De Suárez a Rajoy, pasando por Fraga y Aznar, una clave de esta crisis política

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de febrero de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.

Se acerca la Convención Nacional del PP y con ella una renovación generacional de la política. Hoy entendemos mejor sus carreras desde la Transición. Y tiene razón Cristina López Schlichting.

Alguna vez tendremos que dar por acabada la Transición. Llevamos más de treinta años «transitando», y ya deberíamos haber llegado a alguna parte. Pero lo importante ahora es que por el camino se nos han quedado dos generaciones enteras de políticos, la de los protagonistas -Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Felipe González- y la de sus sucesores -José María Aznar, por ejemplo-. No se trata de que hayan muerto, sino de que por necesidad está teniendo lugar una nueva «transición» generacional, especialmente en la derecha. Y hay que ver con qué rumbo. Entre ambiciosos y «trepas», otros vienen detrás pisando fuerte.

«Generación Rajoy»: ¿carga o cargo?

Los dirigentes veteranos se inquietan al echar una ojeada a sus juventudes: abundan los jóvenes a los que no sobran las convicciones, pero para los que la vida pública es un buen acomodo. En una España sin paro y con grandes oportunidades para los buenos profesionales, durante la última década se ha producido un drama político: muchos talentos han ido a la empresa privada, y algunos hablan ya de «selección a la inversa» en la generación que entre 2007 y 2008 va a pasar a primera fila.

Esto es básicamente injusto. Los trepas han existido siempre y supongo que siempre existirán. Lo importante es que no sean los únicos, y que no den el tono de la organización a la que pertenecen y a la que en el futuro representarán. Y por supuesto, que no sean los únicos y no ahoguen a los idealistas y desinteresados que siempre existirán. Porque los cargos comportan cargas.

Unos y otros deben recordar, como dice un joven veterano de los «populares», que las personas pasan pero los principios quedan, y que existe el «deber de lealtad absoluta al proyecto político en el que se está, sobre todo en momentos difíciles como éstos, para evitar tentaciones enloquecidas que sólo pueden ayudar al enemigo». El individualismo y los intereses personales están muy bien, pero si son lo único equivalen a una traición política. Lo que la gente normal busca en la siguiente generación de políticos peperos -la «generación Rajoy»- es una nueva esperanza, un nuevo modo de hacer política que sea coherente con las raíces «de siempre» (a veces olvidadas por la «generación intermedia») pero que sepa estar en el siglo XXI «sin complejos».

Un núcleo firme de principios: la lealtad personal a las bases

Sean «trepas» o idealistas -ambos tipos humanos han existido también en todas las anteriores generaciones políticas- lo importante es no confundir. No confundir unos con otros, aun sabiendo que todos van a estar. No confundir al elector, con una divergencia radical entre el programa implícito, el programa escrito y la acción de gobierno: recuerden todos, viejos y jóvenes, por qué la AP de Manuel Fraga triunfó sobre la UCD de Adolfo Suárez:, las razones siguen siendo válidas.

No confundir tampoco, en este cambio de generación, el pragmatismo político con la renuncia a los principios y las ideas. La «segunda generación», la de José María Aznar, mantuvo el equilibrio pero no siempre supo expresarlo. Y esto puede dar lugar a equívocos, y a relativismos que desgarrarían la base interna del centro y la derecha españoles. La derecha española puede reconocer sin pudor que no necesita nuevos principios, porque tiene un núcleo permanente que no ha dejado de inspirar su acción; pero sí necesita representantes, a todos los niveles, representantes capaces de convertir esos principios en acción eficaz a corto y a largo plazo, aquí y ahora, desde la realidad de nuestro siglo.

¿Cómo se hace eso? He ahí el problema. El «trepa» propiamente dicho y el perezoso se limitarán a movimientos tácticos al estilo de Pedro Arriola; pero olvidarán con eso que si Aznar hubiese hecho caso a Arriola no habría llegado donde llegó. Y ¿cómo se busca el equilibrio? Es muy sencillo, basta no despegarse de la base militante, de le gente sencilla que da su voto y su cuota, y que muy a menudo encarna las esencias y los principios.

La semana pasada hubo una ocasión de comprobar cómo se hacen mal las cosas. Sólo un diputado «popular», Eugenio Nasarre, rechazó el conjunto de la Ley de Reproducción Humana Asistida, que gracias a Zapatero autoriza la experimentación con seres humanos y la clonación humana. Sólo una voz llamó en público «advenedizos y cobardes, oportunistas y políticamente correctos» a quienes, desde la derecha, no votaron contra esta Ley. Y Cristina López Schlichting tenía razón, aunque a muchos moleste.

¿Qué lección se da a los jóvenes que van a entrar ahora en política? Que todo vale; y sobre todo que los principios deben subordinarse a la táctica, y que ésta ha de supeditarse a lo que el enemigo defina cada vez como «carca» o «inaceptable». ¿Está contenta la base de afiliados y votantes del PP con este tipo de pasos? No. ¿Realmente es necesario hacer estas concesiones? No. ¿Se prepara así un futuro político brillante? No. Unas juventudes que entrasen en política abandonando principios esenciales y negando la lealtad a las personas que los sostienen allí serían un problema. Una mujer serena como Carmen Fúnez conserva bien el rumbo, la lealtad y el realismo, pero no todos lo hacen igual.

Qué principios

No es una cuestión de rigidez ideológica, ni mucho menos de puritanismo confesional. España necesita, y en buena medida puede tener ya, una Derecha plural. Se trata de dar soluciones concretas desde principios sencillos, no de rarezas exóticas. Hasta Alain de Benoist ha dicho que actualmente los partidos políticos constituyen un ámbito particularmente poco propicio para el desarrollo y la actuación de ideas. Pero una juventud que quiera heredar el legado de la Derecha no puede evitar la lealtad a la comunidad nacional, el respeto por la fe histórica de nuestro pueblo y la defensa de los intereses inviolables de la persona.

Confundir modernidad, realismo y centralidad social con progresismo, izquierdismo y «centro» político es un error. Una cosa es gobernar desde el pueblo; otra es confundir el pueblo con lo que la izquierda y sus secuaces acomplejados (o democristianos, en el peor de los casos) llaman pueblo. Suárez cayó en el error, Aznar no -aunque sí buena parte de su entorno-, y a Mariano Rajoy le corresponde llevar de la mano, evitando errores, a unos políticos que ya no vivieron la Transición pero que deben aprender de los errores que entonces se cometieron, y de los que no. La Convención Nacional del PP es una buena ocasión para tener una foto del futuro.

Por Pascual Tamburri Bariain, 23 de febrero de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.