Zapatero no ha aprendido la lección de Palestina

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de julio de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.

Un Estado es legítimo, en el ejercicio del monopolio de la soberanía y de la violencia que se atribuye, si es capaz de garantizar el orden en su territorio, la seguridad de sus súbditos y la defensa de sus intereses. Si un Estado no pone los medios para cumplir tales funciones es universalmente aceptado que pierde su razón de ser, deja de ser legítimo y abre las puertas al desorden.

En ese sentido, el Estado tiene leyes que aplicar, procedimientos que cumplir, fuerzas policiales que desplegar, una diplomacia que utilizar; pero en último extremo tiene unas Fuerzas Armadas que son su última arma antes del caos. Esto tampoco es un gran descubrimiento, ya que desde Platón a Carl Schmitt pasando por Santo Tomás así son las leyes del poder.

En las últimas semanas el Próximo Oriente se ha acercado a la guerra, y en más de un sentido al desorden. Las acciones terroristas de ciertos grupos islámicos, más el momento de cambios e inestabilidad en la comunidad internacional, más la incapacidad de Israel de convertirse en un sujeto ordinario de la vida regional, llegando a acuerdos con sus vecinos, han dado lugar a una espiral de violencia extremadamente preocupante. Aún más preocupantes para nosotros, sin embargo, son las tinieblas en las que andan metidos muchos de los que deciden al respecto en España y de quienes opinan desde España.

Todos los terrorismos son iguales. El terrorista rompe el monopolio estatal de la violencia; cuando había un “derecho de la guerra” efectivamente vigente, además, el terrorista rompía leyes escritas y no escritas que eran uno de los mejores frutos de la civilización romano-cristiana. Pero esas leyes, de hecho, no existen desde la Segunda Guerra Mundial. El terrorista pierde el derecho a ser juzgado por la bondad de su causa, y sólo puede ser valorado por su método. Lo único que distingue al Irgún, la Haganá, el FPLP, Hizbollá o Hamás es si han logrado o no sus objetivos y se han convertido no en Estados.

Pero todo esto es demasiado complejo para nuestros gobernantes y para nuestros opinantes. Una demagogia transversal ha hecho olvidar a demasiadas personas que el terrorismo es un mal, y que España no puede actuar en la vida internacional más que en función de sus intereses nacionales. Lo peor del caso es que Zapatero preside el Gobierno y participa de esa demagogia que en nada responde al interés español.

Hay cosas que no se pueden mezclar. Y mezclas que tienden a resultar explosivas. La guerra y la diplomacia no son un confesionario de aldea, desde el que quepa repartir etiquetas de buenos y malos. Guerra y diplomacia son un juego de fuerza y habilidad, y si España interviene en semejante juego sólo puede hacerlo pensando en el interés de España y de los españoles.

¿Realmente está en el interés de España que Estados Unidos fracase en su política exterior? ¿O que regímenes islamistas imperen desde el Atlántico hasta el Himalaya? Porque España es geográficamente Europa, pero Europa es culturalmente una parte de una única civilización occidental, que de momento incluye las dos orillas del Océano. No existe una civilización europea “desamericanizada”, todos somos en cierto modo americanos; e incluso para construir un nuevo foco de poder mundial haría falta la voluntad de construirlo y un mensaje universal que le diese sentido. Aun así, en el Mediterráneo Oriental nuestro interés sería la paz y la concordia.

Aclaremos conceptos. Pese a la opinión de la comunidad judía Zapatero no es antisemita, ese concepto debería ser revisado con una serenidad hoy improbable. Pero sí es patológicamente antioccidental, yendo en esto contra el sentido común -porque España es parte de ese Occidente, de momento.

¿España puede tener una nueva política exterior? Puede, pero deberá responder alguna manera a los intereses de España; y deberá suponer un desarrollo paralelo de muestra fuerza económica, diplomática y militar más allá de nuestras fronteras. Si no cumple esos requisitos Zapatero estará faltando a su deber; y manifestarse contra Israel satisfará a gentes muy pintorescas, pero no responde a ese interés.

¿Es Israel sionista? Sí, sin duda y por definición. Israel es el resultado de un proyecto nacionalista judío, consistente en dar dimensión de Estado-Nación a un pueblo disperso por el mundo. El desarrollo de ese proyecto ha sido largo y atormentado, con episodios muy singulares y con buenas dosis de terror, de violencia, de injusticia, y con muchas víctimas. Pero no podemos olvidar la realidad, es decir, que Israel existe. Habrá que aceptar la realidad, incluso si nos conviniese cambiarla. Zapatero, en su fanatismo, ha ido mucho más lejos que los representantes oficiales del pueblo palestino, que sí reconocen a Israel como real y legítimamente existente.

¿Es Israel vanguardia, instrumento o cerebro de un poder mundial? Ese debate envenenado no se ha hecho para solucionarse con lugares comunes. En todo caso, judaísmo y sionismo no se equivalen, identidad religiosa, identidad étnica e identidades políticas no coinciden en los judíos de 2006 y toda simplificación es criminal. En unos más que en otros.

¿Israel debe ser parte de la OTAN? En mi opinión el interés de España es no tener una alianza militar con el Estado sionista; pero esa decisión no me corresponde, sino que deberá tomarse según los procedimientos establecidos. Y en todo caso el respeto hacia ese Estado, como hacia todos los extranjeros, se da por supuesto.

Y es que, como Zapatero aún no ha aprendido, si para algo no debe tener escrúpulos un gobernante es para defender los intereses de la comunidad popular y nacional a la que representa. Olmert, como en otro tiempo y por otro lado Yasser Arafat, puede equivocarse en lo que hace, pero no duda de su obligación de actuar. Es triste ver cómo el representante máximo de la política española pierde el Norte; más triste aún es comprobar cómo recibe por ello el aplauso de los más dispersos enemigos, voluntarios e involuntarios, de que España tenga un peso efectivo en el mundo real de 2006.

Por Pascual Tamburri Bariain, 20 de julio de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.