Inmigración: Melilla no es el problema, sino el síntoma

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de septiembre de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.

El África Negra -los que ahora llaman subsaharianos, con evidente incorrección geográfica aunque lamentable corrección política- llama a las puertas de Europa en Melilla. Una ciudad ya sitiada por la amenaza marroquí, interior y exterior, está afrontando una crisis que hoy es social y mañana será de identidad. Mientras, las autoridades del Estado, incluso las más elevadas, están ausentes.

Marcello Pera, presidente del Senado de Italia, causó el pasado verano una tormenta político que conmovió a Europa pero que fue ignorada en España por nuestros propios problemas internos. Pera -un hombre de centro- dijo que “en Europa, la población está decreciendo, las puertas están abiertas a inmigración no controlada y todos nos convertiremos en miembros de una raza mixta”. Aparte de esta última afirmación, que es básicamente falsa porque ese mestizaje afectara a nuestra sociedad, pero no a los europeos que hoy vivimos -nadie puede cambiar de raza-, nadie ha discutido la veracidad de los hechos recordados por él. Pero se ha negado la conveniencia o la oportunidad de hacer llegar ese análisis a la opinión pública.

Mientras tanto, en Melilla, la población no española crece, crece también su natalidad y los problemas de convivencia afectan a la seguridad de los españoles de hoy y a la cohesión futura de la ciudad con el resto de España. Ahora bien, ¿es Melilla el problema?

En el Meeting de Comunión y Liberación en Rimini un personaje respaldó públicamente y sin que se le pidiese el planteamiento de Pera. “Creo que la libertad de los europeos está amenazada por el terrorismo y por el pensamiento débil nacido del relativismo, y los inmigrantes no pueden pensar en imponernos su estilo de vida”: José María Aznar.

No hay que olvidar que Marcello Pera, colaborador directo de Silvio Berlusconi, escribió en 2004 un libro con el entonces cardenal Ratzinger, y que ha sido uno de los mayores defensores de la inclusión del cristianismo en el Tratado constitucional como raíz de Europa. Pera no fue escuchado, ni tampoco el post fascista Gianfranco Fini, vicepresidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores, que -también en Rimini, con Aznar- llamó “cobardes” a los Gobiernos europeos que no aceptaron esa referencia al cristianismo.

“Sólo quien tiene una identidad no puede temer la comparación con otras identidades”. Lo dijo Fini, e indudablemente muchos millones de europeos lo piensan, como Aznar. Cabría desear, retrospectivamente, que Aznar hubiese tenido al aplicar su errática y débil política de inmigración la misma firmeza de principios que hoy muestra. Pero de los errores se aprende, qué duda cabe, y en todo caso lo que Zapatero y Caldera están haciendo es ruinoso para todos a medio plazo y catastrófico de inmediato para Melilla.

Melilla no es el problema, sino el termómetro de una enfermedad. Poco importa que las vallas midan tres o seis metros, porque si detrás de ellas no hay una comunidad consciente de su identidad y dispuesta a conservarla las medidas materiales serán inútiles. Poco importa que se creen partidas presupuestarias especiales si después se persigue a los guardias civiles, policías y militares dispuestos a cumplir con su deber. No es una cuestión de número de inmigrantes o de defensas exteriores: se trata de seguir siendo Europa, o de dejar de ser España.

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de septiembre de 2005.
Publicado en El Semanal Digital.