Los Derechos Humanos y la guerra de España contra el terrorismo

Por Pascual Tamburri Bariain, 6 de agosto de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

«Guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo a la espada porque tiene filo, ni a la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que ellos defienden». No es habitual basar una reflexión política en una frase de J.R.R. Tolkien. Sin embargo, en este momento y en este caso, lo que ha pasado en Irak, lo que podría suceder en Irán y la posición de España pueden ilustrarse con estas palabras de «El Señor de los Anillos».

La guerra no es un bien en sí. Es, eso sí, una realidad permanente de la historia humana, que siempre ha existido y siempre existirá. El siglo XX ha demostrado además -acabamos de celebrar el adversario de Hiroshima- que cuanto más se predica la paz eterna y el fin de la guerra y de los males del mundo más cruel se hace la guerra y más terribles sus consecuencias. Si nos limitásemos admitir que toda persona y todo Estado tienen derecho a la legítima defensa, y que la guerra cuando exista debe tener unos límites y unas reglas -como los tuvo antes del triunfo de las utopías pacifistas- nuestro mundo sería, si no mejor, sí algo menos malo.

La guerra sin reglas sólo genera más dolor y es, por definición, inacabable. Sólo puede terminar con el aplastamiento total del adversario, ya que si se le niegan unos derechos humanos o una dignidad humana no se puede llegar a una paz negociada. Y por eso cada conflicto, a diferencia de otros momentos, es una posible puerta abierta a la destrucción total.

España, con su vieja tradición imperial, con su raíz católica y con su romanidad, tiene algo que decir tanto en el caso de Irak como en el de Irán u otros conflictos posibles del futuro. Es el momento de recordarlo, de manera que incluso personas tan distintas entre sí como Miguel Ángel Moratinos, Javier Solana o José Antonio Alonso sean capaces de entenderlo, porque nos va en ello mucho.

Cuando Sadam Hussein fue capturado por las Fuerzas Armadas estadounidenses el director de Elsemanaldigital.com precisó, muy oportunamente, que no se podía olvidar su condición de comandante en jefe de un Ejército y de jefe de un Estado. Aunque derrotado y capturado, es un prisionero de guerra con todas las implicaciones y políticas que tiene esta calificación jurídica. Ni a Sadam ni a los prisioneros de Guantánamo se les puede tratar como a delincuentes. Es probable que lo sean, pero deben ser tratados no ya con la dignidad de hombres sino incluso con la de soldados. Deberán ser juzgados, pero conforme a las normas que les eran aplicables en el momento de cometerse los hechos, no con normas retroactivas.

Es importante para España que se distinga muy claramente la guerra entre Estados, la guerra internacional, de la delincuencia interior de un Estado. Es esencial que, en ambos casos, todo se haga respetando la dignidad de las personas, pero es crucial que se haga, además, recordando las diferencias entre uno y otro caso.

Un Estado es, por definición, soberano. Irak puede haber sido derrotado, pero no era todo él una organización terrorista. Hay que distinguir muy claramente la posición de los soldados capturados en el campo de batalla de la de los terroristas que actúan en nuestros países. En este sentido, la vieja Europa, con todos sus defectos, no puede traicionarse a sí misma, y es una señal esperanzadora el paquete de medidas antiterroristas de Tony Blair, que limitan las libertades públicas sin negar los derechos humanos y sin anular las tradiciones de la beligerancia. Es una manera de luchar contra el terrorismo sin convertir todas las guerras en conflictos totales de exterminio.

Los crímenes deben ser reprimidos, los criminales aprehendidos y juzgados, las penas aplicadas. Sobre esta base se combate el terrorismo, desde la Ley, por dura que ésta sea. No podemos movernos ni un ápice de esta posición en la lucha contra los tres terrorismos que amenazan a España. Las guerras entre Estados, en cambio, no se libran contra organizaciones de delincuentes sino contra Ejércitos; y si se distinguen de los problemas penales y de las guerras religiosas conseguiremos un futuro menos sombrío. Con una mejor gestión de este asunto en el pasado más reciente el enfrentamiento diplomático con Irán tendría mejores perspectivas -o al menos menos terribles- que las que ahora se entrevén.

Por Pascual Tamburri Bariain, 6 de agosto de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.