La Arquitectura de la LOGSE

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de marzo de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

El segundo número de “El manifiesto” ha empleado a fondo toda su artillería contra la destrucción del arte. Y en verdad era hora que alguien señalase la desnudez del emperador, porque sólo la hipocresía oculta sus vergüenzas. En el último siglo, y especialmente en la última década, hemos asistido al triunfo de una nueva arquitectura, basada no tanto en el abandono de las formas tradicionales cuanto en la supresión de la arquitectura como arte.

La Arquitectura es, al menos lo era hasta el triunfo pleno de la Modernidad, “el Arte de proyectar y construir edificios”. El debate, consideraciones ideológicas aparte, viene dado por la necesidad de un lenguaje técnico que la arquitectura tiene, a diferencia de las restantes Artes, ahora llamadas “Artes plásticas” porque a menudo ya no son figurativas.

Pero la Arquitectura no es una técnica, no es una mera Ingeniería que se limite a resolver problemas materiales concretos, técnicos y numéricos. Es Arte, y como tal transmite sentimientos, percepciones estéticas. Belleza objetiva, aunque escandalice. Los ingenieros están legalmente autorizados a firmar proyectos de edificios: pero no de edificios destinados a habitación humana, y esto es significativo de cómo eran las cosas hasta la llegada del espíritu LOGSE a la Arquitectura.

Frente a la crítica pretendidamente moderna que la LOGSE ha popularizado, el arte no estaba “encerrado en los museos”: precisamente la arquitectura ha sido, de todas las artes, que en la tradición europea siempre han estado hechas a la vista del pueblo, la más presente, evidente, tangible y cotidiana. Curiosamente primero se fosilizó la arquitectura como arte, creando un arte incomprensible para la mayoría y por lo tanto lejano o inalcanzable.

El arquitecto, construya un edificio o una iglesia, es un artista. Siempre tendrá limitaciones, pero si no tiene la creación artística como parte de su quehacer, será sólo un excelente ingeniero constructor. Ahora bien, para que un edificio tenga valores artísticos esos valores tendrán que ser vividos socialmente. Lo cual plantea el drama de una arquitectura que, de tal, conserva sólo el nombre. ¿Un tholos, la catedral de León y el Palazzo della Civiltà del Lavoro pertenecen al mismo mundo que el cubo de Moneo?

La provisionalidad, la ininteligibilidad social y el alejamiento de un canon de belleza privan a la arquitectura de sus fundamentos milenarios. Las vanguardias artísticas que rompieron esos equilibrios seculares han perecido a su vez. ¿Y qué ha quedado? La pura gesticulación con las formas y una demanda social insatisfecha. Hoy, Vitrubio, Miguel Ángel o Bernini difícilmente serían contratados por una institución pública, deseosa siempre de adoptar las formas “modernas”. Y tal vez no consiguiesen siquiera aprobar la carrera de Arquitectura, en medio de alumnos a los que la LOGSE adocena.

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de marzo de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.