Un baluarte firme de la identidad española

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de noviembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.

La Constitución de 1978 cumple veintiséis años en pleno debate sobre su vigencia y sobre la necesidad de reformarla. Sigue siendo, pese a ello y pese a las opiniones encontradas, la norma que regula la vida de España. España no nace en 1978, porque los mismos artículos primero y segundo de la Constitución asumen y afirman que la nación, existiendo antes de la norma, se da a sí misma soberana y democráticamente la norma.

El orden de los factores sí altera el producto. Lo altera, en este caso, de manera radical: España no es resultado de una Ley, por elevada y excelsa que sea, y por consiguiente una reforma de esa ley no puede poner en discusión el fruto de dos mil años de historia común. Son los milenios de vida española los que dan toda su fuerza, por el Contrario, a una Constitución que no puede ser contradictoria con ellos.

En este día de aniversario y celebración hay que dedicar atención a dos cosas: a que se celebre debidamente esta Constitución, en todo el territorio español, como norma común y marco de convivencia pacífica. Y a que nadie pueda dudar de los límites políticos y jurídicos de una hipotética reforma, si niega los principios fundantes de la Constitución.

Una cosa es cierta: las leyes que no se aplican dejan de ser leyes, las normas que no se viven dejan de tener fuerza de ley, con el paso del tiempo. Esta es la experiencia de los españoles, al menos. Y en este sentido es una triste experiencia, porque algunos partidos y algunas Comunidades Autónomas viven ya al margen de la Constitución, como si no fuese con ellos. Esa mal entendida libertad de acción ha dado lugar, en este momento de debilidad, a una serie de proyectos constitucionales que no son reformas «de» la Constitución (respetuosas en lo esencial), sino cambios «de» Constitución (normas fundadas sobre nuevos principios, pese a la semejanza formal).

La Constitución es mejorable. Siendo pactada, por lo demás, no podía ser de otra manera. Pero que se pueda mejorar no quiere decir que este haya de suceder necesariamente, ni que sólo pueda hacerse en una cierta dirección (más autonomía en lo territorial, por ejemplo), sino que el pueblo español deberá ser consultado de nuevo.

Felicitémosnos por la Constitución. Felicitemos sobre todo a quienes defienden hoy el Estado de Derecho, que no son todos los que deberían. Y recordemos que esa defensa, en último extremo, compete a todos los ciudadanos libres de un país democrático como el nuestro.

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de noviembre de 2004.
Publicado en El Semanal Digital.