El sexo de Guti y Maritere no es política pero el fútbol sí es cultura

Por Pascual Tamburri, 23 de febrero de 2008.

Reconozcámoslo, es gracioso ver a la hinchada romanista aullar las mismas barbaridades que la abertzale, que creyó “saberlo” antes que nadie. La foto supuestamente homófila robada a Guti sorprendió a media España, pero no a la otra media, y entre esa mitad de presuntos clarividentes estaban los aficionados de extrema izquierda separatista de Osasuna, los Indar Gorri que durante años y años han dedicado al segundo capitán del Real Madrid sus adjetivos más imaginativos. Menos mal que Osasuna (sí, ese club de Patxi Izco que, con todo nuestro oro del Reyno, no consigue despegar en el campo ni contener lo peor de su graderío) no juega en Europa: ¿qué quedaría de estos pobrecillos si se atreviesen a hollar sin escolta el Olímpico con sus estrellas rojas y demás quincallería arqueológica?

No menos arqueológico es que toda una vicepresidenta del Gobierno sea interrogada ¡y conteste! sobre su supuesto lesbianismo, o que un futbolista que representa para muchos españoles bastante más que un simple jugador veterano sea atacado, defendido o simplemente observado según qué tenga a bien llevarse a los labios o a la cama. Junto a ese interés público por algo que no es relevante más que para los interesados, es llamativo el desinterés de la política supuestamente seria por el deporte en general y el fútbol en particular. España ha madurado, en esto, con serios desequilibrios.

Que el fútbol es política es algo que sabemos desde el circo de Roma y el hipódromo de Constantinopla. Será ignorante o hipócrita el hombre público que mire con desdén el balompié, como si el Real Madrid y el Barcelona no representasen tanto como los Azules y los Verdes. Guti es, por supuesto, un símbolo, y los comentarios de estos días una prueba de que aún nos quedan, como país, unas cuantas cosas que asumir. La cultura carpetovetónica dominante, progre, no termina de tragar el deporte popular y a sus representantes, y tiene en cambio unas fijaciones sexuales ofensivas y defensivas dignas de estudio.

Si se leen con cuidado las páginas de estos días dedicadas al asunto (la homofilia o no de hombres y mujeres públicos, la importancia de que lo revelen o su derecho a no hacerlo, el desdén de los titiriteros por el fútbol) nos encontraremos con una serie de prejuicios bien arraigados y del todo infundados. ¿El deporte de masas es por definición inculto? ¿La cultura institucionalizada es necesariamente de mayor calidad intelectual que el deporte? ¿Los homófilos (y homófilas) son sin excepción progres? ¿Es normal que Rajoy tenga un programa para el deporte y Zapatero ni lo tenga ni aguante quince segundos en la cancha, mientras que lo fashion es ser progre?

Yo creo, y veo, que el deporte es una parte de la cultura de nuestro siglo, que es una forma de movilizar masas (lo que lo convierte en político) y de crear belleza (lo que lo transforma en arte). Pero vivimos en un país en sí mismo acomplejado, en el que no se puede aconsejar a un alumno de primero de Bachillerato que lea las Olímpicas de Henry de Montherlant, porque para unos resultará escandalosamente inmoral y para los otros angustiosamente poco progre. Este país, el mismo que está dispuesto a abuchear a Guti por una foto o a aclamar a Maritere por unas declaraciones que no se le debieron pedir, es capaz de creer que Petronio, y Encolpio y Gitón en caso de haber existido, habrían sido votantes de Zerolo. Pero claro, qué vamos a pedir en una sociedad donde muchos creadores de presunta cultura, aparte de vivir de espaldas al estadio, situarían a Marcel Proust y a Oscar Wilde en el proletariado militante sólo por sus preferencias hormonales ¿O por ser escritores?

Masificar las cosas no es matarlas, pero sí cambiarlas. Nuestra cultura es de masas e incluye el deporte, de la misma manera que nuestra política, inmadura, duda aún si hablar de sexo y de cómo hacerlo. Creo, con Arturo Pérez Reverte (“ahora que la cultura se ha hecho democrática y todos tenemos derecho a orinar amontonados en su portal, y el nivel Maribel de ésta se calcula en función de los ocho segundos que el turista permanece ante La batalla de San Romano … y a menudo las mejores salas, los mejores lugares, están vacíos”) que la masificación no es un bien. Pero es una realidad, y todos, independientemente de preferencias políticas, intelectuales y hasta hormonales, hemos de obrar en consecuencia si queremos que la nueva cultura incluya lo que merezca ser salvado de la vieja, y aun de la eterna.

Pascual Tamburri Bariain
El Semanal Digital, 23 de febrero de 2008, sección “Ruta Norte”.
http://www.elsemanaldigital.com/blog/sexo-guti-maritere-politica-pero-futbol-79909.html