Zapatero pierde su apuesta

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de febrero de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

La participación más baja de toda nuestra historia democrática supone una derrota política del PSOE y un fracaso personal de José Luis Rodríguez Zapatero. Quiso capitalizar un “sí” seguro, y ha perdido.

España ha votado. En fin, algunos al menos lo han hecho, pero en menor número y proporción que nunca antes en nuestra democracia. El Gobierno no ha entusiasmado a los españoles, la campaña institucional no ha explicado de qué se trataba y, en definitiva, una mayoría amplia de ciudadanos ha dado la espalda al Tratado que se intentaba reforzar, teóricamente, con esta consulta popular a treinta y cuatro millones de votantes.

José Luis Rodríguez Zapatero es el gran derrotado del 20 de febrero. Si su intención hubiese sido reafirmar la vinculación entre Europa y los españoles no habría actuado así. Sin duda habría empezado por negociar mejor el Tratado, sin concesiones a sus propios y presuntos amigos allende nuestras fronteras; habría continuado diciendo la verdad a los electores, explicando en cada punto y en cada caso porqué el Tratado era conveniente para nuestros intereses soberanos; y habría concluido convocando este plebiscito -que no era necesario ni vinculante- con más tiempo y con más consenso, sin siglas de partido.

No actuó así, porque su interés, como el de su partido, era otro. Se trataba de conseguir una victoria personal y de partido, algo en principio fácil -porque en España nunca ha vencido el “no” en un plebiscito, ni nunca el Gobierno ha perdido un referéndum, ni hay muchos euroescépticos-. Un espaldarazo que Zapatero creía necesitar, porque sobre él siguen pesando las dudas del 11 M. Y sin embargo su jugada ha salido mal.

Ha vencido la abstención, y por ese simple hecho Zapatero ha perdido. Vence legalmente el sí, pero pierde moralmente Zapatero. Pierde, además, a costa de España. Nuestro país sale debilitado de esta apuesta egoísta de sus gobernantes, porque nuestra imagen internacional no puede más que debilitarse por la baja participación y por el hecho de que, llamados a aprobar el Tratado, más de la mitad de los españoles no lo han hecho.

Europa entera ha mirado a España, pero el Gobierno no ha pensado en las consecuencias de esta inmensa y costosa mascarada electoral. El desánimo español no determinará nuestra propia negativa, porque tras la abstención ha vencido, con menos ventaja de la esperada, el “sí”. Y porque, de todos modos, el Parlamento votará masivamente el Tratado. De hecho, el referéndum nos ha debilitado en Europa sin por ello beneficiar a Zapatero. Y ha devaluado nuestra democracia, porque no faltará quien diga que los porcentajes finales no se corresponden con los votos recibidos por las fuerzas políticas.

El político que más talla de estadista ha demostrado en esta coyuntura ha sido Mariano Rajoy o, más bien, todo el PP. Zapatero el PSOE han hecho todo lo posible por alejar a los populares de las urnas, e incluso por forzar un “no” como reacción. Sin embargo, los resultados están ahí: el “sí” ha vencido sólo porque los populares apostaron por esa salida, que tal vez no era la mejor para el PP pero que probablemente era la menos mala para España. Una vez más, la oposición actúa en funciones de Gobierno, y el Gobierno se opone. Terminado el recreo, ahora vuelve la política real, y sobre la mesa los problemas reales que Zapatero quería ocultar. Para empezar, y ya sin máscaras, la cuestión nacional y el separatismo que Zapatero tiene la obligación de anular pero gracias al cual está donde está.

La participación más baja de toda nuestra historia democrática supone una derrota del PSOE y un fracaso de Zapatero. Quería un espaldarazo y ha tenido un batacazo. En su propia lógica, debe dimitir.

Vence democráticamente el “no” en el referéndum-trampa

España ha votado. En fin, algunos al menos lo han hecho, pero en menor número y proporción que nunca antes en nuestra democracia. El presidente Rodríguez Zapatero jugó el viernes a profeta, anunciando que “va a haber una alta participación y va a ganar el sí mayoritariamente”. Dicho lo cual, el domingo, los españoles que fueron a votar han hecho exactamente lo contrario.

José Luis Rodríguez Zapatero es el gran derrotado del 20 de febrero. Si su intención hubiese sido reafirmar la vinculación entre Europa y los españoles no habría actuado así. Sin duda habría empezado por negociar mejor el Tratado, sin concesiones a sus propios y presuntos amigos allende nuestras fronteras; habría continuado diciendo la verdad a los electores, explicando en cada punto y en cada caso porqué el Tratado era conveniente para nuestros intereses soberanos; y habría concluido convocando este plebiscito -que no era necesario ni vinculante- con más tiempo y con más consenso, sin siglas de partido.

No actuó así, porque su interés, como el de su partido, era otro. Se trataba de conseguir una victoria personal y de partido, algo en principio fácil -porque en España nunca había vencido el “no” en un plebiscito, ni nunca el Gobierno había perdido un referéndum, ni hay muchos euroescépticos-. Un espaldarazo que Zapatero creía necesitar, porque sobre él siguen pesando las dudas del 11 M. Y sin embargo su jugada ha salido mal.

Ha vencido el “no”, contra todo pronóstico. Pierde Zapatero, pero no pierde Europa, que no es este Tratado, que no es la Unión y que no es desde luego lo que Zapatero querría que fuese. El presidente del Gobierno está ahora obligado por sus propias palabras a no hacer aprobar el Tratado en el Parlamento, y a negociar de nuevo con nuestros socios. Difícilmente lo hará mejor que José María Aznar, a cuyos logros renunció sin necesidad.

Europa entera ha mirado a España, pero el Gobierno no ha pensado en las consecuencias de esta inmensa y costosa mascarada electoral. El referéndum nos ha debilitado en Europa sin por ello beneficiar a Zapatero. Y ha devaluado nuestra democracia, porque no faltará quien diga que los porcentajes finales no se corresponden con los votos recibidos por las fuerzas políticas.

España es un país soberano, el pueblo ha hablado y esta decisión debe respetarse. No es una victoria de la extrema izquierda ni de la extrema derecha, ni de los separatistas que en parte pedían el “no”. Es sólo una derrota del PSOE, que no ha movilizado a los suyos y que ha alejado de las urnas a los votantes católicos, a los populares, a los moderados, a los centristas, a los derechistas y a la mayoría de los españoles. El “no”, que es la voz de España, no es culpa tampoco del PP, aunque el PSOE intente a la desesperada esa campaña. Rajoy ha hecho lo que ha podido, pero Zapatero no le ha dejado. Quería un espaldarazo y ha tenido un batacazo. En su propia lógica, debe dimitir y convocar nuevas elecciones generales.

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de febrero de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.