Oriana Fallaci: ¿odio al Islam en defensa de Europa?

Por Pascual Tamburri Bariain, 15 de septiembre de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.

Oriana Fallaci ha muerto. Una carrera larga, complicada, contradictoria y brillante de periodista y publicista se cierra en Florencia. Pero Fallaci deja un legado, que no es precisamente la obra de su vida ni el ejemplo de la misma, sino más bien, por declarada voluntad de sus últimos años, su predicación contra el Islam o más precisamente contra el Islam en la medida en que sea incompatible con los que ella misma llamó y definió como valores occidentales.

Esperanza Aguirre fue ayer de las primeras personas en valorar este legado de Fallaci: para la presidenta de la Comunidad de Madrid Fallaci fue “una de las voces que ha defendido con más coraje y fuerza dialéctica los valores de la civilización occidental”. Y Aguirre cargó acto seguido contra lo que Fallaci había llamado “relativismo cultural”, tomando así postura en un debate que rebasa con mucho los campos políticos establecidos y encuentra en el mismo bando a enemigos de toda la vida.

Porque hay varios hechos ciertos que colectivamente hemos descubierto sólo después de los ataques del 11 S, y que han hecho caer a unos cuantos camino de sus improvisados Damascos. Sí, señores, en el mundo hay una pluralidad de culturas, y éstas responden a tradiciones, principios, valores, sistemas, convicciones y religiones diferentes. A pesar de que colectivamente Francis Fukuyama nos había subyugado con la victoria de la “forma occidental” en su lectura liberal, democrática y capitalista (frente a la lectura marxista), resulta que miles de millones de seres humanos siguen viviendo en otras culturas, y que algunas de ellas se demuestran impermeables, de diferentes maneras, a la que se supone es la esencia de las bondades occidentales.

Fallaci ha definido lo occidental en estos últimos años como algo objetivamente superior a sus supuestas alternativas, por estar fundamentado en “la libertad, la dignidad de las personas, la igualdad de derechos de hombres y mujeres y la ley como norma de convivencia”. Y sin embargo, el hecho es que estas bondades no llegan a todos, ni siquiera a la mayoría, y que hay una serie de resistencias a lo “occidentalmente” correcto.

Esas formas de “alienación” respecto a lo occidental tienen en común un origen histórico y cultural diferente del europeo -son pueblos diferentes de los que concibieron la democracia, el capitalismo, la igualdad, el individualismo- y una vitalidad acusada tanto de esas raíces como de sus formas religiosas peculiares. Y esto precisamente cuando lo “occidentalmente” correcto es el olvido tanto de las tradiciones propias como de la fe religiosa que hizo Europa.

Europa y sus derivaciones ultramarinas se enfrentan a una crisis insólita. Como denunció con acierto Fallaci, hay un enemigo exterior, que reviste la forma islámica y que no sólo se niega a ser occidentalizado sino que aspira a destruir nuestro actual modo de vida. Pero por otro lado no basta denunciar los males y peligros del Islam; la fuerza de los enemigos de “Occidente” es la indefinición, o mejor dicho el vaciamiento progresivo de una civilización que se aferra sólo a unas cuantas teorías y renuncia a una identidad, a un origen, a una estirpe y a su misma religión. Fallaci es heredera de los combatientes de Lepanto, pero ella, atea e individualista, no habría podido dar su apoyo a los fanáticos como Barbarigo, Cervantes o don Juan de Austria.

A muchos de nosotros, como a Fallaci, “Dante Alighieri nos gusta más que Omar Khayan”, y sabemos que eso no es racismo sino instinto de supervivencia. Ahora bien, antes de salir por el mundo a luchar debemos tener claro por qué luchamos. Luchar por simple autodefensa o por odio elemental jamás llevará a una victoria decisiva. Si un bando lucha por lo eterno y otro por el dividendo no hay duda del resultado a largo plazo. Fallaci acertó en el enemigo con el que llegó a sus últimos días, e hizo bien denunciando muchas hipocresías internas. Le faltó tiempo tal vez para hacer examen de conciencia de tantos errores anteriores.

Por Pascual Tamburri Bariain, 15 de septiembre de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.