La religión de Zapatero: descubrimos su catecismo

Por Pascual Tamburri Bariain, 14 de mayo de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

Dicen algunos que España disfruta del primer Gobierno específicamente antirreligioso desde el último gabinete Negrín en 1939. Para unos es una mala noticia, porque se entiende que hay un sectarismo genéricamente anticonfesional. Para otros es una buena noticia, porque hay quien admira el laicismo jacobino e incluso la política religiosa de la URSS. Pero todos ellos incurren, a mi modo de ver, en un error esencial. Y es que Zapatero dirige un Gobierno profundamente confesional, religioso, dogmático. La cuestión es de qué confesión religiosa.

Seguramente Tirso Lacalle diría que Zapatero encarna «la religión de la LOGSE». Y supongo que José Javier Esparza nos lo explicaría, como en cierto modo ya hizo el 6 de mayo en estas mismas páginas, como una deriva progre, ligada a la recepción de la modernidad de las «clases semicultas». Sin duda, las convicciones que Zapatero encarna y está elevando a religión oficial son

individualistas, hedonistas, narcisistas, materialistas y dogmáticamente progresistas. Pero esto ya existía mucho antes de la LOGSE y de este Lacalle, en los albores mismos de la revolución religiosa que analiza Esparza, y que Zapatero asume sin conocer.

Un hombre desconocido para el gran público, muerto mucho antes de que naciese nuestro presidente del Gobierno, describió perfectamente la religión zapaterista, la nueva confesionalidad que nos invade. Para Maurice Barrès, esta nueva religión puede resumirse en un catecismo de seis dogmas. Si uno lee el discurso de Zapatero sobre el estado de la nación y estudia su primer año de presidencia encuentra literalmente las seis verdades reveladas.

La primera, la negación de todo lo anterior y superior a lo supuestamente racional (la razón inmediata, formada a su vez en la Verdad, única fuente aceptable de conocimiento). La segunda, la negación de la autoridad como don natural, de la jerarquía en todos los órdenes y de la diferencia en todas las formas. La tercera, la sustitución de la aristocracia por la pedagogía (el zapaterismo supone que todos los individuos, en condiciones de igualdad, valen lo mismo y son capaces de lo mismo). La cuarta, el progreso inexorable, constante, eterno e imparable, unidireccional de derecha a izquierda. La quinta, la moral individual y social sometida al progreso de una Humanidad que se define por el mismo acto. Y la sexta, la identidad absoluta entre todos los individuos, reduciendo las diferencias de todo tipo a meros accidentes.

Estas Seis Verdades se resumen en Dos Grandes Ideas: Cree sólo en la realidad material y racional del Progreso y niega todo lo que desde el pasado o en el presente haga a los hombres diferentes, libres o trascendentes hacia el futuro.

De esta manera -gracias a Barrès- es posible entender qué hace Zapatero en Moncloa desde hace más de un año. No se trata de un alucinado llegado al poder por casualidad y con una cierta afición al caos; es el profeta de esta religión, y se enfrenta lógicamente a la España eterna, tradicional y católica no con afán destructivo sino con sincero interés en imponer las Nuevas Verdades. Zapatero y sus gentes son misioneros en un país de infieles. No se atacan los cimientos morales de la sociedad y los dogmas de la Iglesia por capricho, sino como parte de un vasto proyecto de ingeniería religiosa.

Zapatero sabe qué hace. En otros lugares, en otros momentos, ha habido reyes como Balduino de Bélgica capaces de enfrentarse a la nueva fe inmanente -materialista- y de derrotarla en grandes batallas simbólicas. Algunos españoles, además de equivocarse sobre la naturaleza religiosa del zapaterismo, esperaban ilusamente algo similar del heredero de Godofredo de Bouillon, Advocatus Sancti Sepulchri. Muchos de los llamados por su fe y la historia a enfrentarse al zapaterismo no saben qué hacen.

Por Pascual Tamburri Bariain, 14 de mayo de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.