Hay cosas peores que el nacionalismo

Por Pascual Tamburri Bariain, 24 de noviembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

El nacionalismo se ha ido ganando, en las últimas décadas, una amplia reputación de mal absoluto en la política española. Muy en especial el nacionalismo vasco, y desde luego muy en concreto su sección armada y criminal, tiene una imagen social poco deseable. Sus líderes son, por sistema, los políticos españoles peor valorados (excepto por sus fieles). Sus propuestas son las que generan un rechazo más visceral en los españoles de a pie, en la gente de la calle.

La verdad es que hay buenas razones para que esto sea así, dentro y fuera de Navarra. El nacionalismo ha impedido que España tenga una democracia plena y normal. Desde antes de la Transición condicionó la vida pública, con un permanente chantaje. En la negociación constitucional introdujo graves elementos de confusión en la Carta Magna, que después no votó, y hoy comienzan a verse los riesgos de aquellas concesiones forzadas. La sangre vertida por el nacionalismo vasco (armado) y la manipulación social creada por las instituciones nacionalistas coaccionan aún hoy a nuestro país.

No obstante, no todo es malo en el nacionalismo, como ya se ha dicho reiteradamente en estas páginas. Y sobre todo, para ser precisos, el nacionalismo no siempre es la peor de las opciones, aunque sorprenda leerlo.

Hay cosas peores que el nacionalismo, cómo no, e incluso que el nacionalismo vasco, e incluso que el nacionalismo doblemente asesino de ETA, que no sólo mata la verdad y la libertad sino que mata personas.

Hay en la vida española opciones peores que el nacionalismo. Son todas aquellas alternativas políticas dispuestas a tolerar que el nacionalismo exista con sus características inevitables (mentira, manipulación, crimen) a cambio de beneficiarse a corto plazo de su existencia. Son todos aquellos políticos prestos a abrazarse con el nacionalista de turno para obtener una ventaja, un cargo, una alcaldía, un puñado de votos. Son todos aquellos intelectuales dispuestos a dar por verdadera la mentira a cambio de una palmada en la espalda, de una subvención o de una fiesta. Son todos aquellos personajes y personajillos activos en nuestra sociedad dispuestos a vender su legitimidad, y su dignidad, por una invitación, por un halago o por un minuto de protagonismo.

En este caso, como en otros, el enemigo que viene puede ser malo; pero si viene de frente tiene el mérito de la honestidad, de ser lo que dice ser. Por debajo de él en cualquier escala de valores se colocan todos aquellos que no son lo que dicen ser, no se atreven a ser lo que dijeron ser o eligen la comodidad y la conveniencia antes que la fidelidad a las propias convicciones. Para eso, nos quedamos con los nacionalistas.

Por Pascual Tamburri Bariain, 24 de noviembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.