La herencia de un Papa montañero

Por Pascual Tamburri Bariain, 6 de abril de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

Karol Wojtyla es el personaje del año, y seguramente del siglo. Aunque su legado sea enorme, tan inconmensurable como el que recibió, ha marcado su impronta en el tiempo que la ha tocado vivir y reinar. No sólo con su doctrina, de la que tanto se habla, no sólo con su gobierno de la Iglesia, del que tanto habrá de aprender quien le suceda en el trono de Pedro.

Pero de todo esto ya se ha hablado con mucho más conocimiento de causa. La impronta del Papa muerto ha sido también fruto de su misma persona, de sus virtudes, de su biografía, de sus mismos gustos y aficiones. Que también sirven para explicar en buena medida qué herencia deja a la siguiente generación.

Juan Pablo II ha sido, por ejemplo, y se recuerda muy poco, un Papa soldado. No ha sido, desde luego, un Julio II a caballo; pero sí cumplió, en su juventud y como polaco de indiscutible patriotismo, con su servicio militar obligatorio. Un Papa uniformado y armado, un futuro Papa haciendo la instrucción. Un soldado Wojtyla que, de haberle tocado, habría luchado en el Ejército de su país. Esto daría lugar a interesantes reflexiones para quienes hoy mismo vacilan sobre la legitimidad de la defensa nacional y para quienes dudan sobre el contenido y permanencia del juramento -a la Bandera, y no sólo.

Pero la herencia más rica y desconocida de Juan Pablo II es la de un alpinista, un montañero, el segundo tras Achile Ratti, Pío XI, el Papa de la Conciliación y el padre de la Iglesia española en su persecución.

Un montañero tiene ciertas condiciones morales peculiares. Tengo oído a un alpinista católico de la misma generación que Juan Pablo II que el montañero de corazón no sube ni por la compañía -por grata que sea o parezca-, ni por el deporte -por grande que sea el esfuerzo-, ni por el paisaje -por bello y sugestivo que resulte-, sino “por otros motivos más profundos y, a tono con las montañas, mucho más elevados.”

Un montañero es o tiende a ser firme, silencioso, contenido; suele amar la camaradería pero es capaz de gozar de la soledad. Vive cerca de una realidad primordial, de la Creación en su estado más bello y más puro. Es disciplinado, y sabe renunciar a casi todo para alcanzar su meta. Es capaz de sacrificio, y sabe que el hombre, pese a su brillantez, es sólo un punto en la inmensidad y ante la eternidad. Es algo cada vez más escaso, pero es también una escuela de liderazgo. Ha sido un Papa montañero, y se ha notado. Algo quedará.

Para citar por una vez a Eduardo Haro Tecglen -no en su peor momento, y ya es decir-, “se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro.” En este caso de verdad, y no es pequeño consuelo. Desde la cima, el jefe de esta cordada contempla ya el infinito. Tal vez se nos regale otro Papa montañero en esta edad arisca y difícil.

Por Pascual Tamburri Bariain, 6 de abril de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.