Sancho el Mayor, rey español. Ni el primero ni el último.

Por Pascual Tamburri Bariain, 14 de septiembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

El pasado 30 de mayo, en este mismo lugar, ante un público sin duda diferente y seguramente mejor pagado, se rindió homenaje al rey Sancho el Mayor. Rey, para la Historia, de Pamplona, conde de Castilla, de Sobrarbe, de Ribagorza, de Aragón, protector del reino de León, defensor de la España cristiana. Rey, para las personas que aquí se congregaron y alzaron este monumento -bastante feo- de una Euskal Herria que la Historia ignora.

Yo soy el primero en reconocer que la verdad histórica, como cualquier otra perfección humana, está lejos de nuestro alcance. Nunca sabremos sin lugar a duda, discusión o fisura quién fue Sancho III, cuáles fueron sus deseos más íntimos, ni sus proyectos más secretos, porque el pasado es estudiado por los historiadores, y los historiadores, a partir de limitadas evidencias objetivas, y con sus limitadas capacidades, no pueden llegar siempre al fondo de todas las cuestiones.

Sin embargo, podemos aproximarnos a la verdad histórica con buena o con mala fe. A Sancho el Mayor han dedicados sus esfuerzos historiadores eximios de nuestro tiempo, de indiscutible capacidad profesional, como J.M. Lacarra, Ramos Loscertales, A. Ubieto y, en estos mismos momentos, mi maestro don Ángel Martín Duque. No podemos negar ni su capacidad profesional ni su buena fe, absolutamente independiente de sus por otra parte muy distintas opiniones políticas. Se puede perseverar en la línea de trabajo que ellos han abierto, siguen abriendo; se pueden divulgar sus resultados. Pero también se pueden ignorar, y analizar el pasado de hace un milenio desde un punto de vista hostil a la ciencia histórica.

Sancho el Mayor necesita ser conocido mejor, sin duda. Para que así sea, será preciso un conocimiento minucioso y detallado de su documentación, desde luego prescindiendo de la colección diplomática elaborada con precipitación y tal vez manipulación en el ámbito pretendidamente científico del nacionalismo vasco. Serán necesarios estudios monográficos de aspectos concretos de la época, como los que, por citar un ejemplo cercano, está en condiciones de realizar el profesor Fermín Miranda García. Y será también necesaria una visión amplia del personaje, del reinado y de su contexto, como el que -acabo de mencionarlo- está terminando de redactar el profesor Martín Duque.

Lo que con seguridad no contribuirá a que los españoles -vascos y navarros sobre todo- tengan una idea más clara de qué sucedió en estas tierras a partir de 1004 es la afirmación de un nuevo mito nacionalista. En la inauguración de este monumento la pasada primavera hubo mucho de mito -o de intento de mito. Y muy poco de ciencia. Todo allí era falso, porque el homenajeado, Sancho III, nunca fue nada de lo que allí se consideró esencial en su vida y en su obra.

En abril de 2004, narrando la pintoresca celebración nacionalista, Elsemanaldigital.com denunciaba con precisión el problema: el nacionalismo buscaba reforzar su propio e imprescindible mito de la independencia originaria de los vascos “creando” en el pasado un reino independiente. La Historia reescrita por los ideólogos nacionalistas vascos ha convertido milagrosamente a Sancho III en rey de Euskal Herria.

Hay que entender la necesidad de esto. Desde la indigencia intelectual que supone un nacionalismo sin nación, basado en una entelequia y en su gestión totalitaria, todo es poco para crear argumentos en el debate político presente y, sobre todo, en las conciencias futuras de nuestro pueblo. Para ello, es necesario recurrir a la manipulación de la Historia para en virtud de unos “derechos conquistados en el pasado” optar a la independencia. Así, los nacionalistas celebraron el milenario de Sancho III el Mayor como primer rey de Euskal Herria.

Dejemos por un momento a nuestros singulares adversarios y volvamos a la realidad. Sancho III el mayor fue un rey cristiano de Pamplona, nacido hacia 990. Hijo y heredero del rey García Sánchez, en su misma familia encontramos las claves para entrever quién fue y qué fue. Fue, desde luego, éticamente puro, aunque no en el sentido nacionalista. Fue pamplonés, reinó sobre los descendientes de los vascones, y sobre muchos otros, y fue por su estirpe leonés y castellano en aún mayor proporción. Pero fue un puro español, en sus venas se entrecruzó la sangre de todos los reinos de España.

Hechos, frente a ficciones. Fue un rey español de un reino español, reinó de hecho o de derecho en gran parte de la España cristiana (es decir, de la España libre de la ocupación musulmana). Y fue heredero directo, en este proyecto político, del proyecto de Reconquista, es decir, de ese gran proyecto nacional, embrionario en don Pelayo y en Alfonso I, nítido en Alfonso II y en Sancho Garcés I, casi palpado en Alfonso III. De ellos descendió Sancho el Mayor, tanto por la sangre como en los grandes designios, resumidos por Ángel Martín Duque en la “salvación de Hispania”, es decir, el restablecimiento de la libertad, la unidad, la independencia y la cristiandad en la Hispania que Roma unificó y que tuvo su propio y muy real mito de referencia en el reino visigodo de Toledo, destruido en 711; y todo ello enriquecido, peor nunca negado, por el la pluralidad de espacios políticos nacidos precisamente de ese común proyecto de Reconquista.

Como ha dicho José Ángel García de Cortázar, todo en el mito nacionalista se enfrenta con la cruda realidad de los hechos (“De tu raíz de ayer desposeídos. Sancho III, rey de Navarra”, Papeles de Ermua Nº4, 1/2003). No hubo entonces ni nunca un Estado vasco, porque ni jamás hubo un espacio político con esa supuesta adscripción étnica, ni puede hablarse de Estados en el siglo XI. Ni la historia antigua ni la medieval dan pie a ninguna de las partes del mito nacionalista de este “Sancho, rey de los vascos”. Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, por otra parte, han tenido una vida regional distinta y separada de la actual navarra durante siglos, e incluso milenios. Hechos frente a ficciones.

¿Cómo reinó Sancho en Pamplona? Aunque el debate afecte a Navarra, no quiero caer en la tentación de hacer de mi tierra el eje de esta conmemoración porque Navarra es nada menos, y nada más, que una parte de España. La ofensiva del nacionalismo desde la mentira histórica es un problema mucho más amplio que lo que puede parecer a veces desde Navarra. Nada distiguió esencialmente, en aquellos siglos, la que hoy es mi tierra del resto de España (Víctor Manuel Arbeloa, “Antes de Sancho el Mayor”, Diario de Navarra 6/3/2004). Él mismo tuvo una visión amplia y nada provinciana de los hechos. Heredero de Pamplona, fue sin duda educado en la tradición española y cristiana ya mencionada. Las pruebas de esto se encuentran en sus luchas contra un Islam por fortuna en su tiempo ya decadente, y después en su gran designio reorganizador de la España cristiana. Por feliz coincidencia, a un rey capaz como político y como militar le correspondió vivir un tiempo de crisis del enemigo secular y una serie de circunstancias familiares que llevaron su acción política desde Cataluña hasta Galicia, demostrando en su persona la esencial unidad de ese espacio.

No se trata sólo de su intervención en Sobrarbe y Ribagorza para recomponer el orden perdido. Hay que añadir su matrimonio en 1011 con Mayor de Castilla, heredera del condado y, como él, descendiente de Fernán González -que no parece haber pertenecido al PNV-. Los hijos de ambos, según la lógica jurídica de la época, reinaron después en toda España, pero esa “división” del reino que como los historiadores han demostrado nunca fue tal presupuso, a largo plazo, la consolidación de una única familia gobernante en toda España, y en consecuencia la síntesis de todas las fuerzas españolas en un solo proyecto político, en el que vivimos.

Voy a permitirme una consideración no totalmente histórica. Estamos hablando de un personaje muerto en 1035, a los 45 años de edad. Un hombre que no vio, en su vida, los resultados concretos de su acción política, sino que trabajó conscientemente para que mucho después de su muerte otros culminasen su tarea, y para que nosotros la disfrutemos, a pesar de todo, hoy. Y en esto tiene Sancho el Mayor un parecido evidente con los nacionalistas: el sentido comunitario, la capacidad de sacrificio de quienes se nos oponen desde la mentira, son dignos de mejor causa y han de ser estímulo para nuestro trabajo, para nuestra propia entrega, para nuestra visión amplia y generosa.

Sancho el Mayor fue, es cierto, rey de vascones, aunque por supuesto este etnónimo estaba ya para entonces fuera de uso desde siglos atrás en el sentido que hoy quiere dársele. No fue rey de Navarra ni de los navarros, porque no existía ni la palabra. No fue rey de ningún Estado, porque no había Estados. No fue rey de ninguna nación porque le concepto mismo de nación es moderno. No fue rey de ninguna lengua ni de ninguna comunidad lingüística, porque tal idea romántica está fuera de lugar en la Edad Media.

Sin embargo fue señor de la España cristiana, y en verdad España existía ya, mucho antes de la idea de nación y del concepto de Estado, como comunidad milenaria. Y probablemente conoció el antepasado del vascuence de Navarra, lengua por supuesto muy minoritaria en sus territorios y en todo caso en situación diglósica con el romance, ya preponderante, y con el latín, lengua de cultura.

Fue, quiso ser y vivió para ser rey de España. España vivió en él, como comunidad plural, como identidad permanente, vertebrada desde Roma, desde Toledo, desde la hora crítica de Asturias. Su obra sentó las bases del triunfo final de la Reconquista, entendida como unidad y como restablecimiento de la situación destruida en 711. En 1035 terminaron tres décadas de reinado que aún influyen en nuestra vida nacional. Es preciso renegar del mito, denunciar la mentira, acudir a la ciencia y afirmar, sobre todo, nuestra voluntad paralela a la del homenajeado: que España sea, para los hijos de nuestros hijos, también dentro de un milenio, si Dios quiere y si sabemos merecerlo.

*Texto completo de la intervención del autor en el homenaje a Sancho III el Mayor en Fuenterrabía, organizado por la Plataforma por la Unidad y la Libertad el 11 de septiembre de 2004.

Por Pascual Tamburri Bariain, 14 de septiembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.