Roma, caput mundi

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de abril de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

Todos los poderosos y millones de personas se han reunido en la muerte de Juan Pablo II. Pese a quien pese, allí vive una tradición. Sería bueno que los gobernantes tomasen nota de lo que han visto en Roma.

La tradición es algo complejo de definir y sencillo de observar. Es muy difícil en qué consiste la tradición católica, y aún más explicar qué es la fe cristiana a quien no la tiene. Sin embargo, la fuerza de esa tradición y de esa fe se están viendo estos días en el corazón de Europa, cuando la muerte de Juan Pablo II ha dado lugar a la mayor concentración de líderes mundiales y de personas de toda la historia.

No es un milagro, pero lo parece. George Bush, un protestante que preside el país más poderoso del mundo, va a arrodillarse en un templo católico a pocos metros del Rey de España. Dos centenares de países van a estar representados al más alto nivel. Decenas de reyes y de jefes de Estado se van a reunir por unas horas, en una ceremonia religiosa ocasionada por la muerte de un anciano polaco, heredero remoto de un pescador y de un hombre ajusticiado hace más de dos mil años.

¿Qué hace que hoy Roma vuelva a ser centro del mundo, o mejor dicho que recordemos de repente que es uno de los centros del mundo? Una tradición milenaria que para miles de millones de seres humanos está iluminada por Dios; una vida que ha encarnado ejemplarmente la majestad y la gloria de esa tradición; y la renovación de ese mensaje, eficazmente abierto al siglo XXI.

Guste o no guste, muchos humanos, incluyendo a la mayoría de los europeos y a una amplia mayoría de los españoles, se identifican con la Iglesia de Cristo y han llorado la muerte de Juan Pablo II. No sólo por la persona concreta del Papa muerto, sino por lo que la Silla de Pedro significa, en su prodigiosa continuidad, y en su capacidad de sobrevivir a las circunstancias más adversas.

Todo el poder que se concentra en Roma es efímero. Depende de unas elecciones, de unas relaciones de fuerza entre seres humanos. El poder que vivía y vivirá en Roma tiene el vigor de lo permanente, y a esa permanencia se rinde tributo. También, sin duda, a Juan Pablo II, de vida recta y ejemplar, y de afortunada vivencia de la tradición en el mundo de hoy.

Ese mundo, nuestro mundo, volverá muy pronto a tener un Papa. El nuevo Papa será diferente que el que hemos perdido, pero heredará el recuerdo de estas jornadas, de los millones y millones de personas que se han reunido en la muerte de Juan Pablo II, y de la necesaria vigencia de lo permanente en el mundo de hoy. Pese a quien pese. Y sería bueno que los gobernantes tomasen nota de lo que han visto hoy en Roma.

Por Pascual Tamburri Bariain, 7 de abril de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.