Navarra sigue caminando en la Historia

Por Pascual Tamburri Bariain, 19 de octubre de 2004.
Publicado en Razón Española.

Durante tres décadas el debate político navarro ha estado centrado en una sola cuestión. Durante tres décadas se ha gobernado y se han hecho cosas –antes peor, ahora mejor– y se ha consolidado la identidad foral, pero el debate político fundamental, el de las ideas, el de los principios, el de las propuestas de fondo, ha estado lastrado por una rémora del siglo XIX: el nacionalismo vasco.

No cabe duda de que en torno al nacionalismo han surgido gravísimos problemas concretos –la división totalitaria de la sociedad navarra, la tribalización de la cultura, la permanente oferta/chantaje de anexión y, no por último, el crimen terrorista–. Tampoco hay que ocultar que los partidos que nos han gobernado, con la excepción del tripartito estrepitosamente fracasado, han sabido afrontar esta gama de problemas, y que el resultado está firmemente asentado en la realidad y en la voluntad democrática de los navarros. Pero estos tienen derecho a saber que hay otros muchos problemas, otros muchos debates abiertos, otras muchas decisiones políticas, sociales y culturales; y que el nacionalismo no puede condicionar eternamente la vida de esta comunidad en la que es irremisiblemente minoritario.

Por eso es importante entender las reiteradas manifestaciones del presidente del Gobierno de Navarra en los últimos meses y más en las últimas semanas. Al hilo del debate político desatado por la propuesta imprecisa de reforma constitucional de Rodríguez Zapatero, y también en el contexto de la vida interna de Unión del Pueblo Navarro, Miguel Sanz viene expresándose en dos sentidos complementarios: es hora de cerrar, en lo relativo a Navarra, el debate que el nacionalismo vasco planteó en la Transición; y es hora de dedicar todas las energías de nuestra gente a construir la Navarra del siglo XXI, ahorrándonos para siempre la nostalgia de un pasado que nunca existió.

La primera parte del mensaje tiene una expresión clara y simbólica: si se abre el debate constitucional, y si en esa situación es posible hacerlo, es hora de librar a los navarros del yugo de la Disposición Transitoria Cuarta, que merma, y no enriquece, sus libertades. En todo caso, con o sin reforma constitucional, debe quedar claro, desde hoy y para siempre, que Navarra ya ha decidido su camino y que los navarros, españoles por derecho propio, son mayores de edad y no necesitan tutelas especiales. Claro es que, aunque UPN ya ha hecho con creces su parte histórica en ese proceso, al PSOE le queda completar o confirmar la suya, disipando las dudas que las actitudes y los encuentros de ayer y de hoy pueden despertar.

Hecho esto, queda lo importante. Lo realmente importante, lo que afecta y preocupa a los navarros, más allá del debate interno sobre una identidad que sólo unos pocos discuten. Los navarros se enfrentan a una Europa abierta, a un mundo globalizado y a una sociedad cada vez más diversificada. No es un problema, no es un peligro, no es un riesgo, salvo que se afronte con miedos carcas y con la mirada puesta en épocas pretéritas o en mitos fantasmagóricos. La Navarra del siglo XXI es ya la Navarra de los ciudadanos, porque son estos el centro de las atenciones y de las decisiones; y se ha hecho posible, así, una Navarra económicamente próspera y llena de bienestar, aun con muchas cosas por mejorar. Pero ese resultado no ha sido fruto de la casualidad, porque sólo evitando el enrocamiento en la querella identitaria se ha podido pensar en el porvenir, y construirlo. La prosperidad es resultado del trabajo de los navarros, de decisiones acertadas de quienes han gobernado la comunidad a diferentes niveles, pero, ante todo, es resultado de una decisión colectiva de rechazar desde 1978 la opción alternativa que se nos ofrecía.

Navarra no puede detenerse tampoco ahora. No puede detenerse, por supuesto, donde ya decidió no detenerse, y por eso es bueno liquidar los flecos de una Transición ya felizmente terminada. Tampoco puede detenerse en su excelente situación actual. Económicamente, Navarra deberá ser innovadora y competitiva, aún más, si no quiere perder su posición de vanguardia en España. Es en nuestro sistema educativo, entre otras cosas, donde se prepara hoy la Navarra necesariamente flexible y vigorosa de dentro de una década. También en nuestras infraestructuras, en nuestra energía y en nuestras comunicaciones. Socialmente, Navarra tiene una sociedad civil vital y fecunda, que exige a sus políticos y es bueno que lo haga; no hay que mirar con desconfianza las peticiones de pluralismo, que son síntoma de riqueza. Por el contrario, hay que construir un auténtico pluralismo social, en el cual quepan todas las opciones, sin ninguna concesión a la corrección política de unos y de otros, sin ningún recelo, sin ningún prejuicio ni ninguna maledicencia miope. Y es hora de abrir, como se pide ya a voces, el debate sobre la subsidiariedad, sobre el estímulo a la iniciativa social como opción preferente a la acción directa de la Administración. En ese debate, por cierto, UPN tiene mucho más que decir que nadie.

Se habla mucho en estos tiempos, de nuevo, de centros, de izquierdas y de derechas. Hablan, sobre todo, los que con ideas del siglo XVIII quieren que volvamos al XIX o a la peor parte del XX. Lo único cierto, para los navarros de a pie, es que hay un «centro» de debate social, caracterizado por la agenda política, social y económica que acaba de sugerirse. En ese centro, con libertad y con moderación respetuosa, hay que fijar también el debate político. Pero que esto suceda tiene dos premisas: la exclusión definitiva de las coacciones violentas y exteriores, y la aceptación de la diversidad sin la renuncia de cada uno y de cada partido a sus convicciones más profundas. Hay que abrir el debate político real, con el realismo que ha caracterizado a los navarros en la historia, y hay que hacerlo así. Podrán decirse muchas cosas de Miguel Sanz, pero no que no esté haciendo precisamente esto.

Por Pascual Tamburri Bariain, 19 de octubre de 2004.
Publicado en Razón Española.