Don Manuel: el hombre que empezó y acabó la Transición

Por Pascual Tamburri Bariain, 28 de diciembre de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.

El pasado martes 19 de diciembre tropecé con él en la sede del PP de la madrileña calle Génova. Había acudido allí para asistir a un homenaje póstumo que las Nuevas Generaciones habían organizado en memoria de la dirigente popular Loyola del Palacio, fundadora de la organización juvenil del PP allá cuando Fraga presentó Alianza Popular. Hacía años que no coincidía con un «patrón» que esperó con calma insólita media hora, solo, en su sitio, en la presidencia por supuesto, a que Mariano Rajoy compareciese. Tras siete años de intenso trabajo al lado de don Manuel en los años ochenta y de casi otros veinte de intermitente «extrañamiento», el hombre que reencontré esa mañana irradiaba por sus ojos los trabajados 84 años que cumplió el pasado 23 de noviembre.

Manuel Fraga Iribarne –¿alguien lo dudará?– ha sido un hombre importante en la historia de España a lo largo de dos siglos. De él podrán decirse muchas cosas cuando lo que hoy es memoria sea sólo historia, pero jamás que haya dejado a su paso personas indiferentes: su capacidad de trabajo y más aún su vigor intelectual dejan huellas profundas allí por donde pasa. Fraga ha dejado a los bordes de su largo camino político amigos fidelísimos y discípulos devotos, a la par que envidias e incomprensiones. Ha sido tan grande y tan visible que tres generaciones de políticos españoles han tenido que medirse por su patrón, aunque fuese para renegar de lo que en cada momento representaba aquel que siempre ha gustado presumir de que para ser buen político «hay que desayunarse un sapo por la mañana».

Sin embargo, y a pesar de los grandes cambios de escenario de los que ha sido protagonista y autor de éxito la mayoría de las veces, Manuel Fraga ha querido jugar siempre el mismo papel desde que en la penúltima época del franquismo pasó a estar en la primera fila de la escena bajo los intensos focos: Don Manuel quiso siempre ser un hombre de Estado. Y, casi siempre, lo logró.

Decir «hombre de Estado» a estas alturas del siglo XXI, de épocas postmodernas, donde vale lo que parece y no lo que es, es arriesgarse a no ser entendido. En efecto, muchos malentendidos rodearon a Fraga en décadas de actividad, de ritmo agotador tan difícil de seguir, de obsesión por la agenda repleta, de miedo a la ociosidad antesala del ocaso político. Hombre público, brillante, en el franquismo; protagonista del comienzo del fin de la censura, con su Ley de Prensa de 1966; renovador del turismo, verdadero «pulmón» del desarrollo de España, rostro joven y amable de un régimen que agonizaba y en el que desentonaba bastante; descolonizador de Guinea Ecuatorial; católico devoto pero ajeno a cualquier clericalismo, lo que en aquella época, y después, le generó no pocos problemas.

¿Un franquista? Cualquier otro lo habría sido. Y cualquier otro se hubiese conformado con cuatro líneas en los manuales de Historia y cuatro décadas de nostalgia. Pero no Fraga. Desde mucho antes de morir Francisco Franco don Manuel supo que el franquismo se acababa con aquel general que envejecía austeramente en el Palacio de El Pardo, que España era Europa y que el camino necesario era el de una democracia moderna y estable, ya que tal era y es nuestro entorno. Precisamente su estancia -casi desterrado por el Régimen de Franco por no tapar la corrupción de algunos ministros miembros del «Opus Dei», cuando el caso Matesa– como embajador en Londres le hizo descubrir una derecha posible, dialogante, firme en los principios pero capaz de asumir el pluralismo, la alternancia y el consenso. Para Fraga cualquier alternativa a una monarquía democrática basada en la alternancia de izquierda y derecha en torno a una mayoría natural era impensable y sólo nos devolvería a los españoles a los viejos errores del pasado.

Por eso Fraga empezó la Transición en la derecha española. Mucho antes que la izquierda, y desde luego antes que el PSOE, Fraga creyó en una derecha moderna, reconciliada con el pasado y abierta a un futuro democrático y compartido. No tuvo los medios públicos que en cambio supo manejar Adolfo Suárez creando desde el poder la UCD; pero aquella AP de Fraga, la del eslogan de «ESPAÑA lo único importante» de carteles rojos y naranjas, la de esos «siete magníficos» de los que seis se quedaron a las primeras de cambio en el camino, tenía un sentido, una cohesión y una misión que fueron su fuerza cuando los centristas se dispersaron y su partido, gobernante tras los seis primeros años de democracia en España (1977-1982) tras la muerte de Franco, voló por los aires hecho añicos a golpe de escisiones y luchas fraticidas.

Y entre 1982 y 1989 Manuel Fraga culminó la Transición, sabiendo ser líder de una oposición que quería ser alternativa pero que permaneció leal a las instituciones: «La leal oposición» tal como gusta definir al propio «patrón» de la derecha aquella etapa.

Ahora bien, Fraga también terminó la Transición. Lo hizo renunciando –no tan de buena gana como algunos historiadores menores han querido contar- a la posibilidad de ser presidente del Gobierno de España, cediendo sus trastos primero a un Antonio Hernández Mancha –que fracasó en su intento de sustituir al líder fundador de AP– y, más tarde, a un José María Aznar, que fue quien llevó a esa derecha –que también subió generosamente a su grupa al centro político despedido años antes en las urnas por los españoles– hasta La Moncloa. De ahí la célebre frase de Aznar tras conocer su victoria electoral en 1996: «Hoy ha terminado la Guerra Civil».

Don Manuel al final se dio cuenta de que si quería que su partido, fundado en 1977 y pergeñado por él antes incluso de morir Franco, gobernase su país no tenía más remedio que ceder el testigo a unos jóvenes, formados a sus pechos, que cuando el franquismo firmaba su acta de defunción estaban en el colegio. «Decir que el centro derecha no llegará a gobernar con Fraga no constituye una traición al propio Fraga, sino que posibilita el hecho de que sus ideas, aunque sea de la mano de otras personas, lleguen algún día a gobernar»; perdón por la autocita, pero aunque han pasado veinte años no puedo decirlo mejor de cómo se lo conté a «El Norte de Castilla» en septiembre de 1986. Fueron por tanto los hijos de Fraga -aquellos a los que no devoró Saturno antes de entender el camino que debía tomar– los que pudieron terminar su obra. Y lo hicieron, precisamente, bajo el paraguas de ideas tan remarcadas por años por el equilibrado pensamiento fraguista como democracia, autonomía, subsidiariedad, libertad, seguridad, populismo y reformismo. Es decir, la «tierra prometida» que Fraga siempre buscó sin descanso puesto que sabía que detrás de ella estaba esa «mayoría natural» de españoles que permite gobernar, pero que él sólo pudo encontrar de retirada, parcialmente, en su Galicia natal.

Por Pascual Tamburri Bariain, 28 de diciembre de 2006.
Publicado en El Semanal Digital.