La crispación bumerán (boomerang)

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de marzo de 2007.
Publicado en El Semanal Digital.

Yo crispo, tú crispas, él crispa. Es la acusación más cruzada y repetida entre los líderes políticos, de izquierda a derecha y vuelta a empezar, en lo que llevamos de precampaña electoral. Y lo que nos queda. Pero bueno, ¿qué significa crispar? Y sobre todo ¿a quién beneficia este clima irrespirable?

En los orígenes de la crispación está la estrategia de Zapatero como líder de la oposición. El leonés y su equipo de asesores, a partir de 2001, no se contentaron con esperar las normales consecuencias democráticas del desgaste del PP en el Gobierno: querían volver al poder, y lo quería rápido. Y venga crispación: pancartas por el Prestige, pancartas por el Yakolev de Trebisonda, muchas pancartas contra la guerra de Irak y mucha, mucha crispación tras el 11-M. Zapatero llego a La Moncloa sobre una ola de crispación, que el PP no supo intuir ni desviar.

Pero lo mejor no fue eso, sino cómo se gestionó el proceso desde los medios de comunicación afines al PSOE. Que la izquierda se unía a la extrema izquierda o a los republicanos: el mejor remedio era acusar al PP de ser la «derecha extrema». Que la España de Zapatero se quedaba sola en Europa y aislada en el mundo: reediciones diarias de la «foto de las Azores». Que había que negociar con ETA: reproches a José María Aznar por haberlo hecho antes. Y así todo: «y tú más». Con crispación.

La guinda del pastel era que, una vez desalojado el PP del poder y arrinconado -se pensaba- el PP, el partido de Rajoy se vendría abajo y tendría que asumir la nueva situación como irremediable. Pero no fue así. La sorpresa de la legislatura ha sido que la base social del PP se ha echado a la calle, bandera en mano, y que los dirigentes del PP no se han echado atrás. Es la ley del Talión. Quien a crispación mató a crispación puede morir.

No creo que la crispación sea mala en sí misma, y desde luego no debe confundirse con la normalidad democrática, es decir que uno pueda reprochar al adversario sus errores y defenderse de los reproches. Lo único preocupante es que este clima se instale permanentemente en la vida pública, porque aunque no hay riesgo de fractura guerravicilista sí la hay de fractura moral. Y el principal perdedor sería el PP, ya que, mientras que el PSOE apela a sentimientos «de parte», y se beneficia de la crispación que moviliza a la izquierda más fósil -así se ganó en 2004-, Mariano Rajoy convoca al conjunto del pueblo español, desde su centro y sin exclusiones. Y afronta todos los golpes que pueda deparar la «crispación». Un instrumento propagandístico de su rival, al fin y al cabo.

Por Antonio Martín Beaumont y Pascual Tamburri Bariain

Por Pascual Tamburri Bariain, 27 de marzo de 2007.
Publicado en El Semanal Digital.