La España de Zapatero ¿vencedora en la Segunda Guerra Mundial?

Por Pascual Tamburri, 18 de mayo de 2005.

La presencia de José Luis Rodríguez Zapatero en los campos de concentración austríacos y alemanes, y finalmente en el gran desfile celebrado en Moscú, ha marcado nuestra agenda política internacional de los últimos días. El mundo ha recordado el final de la mayor carnicería conocida, y efectivamente el recuerdo, si ha de servir de estímulo para no caer en los mismos errores, es algo positivo. Recuerdo, por supuesto, sin revancha por un lado, sin ensañamiento por otro y sin resentimiento por ninguno de los dos; porque ya no tienen sentido aquellos bandos.

De hecho, probablemente, nunca lo tuvieron, y José Luis Rodríguez Zapatero ha sido el último en enterarse del significado a largo plazo de mayo de 1945. Si se ha enterado, cosa por lo demás dudosa.

En mayo de 1945 terminó, en efecto, el régimen nazi. De un mundo multipolar o tripolar, con al menos tres grandes modelos de organización política –aunque en realidad las visiones del mundo y los sistemas de valores no eran tres- se pasó a uno bipolar. Terminó la aventura tan fatuamente iniciada por el militarismo chovinista alemán en Polonia el 1 de septiembre de 1939, y con aquellos responsables primeros muchas otras cosas desaparecieron. En efecto, en el desfile conmemorativo de Moscú estuvieron los primeros ministros de Italia, Alemania y Japón. Países derrotados, pero no los únicos derrotados.

Italia perdió, es verdad, la Segunda Guerra Mundial. Sufrió una guerra civil sangrienta y un largo régimen de ocupación y mediatización. Perdió sus provincias orientales, donde hubo un verdadero genocidio por el que los países responsables, hoy candidatos a la UE, no han pedido disculpas. Perdió su imperio colonial. Lo mismo sucedió con Japón, reducido a la mínima expresión geográfica y a una total dependencia material, aparte de perder su régimen político tradicional. Y Alemania, por supuesto, perdió la Segunda Guerra Mundial, fue lastrada con un eterno complejo de culpabilidad colectiva, fue separada de Austria, asumió millones de refugiados, supervivientes de las masacres de Europa oriental, perdió un tercio de su territorio y fue dividida durante cinco décadas entre los ocupantes.

Perdieron. Pero ¿perdieron sólo ellos? No puede decirse vencedora Francia, si olvidamos la verborrea de la “grandeur”, porque a la derrota de 1940 sucedió la guerra civil, la humillación de Indochina, la retirada colonial y el desgarro de Argelia, que se derivan directamente de 1945. No puede decirse vencedora Gran Bretaña, que perdió su potencia imperial, a partir de Palestina y la India en 1947, y que ha quedado reducida a un país europeo más, y no el más próspero ni el más poblado. Nadie, en Europa, puede decirse vencedor; la guerra fue una catástrofe colectiva, independientemente de su resultado, por el mero hecho de haber tenido lugar. Más que ser celebrada merece ser recordada.

Tampoco tiene mucho que celebrar, en definitiva, Rusia, la anfitriona de los principales actos. Veinticinco millones de muertos a cambio de derrotar al Eje les ahorró, sin duda, las desastrosas consecuencias de la política de ocupación alemana, pero les proporcionó cincuenta años más de comunismo. El pueblo ruso debe estar orgulloso de su entereza en aquella ocasión, pues su sangre llevó a su victoria, pero tampoco ha de ser, precisamente, una celebración en la que sonreír.

Nuestro presidente del Gobierno sonreía. Zapatero, en nombre de una España que fue neutral, se creyó no sólo obligado a acudir sino autorizado a dar su propia opinión. Es el hombre que está consiguiendo, dentro de nuestro país, resucitar el fantasma de las “dos Españas” y reavivar querellas que para todos salvo para cuatro fanáticos estaban perdonadas y olvidadas. Con esa tarjeta de visita ha acudido a Mauthausen y a Moscú. Podría haberlo hecho a recordar el precio de la libertad y las miserias de los regímenes modernos; podría haber ido a conmemorar el sufrimiento español en aquella guerra ajena. Pero no lo ha hecho. Quiere que la guerra continúe, y que Europa entera se divida, como algunos de los suyos vuelven a dividir España, en “buenos” y “malos”.

¿Pero quiénes son los “buenos”? Porque no hemos visto a Zapatero en los cementerios españoles de la zona de San Petersburgo; y no ha mencionado las víctimas españolas del Gulag soviético, el mayor experimento genocida del mundo tras el sistema maoísta. De los “niños de la guerra” se han visto fotos, pero nadie ha dicho que fueron víctimas del aparato propagandístico del PCE y del PSOE, condenadas a vivir en la URSS y a morir por ella. Nadie ha pensado en recordar que los combatientes frentepopulistas en la Segunda Guerra Mundial no lucharon en general por la democracia, sino por la instauración en España de un delicioso régimen como el de Stalin –y esto vale igual para el maquis que para muchos de los saludados por Zapatero en Austria entre resplandecientes banderas de la República-.

Hace unos años toda España estaba unida en la idea de que la Guerra Civil fue un desastre colectivo del que el país entero había sido víctima; y era el camino hacia la reconciliación. Zapatero ha cortado ese camino. Hoy pretende exportar a Europa su versión de los hechos, con la particularidad, además, de que habla en nombre de un país que sólo participó en la sangría marginalmente. España, desde luego, no venció la Segunda Guerra Mundial. Tal vez Zapatero crea otra cosa, pero es de esperar que no consiga acabar con la reconciliación de Europa.

Pascual Tamburri
El Diario Exterior, 18 de mayo de 2005.
https://www.eldiarioexterior.com/la-espana-de-zapatero-vencedora-5005.htm