Elecciones anticipadas, algo más que una hipótesis

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de noviembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

En las viejas democracias parlamentarias el Gobierno en ejercicio siempre ha tenido en sus manos un arma decisiva: la disolución de las Cámaras a su conveniencia, eligiendo lógicamente los momentos más adecuados para sus intereses electorales. Así ha sucedido en los países de nuestro entorno, y así sucedía también en España antes de 1936. En la democracia instaurada a partir de 1976 ha habido menos costumbre de emplear este recurso, y no siempre se ha usado con acierto. Por ejemplo, las elecciones de 1982 fueron anticipadas, y quien las convocó hizo el ridículo.

Hablando de ridículos, la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero no merece ya, en muchos ámbitos, ni la protección de Jesús de Polanco. Y si unos hablan de crisis de Gobierno -asunto espinoso en este caso- otros hacen ya apuestas sobre cuándo se hará inevitable unas elecciones adelantadas. En buena lógica democrática, como quien decide el momento es Zapatero, sobran las conjeturas. Zapatero elegirá el momento que considere mejor para sí mismo y para su partido, y tiene todo el derecho del mundo a obrar así.

Ahora bien, puede resultar que no elija el momento mejor, sino el menos malo. Y es que la combinación entre los ministerios «de cuota», la falta de programa electoral viable, la crisis económica, el desprestigio internacional y la minoría parlamentaria apoyada en socios poco fiables tiene sus días contados. Será cada vez más difícil lograr apoyos para los Presupuestos.

Esa es la parte mala para Zapatero. La buena es que el calendario político le favorece, en principio. Un buen resultado en las elecciones gallegas, más un buen resultado en las vascas (mejor aún si combinados ambos con malos resultados de los populares), puede crear el escenario ideal para terminar con la legislatura.

Y además el presidente del Gobierno tiene la excusa perfecta para justificar esa disolución y ahorrarse las acusaciones de electoralismo. Porque va haber reforma constitucional, sin duda, al menos en lo relativo a la sucesión dinástica. Ahora bien, ésa sería una reforma que implicaría la disolución de las Cortes. Zapatero -y Alfredo pérez Rubalcaba desde la Carrera de San Jerónimo- puede dosificar sus tiempos, y hacer coincidir esa «inevitable» disolución con el mejor momento para su futuro político.

Frente a eso el Partido Popular no puede hacer nada más que poner a mal tiempo buena cara. Naturalmente, el PP puede dar sus sorpresas tanto en el asunto constitucional como en el presupuestario. Pero su mejor baza para desarmar la espoleta de la bomba electoral de Zapatero es muy sencilla: vencer en Galicia y sostenerse sólidamente en el País Vasco. El futuro del PP depende de Manuel Fraga y de María San Gil. El de Zapatero también.

Por Antonio Martín Beaumont y Pascual Tamburri Bariain

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de noviembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.