando-. Son, y en muchos casos son esencialmente, viveros de dirigentes y de futuros cargos públicos, puertas de entrada a la vida pública y de inicio de carreras políticas. Y son, o se pretende que sean, criaderos de votos para el partido, capaces de captar los votantes nuevos y más jóvenes y de fidelizarlos.

Sucede, en algunos casos, que hay jóvenes que entran en política sin ideales, sin vocación de servicio, sin capacidad de sacrificio y sin lealtad. Son, tal vez, cronológicamente jóvenes, pero moralmente son decrépitos políticos profesionales, aunque casi tengan edad de llevar pantalones cortos. No creen, sino que calculan; no militan, sino que cobran: no se entregan, sino que medran. Y se organizan en clanes, «familias» y grupos de presión para hacerlo.

Jóvenes cronológicos que actúan como ancianos morales: El crecimiento, la madurez, el envejecimiento, son eventualidades irrenunciables en la vida de un individuo, pero no pueden y no deben imponerse irreversiblemente en las comunidades. En palabras de Marcello de Angelis, las sociedades que no consiguen mantener viva la dialéctica entre juventud y madurez en su interior padecen el mismo destino, inevitable, de los seres vivos: la descomposición y la muerte. En el esfuerzo por mantenerse unidas se ensombrecen, se cubren de maquillaje para esconder la decadencia, recurren a dolorosas operaciones estéticas, emanan malos olores, se convierten en intratables y arterioscleróticas, tiránicas e injustas, resentidas y envidiosas, y terminan por odiar su propia juventud y por intentar que hasta su recuerdo sea sepultado.

Por su interés y clarividencia, merece la pena recordar el brillante análisis de de Angelis en la revista italiana «Area» del pasado abril, en gran medida aplicable a nuestro propio caso. Para él, la política juvenil no es la política antes de los treinta años, no es la infancia de los políticos, y no es sólo el vivero de los aspirantes a diputado. Si fuese así, la política juvenil no merecería la pena ni de ser comentada, dentro o fuera de los partidos.

Se ha hablado, en España, del llamado grupo de Becerril; y en algunos casos provinciales de realidades más o menos comparables. En este Semanal se advertía ya en 2002 de que «el presidente cada vez se rodea de amigos más jóvenes, centristas e intrigantes …: profesionales que han mamado siempre la miel del poder durante su corta vida política». Son, en palabras de un conocido cargo público de indudable altruismo y patriotismo, los «poltroneros».

Frente a ellos, en lugar de ellos, pero con metas y estilos diferentes, harán siempre falta los idealistas. Jóvenes dispuestos al idealismo y al altruismo, al compromiso vital y a la entrega generosa. La juventud -cuando es más que un hecho biológico, y tiene su plenitud espiritual- tiene la percepción de la transitoriedad de la vida, no accede a pactos ni mediaciones porque no se pregunta sobre el futuro, porque no está en condiciones de pensar en sí misma cuando la edad y las condiciones de la juventud se hayan, por su naturaleza, extinguido.

La juventud, cuando realmente es tal, es peligrosa, porque es la prueba viviente, para quien la ha perdido o ha renunciado a ella, de que él mismo se ha convertido en la encarnación de lo que antes criticaba y condenaba, de todo aquello que antes juraba que nunca llegaría a ser.

Por Pascual Tamburri Bariain, 3 de mayo de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.