Madrid, rompeolas de las Españas

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de enero de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.

Alberto Ruiz Gallardón sigue siendo el político de primera fila mejor valorado de España. No lo es, desde luego, en su propio partido, donde sus detractores -más aún los que no terminan de entender su modo de hacer las cosas- no son escasos. Pero en conjunto es el mejor puntuado, por delante, atención, del presidente del Gobierno en ejercicio a menos de dos años de su llegada al poder, y por delante de su rival en popularidad, «al otro lado del espejo», José Bono.

Pero no hay que dejarse llevar ni por las encuestas ni por las apariencias. Hoy por hoy Gallardón es, con toda su valía, sus cualidades y sus problemas, ante todo y sobre todo Alcalde de Madrid. Y si Gallardón navega viento en popa en política es también porque la Villa y Corte da para mucho. La prueba de esto: que Esperanza Aguirre, tan distinta en talante y en estilo -pero curiosamente tan compatible como para hacer un excelente cartel electoral- tiene una suerte igualmente buena en la Comunidad. Juntos, Aguirre y Gallardón, protagonizan un crecimiento sostenido de la intención de voto del Partido Popular en Madrid. Se lo llevan todo por delante, y la izquierda no sabe qué le va a quedar en 2007 si esto sigue así.

El que está lógicamente enfadado es el secretario general del PSOE en Madrid y portavoz socialista en la Asamblea de la Comunidad, Rafael Simancas. Simancas se enfada mucho con esto de que al PP le vaya tan bien en Madrid, y lleva personalmente muy mal que los «usurpadores» -porque por tales los tiene en privado- se lleven a la gente de calle. Y también en barrios históricamente de izquierdas y en asuntos «sociales» que la izquierda tiende a suponer -otra cosa es con qué base- de su exclusiva propiedad.

A Simancas últimamente no hay quien lo baje de «radical, extremista y guerracivilistas» cuando se refiere al PP, a sus gentes y a sus políticas. Pero no se da cuenta de que, en realidad, con todo esto, él pone las cosas peor de lo que estaban. Porque, aunque hace falta valor para llamar «guerracivilista» al PP de Gallardón y Aguirre, resulta que a los madrileños les gusta; y si Simancas va a más en sus acusaciones, los ciudadanos van a más en su intención de voto «popular». Y no creo que sea precisamente deseando una guerra civil.

Simancas es un cadáver político abandonado por su propio partido, ya que el PSOE acepta perder en Madrid para ganar en el conjunto de España. Es cuestión de números; hemos empezando hablando de números, con unas encuestas ampliando la doble mayoría absoluta del PP en Madrid. Pero hay más: los números del Estatut implican, a grandes rasgos, que el Estado tendrá que parar las obras públicas en Madrid si se tiene que garantizar el «retorno» íntegro por vía de inversiones de lo que la Generalitat se digne seguir aportando. El dinero es el que es, y lógicamente tendrá que salir de alguna parte. Y está en Madrid, hasta que Maragall, Mas y Carod se lo lleven a El Carmelo, porque Madrid -más números- tiene una economía y una población que crecen, que son una de las locomotoras de la economía española. Así que el PSOE acepta que va a perder en Madrid, y por la misma razón en la Valencia de Francisco Camps, y tratará de ganar las próximas elecciones con el voto subsidiado de Cataluña y de Andalucía. Cosa de números, tod.

Pero lo de Simancas son más bien las palabras, y hay que tener cuidado con su radicalismo verbal. Conviene distinguir, es importante, lo que haya de cierto (y por tanto de erróneo) en un supuesto «patrioterismo radical y guerracivilista» que se achaca al PP de lo que hay de acusación visceral desde la izquierda, para la cual todo lo que no sea aceptar como dogmas sus políticas actuales (por ejemplo, la inexistencia de España como nación) es radical y «guerracivilista». Simancas es un cero a la izquierda en su propio partido, nunca mejor dicho, y el centroderecha debe tener mucho cuidado en no confundir un radicalismo verbal y formal indeseable con lo que la izquierda -desde la corrección política- llame radicalismo. No vaya a ser que se termine dejando que un eterno derrotado como Simancas defina qué puede hacer, decir y pensar el PP de Gallardón y de Aguirre.

Por Antonio Martín Beaumont y Pascual Tamburri Bariain

Por Pascual Tamburri Bariain, 30 de enero de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.