José Bono: la bandera oculta los verdaderos cambios

Por Pascual Tamburri Bariain, 12 de octubre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

José Bono es un hombre a quien entusiasma su propia popularidad. Hay, al otro lado de la ¿gran? trinchera que hoy divide la política española otro personaje con parecido afán de protagonismo. Ambos son capaces de hacer y decir cosas insospechadas para deslumbrar a su público, para tener un margen de popularidad más allá de su propio partido. Pero, al fin y al cabo, lo importante es hablar de José Bono, que es Ministro de Defensa de España y no simplemente alcalde.

Se ha discutido mucho la improvisada reforma del texto del Homenaje a los que dieron su vida por España. Aunque es una más de las hazañas de Bono, en general los analistas se han quedado en lo aparente, en la superficie del asunto. En el fondo, que en ese texto emotivo se mencione o no la bandera («no quisieron querer a otra bandera») ¿es tan importante? ¿No es igualmente significativo referirse al deber militar cumplido por quienes «no pudieron servir con más grandeza»? Al fin y al cabo, España existe mucho antes que su actual bandera; mucho antes que cualquier bandera, en realidad, y mucho antes que la idea misma de «Estado» o de «nación».

Naturalmente, es la presencia de Pasqual Maragall en el desfile del pasado jueves, unida a la polémica sobre las banderas (que renace siempre que la izquierda gobierna) la que ha dado relieve a esta parte de los cambios. Pero los hay más importantes.

Hasta la llegada de Bono los militares recordaban a sus muertos (a nuestros muertos, porque son de todos los españoles) proclamando que «fueron grandes y fuertes porque fueron fieles al juramento que empeñaron»; y desde el pasado día 12 habrá de decirse sólo que «sirvieron a sus ideales con honor». Y la cosa tiene, en realidad, mucha más enjundia que el asunto de las banderas.

El espíritu militar se fundamenta, desde los tiempos más remotos, en la fidelidad. Ante el enemigo, o en cualquier tarea de naturaleza militante, es importante no dudar de quien está al lado de uno, o por encima de uno. El juramento es, desde la noche de los tiempos, ciertamente ya antes de nuestro hecho fundacional como país (el desembarco de Escipión), la base de la defensa. Jurar coloca fuera de duda nuestra actitud y nuestro comportamiento, porque los fija y hace permanentes y objetivos. Después del juramento, la fidelidad, la disciplina, la lealtad, el honor, la obediencia, el servicio, dejan de depender de opiniones, de gustos o de circunstancias: aquello que se jura se coloca más allá de toda discusión (¿o José Bono planea modificar a un tiempo las Reales Ordenanzas y el Diccionario de la Academia?).

Realmente, lo que se acaba de decir -con verbo indudablemente escandaloso para la corrección política de 2004- es igualmente válido para todas aquellas funciones públicas a las que el Estado atribuye importancia similar a la Defensa: y por eso juran los ministros, los jueces y los alcaldes, por ejemplo; y juran -prestan votos- quienes ingresan en religión, y quienes se consagran a tareas de análoga importancia.

Yo no tengo espíritu militar, en el sentido habitual del término. No me gusta la retórica zarzuelera ni el patrioterismo de regusto decimonónico. No puedo evitarlo, me parece algo infantil o puberal. Pero entiendo que este cambio de Bono es esencial, y de grave importancia futura. ¿Pediremos en adelante a los militares que juren lealtad al Rey y a las instituciones, y que ofrezcan su vida en defensa de España? Si acabamos de menospreciar la importancia del juramento, subordinándolo a imprecisos y subjetivos ideales, por definición cambiantes, ¿no estaremos anulando una de las bases morales de la defensa?

No suelo ver los desfiles de la que Bono llama con acierto Fiesta Nacional; pero este año sí lo hice, por una razón personal, familiar si se quiere. Desfiló, entre otras unidades, la Fuerza Anfibia Hispano-Italiana; y en uno de sus batallones, hace muchos años, quiso servir un niño de apenas catorce años, que se escapó de casa para hacerlo y que fue muy severamente castigado por su padre. El padre, hombre iracundo según creo, era mi abuelo, y el niño mi tío. Pues bien, cuando éste murió hace exactamente tres años, lo hizo sintiéndose obligado por aquel juramento prestado, y lo hizo tras una vida en la que siempre intentó ser leal a la bandera que besó y al nombre sagrado que pronunció.

Sagrado. He ahí la clave del problema, que hará triunfar a Bono en este caso pero que debilitará aún más nuestra defensa. Lo sagrado es superior a la voluntad humana, y el juramento es la manera de convertir en sagrada, y por tanto en definitiva, esa voluntad. Esto está en contradicción directa con la idea socialmente creciente y políticamente correcta de que cada uno es dueño por completo de su vida y de sus actos, incluso yendo contra un compromiso sagrado. El placer, disfrazado de libertad y de normalidad, está venciendo entre nosotros una batalla frente al deber y al honor. Bono se ha unido al bando vencedor, pero nuestras Fuerzas Armadas, por definición, están en el perdedor. Todos perdemos si Bono gana en este terreno aparentemente nimio.

Por Pascual Tamburri Bariain, 12 de octubre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.