El imperio de la fuerza: lección coreana para España (y Europa)

Por Pascual Tamburri, 16 de febrero de 2005.

El armamento atómico norcoreano se ha convertido en el gran tema de preocupación internacional. A los focos más o menos endémicos de conflictos –el hormiguero mediooriental, el desorden postsoviético, el abandono de África, además de viejas historias bilaterales- se van sumando más actores con armas de las que han dado en llamar “de destrucción masiva”. Armas no convencionales, se llamaron en otro tiempo, aunque la adjetivación es siempre relativa y pasajera. Armas de amplio impacto diplomático, diremos mejor en este contexto.

Bien, en teoría nada excepcional. Un Estado soberano, haciendo uso de esa soberanía, no sólo organiza sus propios asuntos de la manera que considera más oportuna (un comunismo stalinista en este caso) sino que dota a su instrumento más contundente de acción exterior, las Fuerzas Armadas, de medios capaces de preocupar incluso a sus enemigos más poderosos y enconados. Estados Unidos y sus socios en la zona, por ejemplo.

¿O no es así? Si no es así, es decir, si unos Estados son “más” soberanos que otros, o si hay formas de poder superiores a los Estados e independientes de la voluntad de éstos, será preciso revisar toda la teoría jurídica internacional en vigor. Nadie ha explicado aún en virtud de qué limitaciones a su soberanía, por ejemplo, Francia puede poseer armas nucleares y Corea del Norte no; o porqué se tolera que Israel haya violado el Tratado de No Proliferación y la República de Sudáfrica, cuando existía, fuese universalmente execrada por hacerlo, precisamente con ayuda israelí. Tal vez sea George Orwell aplicado a las relaciones internacionales … “todos los Estados son iguales, pero unos son más iguales que otros”.

Sucede, en efecto, que los tiempos cambian, que los Estados ya no son el actor único de la vida internacional, que la soberanía estatal absoluta consagrada por las revoluciones liberales ya no existe, y que comienza tiempos nuevos. Tiempos a los que España, también, deberá adaptarse.

Alguien que entendió muy bien el sentido de los cambios fue José María Aznar. No siendo España una gran potencia por sí misma, debe buscar su puesto en un mundo complejo para defender mejor los intereses de su pueblo, empezando por su misma existencia y unidad. Realismo frente a prejuicios históricos e ideológicos. José Javier Esparza ha hecho el balance adecuado del intento de las Azores: terminó yendo parcialmente mal, pero pudo ir muy bien. Y tan estúpido es enrocarse en un antiamericanismo de principio como en un proamericanismo miope: de lo que se trata es de hallar en cada momento el lugar adecuado para España y de pedir a ésta el esfuerzo necesario.

Corea del Norte aún no ha sido atacada por tener armas nucleares, mientras que cierta propaganda pretendió que Estados Unidos atacó Irak por sus planes de desarrollarlas. Porque, en efecto, el casus belli moral –el potencial agresivo, el escaso respeto por los Derechos Humanos, su sistema antidemocrático- no es más que una cortina de humo para enmascarar la realidad. Las relaciones internacionales están basadas y seguirán basadas en las que Noam Chomsky se obstina en reprobar como “el imperio de la fuerza”. Estados Unidos, que tiene una conciencia imperial y la fuerza adecuada para ejercerla, emplea esos argumentos cuando convienen a su interés. El error de Chomsky, compartido por los ideólogos de la globalización y por la inmensa mayoría de sus críticos, es negar esa realidad permanente: más allá de la retórica, la relación entre poderes requiere fuerza.

Sólo el realismo previene las guerras, o las hace más limitadas. España puede optar, ciertamente, por el utopismo pacifista, creer en la Comunidad Internacional con unas estrictas reglas morales, pensar en una paz eterna y justa. Pero si lo hace correrá graves riesgos, empezando por Perejiles elevados a la enésima potencia. Mientras que si nuestro país aprende la lección coreana adaptará su nivel de fuerza –militar, económica y diplomática- a la defensa de los que se consideren nuestros intereses y capacidades, y tendremos, sin duda, más paz. Si a eso añadimos una política de alianzas serena y firme, ni servil ni alocada, España volverá a ser lo que hoy no es.

Queda por saber el papel de Europa en todo esto. Dice el tratado plebiscitado que “la Unión está abierta a todos los Estados europeos que respeten sus valores”. Al margen de que la UE no es Europa, y de que Europa no es esencialmente un Continente sino una Civilización, la pregunta no debe ser si la UE ha de definirse como un centro de poder diferente de Estados Unidos, sino básicamente si puede hacerlo, y si a España le interesa. La respuesta, dada con realismo y desde nuestra propia fuerza nacional, ha de definir nuestro futuro. Otra cosa sería condenarnos a una subordinación y sumisión que ni siquiera la pobre, lejana y comunista Corea del Norte admite. En Washington se entiende hoy, por ejemplo, mucho mejor el lenguaje de Pyonyang que el de Madrid.

Pascual Tamburri
El Diario Exterior, 16 de febrero de 2005.
https://www.eldiarioexterior.com/el-imperio-de-la-fuerza-3556.htm