Por qué Zapatero debería hacer un viaje a Roma

Por Pascual Tamburri Bariain, 6 de agosto de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

La muerte de Juan Pablo II, en lo religioso, y la proliferación de guerras y conflictos en el mundo, por otro, han puesto de actualidad en 2005 nuestro pasado romano. Entendiendo Roma no sólo entenderemos la raíz principal de nuestra civilización occidental y de nuestra identidad europea, sino que tendremos -como no ha faltado quien lo recuerde- una percepción universalmente válida -para gentes de nuestra tradición- de qué es un imperio, qué es la justicia y qué es la paz.

No se trata de hacer historia, sino de recordar al mundo la existencia de la romanidad, que es ante todo una visión del mundo, un estilo de vida y una escala de valores, abierta a lo sagrado pero no limitada a ello, que ha influido de manera decisiva en los últimos milenios de historia. Esta romanidad no es un fósil de museo ni un hecho histórico, sino una parte esencial de lo que llamamos Occidente, heredada de la cultura clásica y abierta a perdurar en futuras civilizaciones por venir. Algo venerable, pero vivo.

Roma representa la concreción de valores eternos e inevitables, que están en el fundamento de una cultura duradera, en la que participan por derecho propio y sin posible desmentido nuestra nación y nuestro pueblo. Esos valores se han concretado, a lo largo de los siglos, en nuestra manera de entender el mundo y de entendernos en él, en nuestra organización política y en un ideal humano -un tipo humano ideal- que en nuestra tradición está en el equilibro fluctuante entre razón y voluntad. Eso somos los españoles, como europeos, y no podemos ser otra cosa sin dejar de ser nosotros mismos.

Hay en nuestra naturaleza una tensión entre acción y reflexión, entre fuerza y razón, entre voluntad y razón, de la que emanan todas las características superiores de nuestro ser colectivo. Esa tensión y la búsqueda sucesiva de nuevos equilibrios permiten la integración y la elevación de los individuos y de los pueblos. Cada individuo es, por supuesto, muy libre de querer ser cualquier otra cosa -musulmán, ateo, hedonista-, pero en cuanto al ser comunitario de los españoles hay poco que hacer: o somos romanos o no somos españoles.

Roma es la ley frente a la arbitrariedad, y es también un sentido vertical de la jerarquía y la autoridad tan opuesto a la homogeneización como al despotismo (tan cercanos entre sí). La romanidad no conviene a quienes desean acumular poder y riquezas sin más fin que los suyos propios ni más límite que su propia existencia material. Las virtudes romanas -las que definen un tipo humano tan ideal hace dos milenios como hoy, pero tan capaz hoy como ayer de vertebrar una sociedad- no interesan a quienes, en nombre de una falsa libertad, desean encadenar a los españoles en la ignorancia y la servidumbre.

“Roma no habría podido alcanzar semejante potencia si no hubiese tenido, de alguna manera, origen divino, capaz de ofrecer a los ojos de los hombres algo grande e inexplicable”. No lo ha dicho Benedicto XVI ni lo dijo Juan Pablo II; incluso antes de la cristianización así lo percibía Plutarco. Pero la romanidad es también algo más y algo menos que un hecho religioso: es el camino necesario de la verdadera libertad. De tal suerte que o Zapatero va -física y moralmente- a Roma, y decide ser el gobernante que España necesita, o de Roma vendrá -moralmente- la alternativa necesaria. Respuesta, más que a Zapatero, a la decadencia nacional que Zapatero representa hoy.

Por Pascual Tamburri Bariain, 6 de agosto de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.