Lo de Rubianes es libertad de expresión, pero lo del Papa…

Por Pascual Tamburri Bariain, 19 de septiembre de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.

Islam quiere decir, según parece, “sumisión”. Sumisión, se entiende, a la voluntad de Alá, único Dios, expresada por última vez en el Corán dictado al Profeta, Mahoma. El Islam es la última de las grandes religiones monoteístas, la más joven de ellas, y se distingue porque no ha cambiado ni en el fondo ni en la forma desde el siglo VII de la era cristiana. Decir que el Islam es “medieval” es profundamente impreciso, porque la civilización musulmana sólo ha conocido una era, una cultura, una manera de hacer las cosas, y nunca ha pretendido engañar a nadie al respecto.

El Islam se predica con las armas porque siempre ha sido así y porque dogmáticamente no puede ser de otra manera. En ciertas circunstancias el poder musulmán puede tolerar la práctica privada de las otras “religiones del libro” (judaísmo y cristianismo), pero los infieles serán siempre inferiores jurídicamente y la tolerancia será siempre precaria y graciable, como demuestra la azarosa existencia de las comunidades cristianas en los países musulmanes. Eso cuando no han desaparecido.

Benedicto XVI tiene derecho a explicar esas diferencias entre cristianismo e Islam. Es más, desde el punto de vista de su Iglesia tiene la obligación de hacerlo, y los Estados democráticos occidentales tienen el deber de garantizar su libertad de expresión. Porque ésta no es un lujo, sino el legado más precioso que el cristianismo ha dejado a Occidente. Sin duda, el cristianismo se ha defendido con la espada en otros siglos, pero nunca ha hecho de la expansión violenta de la fe un dogma de ésta. Si el Islam consigue imponer los complejos o el silencio en Occidente no será la Iglesia quien más pierda, sino la democracia y la libertad tal y como hoy las entendemos.

En el discurso de Ratisbona, el Papa no defendía algo privativo de la Iglesia católica, sino que anunciaba un debate del que depende el futuro de nuestras sociedades. Y no cabe la neutralidad, porque sería sólo una forma de complicidad con el exclusivismo religioso similar a la que exhibe Juan Luis Cebrián cuando nos habla de una “insidiosa Reconquista ibérica” como un problema estructural de nuestro país. Si la reconquista no se hubiese consolidado como proyecto europeo, la Península hoy no sería ni europea, ni democrática, ni en ella se podría defender la libertad de expresión. No es coherente que las mismas personas que han defendido la libertad de expresión de Pepe Rubianes -que no sería posible ni en Marruecos ni en Pakistán- se la nieguen al líder de la religión que inventó la idea misma de libertad.

Por Antonio Martín Beaumont y Pascual Tamburri Bariain

Por Pascual Tamburri Bariain, 19 de septiembre de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.