La democracia en peligro: el fracaso de los partidos «ligeros»

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de mayo de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

Tradicionalmente, al menos durante las últimas décadas, los partidos políticos han sido vistos con recelo por los defensores de las libertades. No sin razón: los grandes partidos totalitarios del siglo XX han supuesto un desafío para los regímenes liberales consolidados en el XIX. Aunque fueron por otro lado sus hijos legítimos; pero en términos políticos ya no existen en nuestro entorno.

Su herencia es sin embargo pesada: tendemos a desconfiar de los partidos políticos, de los hombres y mujeres de partido, de sus aparatos, de sus ritmos, de su misma existencia. Los admitimos como un mal necesario en democracia, pero un mal del que prescindiríamos a gusto y que queremos ver lo menos posible.

Esta desconfianza ha puesto de moda un nuevo tipo de partido: el partido sin estructura, sin organización territorial sólida, centrado en su imagen y en unos líderes lejanos, sin doctrina política clara, sin órganos verdaderamente representativos. Más que partidos, agencias de comunicación y oficinas electorales. Y de hecho este modelo parece funcionar, en tiempos normales nos descarga del peso de los «aparatos» y parece poner al líder en comunicación directa con los electores. Partidos, en suma, alérgicos a su potencia tradicional y con la militancia reducida a poco o nada.

Tal ha sido, por ejemplo, el secreto del éxito de Silvio Berlusconi. Un partido – empresa sin identidad fuerte, hecho para ganar elecciones. Hubo incluso quien propuso y empezó a aplicar el modelo en el centro – derecha español, castrando sus principios en nombre de la corrección política definida por la izquierda, despreciando su tradición de trabajo y dedicación a favor de «nuevas estrategias de imagen», postergando incluso a la gente surgida de las bases a favor de candidatos de diseño con estilo y convicciones ajenos a aquellas bases.

Pero Berlusconi ha reculado. Pese a su inmensa potencia mediática, ha debido dar a Alleanza Nazionale mayor peso en su Gobierno. ¿Por qué? Porque, el ciudadano, en tiempos de zozobra, quiere identidades claras, gente capaz de decir verdades por duras que sean, personas en las que creer y junto a las que trabajar. Partidos que no se avergüencen de sí mismos, que peguen carteles, que repartan octavillas, que estén de verdad junto a la gente. Porque si no todo está perdido.

Marcello De Angelis cree que Berlusconi ha aprendido la lección, y que la derecha italiana tiene opciones de renovar su mayoría. Tras el 11 M la derecha española y la navarra han dudado, y en esa duda ha habido grandes peligros para la democracia. Si prevalece un modelo de «partido ligero», si se vuelve la espalda a las sólidas bases que existen, no sólo se tendrá la certeza de una derrota -endulzada eso sí por el aplauso hipócrita de los enemigos- sino que la misma democracia, basada en la alternancia, estará en peligro. Si queremos la democracia, que vivan los partidos.

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de mayo de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.